Sala de Lectura

domingo, enero 09, 2005

Baudolino escribe la carta del Preste Juan

La decisión de escribir una carta del Preste Juan se inspiró en una historia que el rabí Solomón había escuchado de los árabes de Al—Andalus. Un marinero, Sindibad, que vivió en tiempos del califa Harun al—Rashid, naufragó un día en una ínsula, que se encuentra bajo la línea del equinoccio, de suerte que allí tanto la noche como el día duran exactamente doce horas. Sindibad decía haber visto en la ínsula a muchos indios, lo que dejaba pensar que estaba cercana a la India. Los indios lo habían llevado a la presencia del príncipe de Sarandib. Este príncipe sólo se movía en un trono colocado sobre un elefante, de ocho codos de altura, a cuyos lados desfilaban en doble fila sus feudatarios y sus ministros. Lo precedía un heraldo con una jabalina de oro y detrás de él otro con un mazo de oro que tenía como ápice una esmeralda. Cuando bajaba del trono para continuar a caballo, lo seguían mil caballeros vestidos de seda y de brocado, y otro heraldo lo precedía pregonando que llegaba un rey que poseía una corona sin igual, como nunca la tuvo Salomón. El príncipe había concedido audiencia a Sindibad, pidiéndole muchas noticias sobre el reino de donde venía. Al final, le pidió que llevara a Harun al—Rashid una carta, escrita en un pergamino de piel de cordero con tinta ultramarina, que decía: “Te envío el saludo de la paz, yo, príncipe de Sarandib, ante el cual hay mil elefantes y en cuyo palacio los mirlos están hechos de joyas. Te consideramos como un hermano y te rogamos que nos envíes una respuesta. Y te rogamos que aceptes este humilde regalo”
El humilde regalo era una enorme copa de rubí, con la cavidad adornada de perlas. Este regalo, y aquella carta, habían hecho que en el mundo sarraceno se venerara aún más el nombre del gran Harun al—Rashid.
—Ese marinero tuyo estuvo sin duda en el reino del Preste Juan, —dijo Baudolino—. Sólo que en árabe lo llaman de manera distinta. Pero mentía al decir que el Preste habría enviado cartas y regalos al califa, porque Juan es cristiano, aunque nestoriano, y si tuviera que enviar una carta lo haría a Federico emperador.
—Pues escribámosla entonces esa carta, —dijo el Poeta. A la zaga de cualquier noticia que alimentara su construcción del reino del Preste, nuestros amigos habían topado con Kyot. Era un joven nativo de Champaña, que acababa de regresar de un viaje por Bretaña, con el ánimo aún encendido por historias de caballeros errantes, magos, hadas y maleficios, que los habitantes de esa tierra relatan en las veladas nocturnas junto al fuego. Cuando Baudolino le mencionó las maravillas del palacio del Preste Juan, lanzó un grito:
—¡Yo en Bretaña he oído hablar ya de un castillo así, o casi! ¡Es el castillo donde se conserva el Greal!
—¿Qué sabes tú del Greal? —había preguntado Boron, repentinamente receloso, como si Kyot hubiera alargado la mano sobre algo suyo.
—¿Y qué sabes tú? —había replicado Kyot, igual de receloso.
—Bueno, bueno —había dicho Baudolino— veo que este greal significa mucho para los dos. ¿De qué se trata? Por lo que yo sé un greal debería ser una especie de escudilla.
—Escudilla, escudilla, —había sonreído indulgente Boron—. Un cáliz, más bien.
Luego, como resolviéndose a revelar su secreto:
—Me sorprende que no hayáis oído hablar de él. Es la reliquia más preciosa de toda la cristiandad, la copa en la que Jesús consagró el vino en la última Cena, y con la cual, después, José de Arimatea recogió la sangre que brotaba del costado del Crucificado. Algunos dicen que el nombre de esa copa es Santo Grial, otros dicen Sangreal, sangre real, porque quien la posee entra a formar parte de una prosapia de caballeros elegidos, de la misma estirpe de David y de Nuestro Señor.
—¿Greal o Grial? —preguntó el Poeta, inmediatamente atento al oír de algo que podía otorgar algún tipo de poder.
—No se sabe, —dijo Kyot—. Unos dicen también Grasal y otros Graalz. Y no está escrito que tenga que ser una copa. Los que lo han visto no recuerdan su forma, saben sólo que se trataba de un objeto dotado de poderes extraordinarios.
—¿Quién lo ha visto?
—Sin duda, los caballeros que lo custodiaban en Brocelianda. Pero también de ellos se ha perdido todo rastro, y yo sólo he conocido a gente que narra sus andanzas.
—Sería mejor que de ese objeto se narrara menos y se intentara saber más, dijo Boron. Este muchacho acaba de ir a Bretaña, acaba de oír hablar de ello y ya me mira como si yo quisiera robarle lo que no tiene. A todos les pasa lo mismo. Uno oye hablar del Greal, y piensa que es el único que lo va a encontrar. Pero yo en Bretaña, y en las ínsulas allende el mar, me pasé cinco años, sin narrar, sólo para encontrar...
—¿Y lo encontraste? —preguntó Kyot.
—El problema no es encontrar el Greal, sino a los caballeros que sabían dónde estaba. Vagué, pregunté, nunca los encontré. Quizá yo no era un elegido. Y heme aquí, hurgando entre pergaminos, con la esperanza de desenterrar un rastro que se me haya escapado vagabundeando por aquellos bosques...
—Pues no sé qué hacemos hablando del Greal, —dijo Baudolino—, si está en Bretaña o en esas ínsulas, entonces no nos interesa, porque no tiene nada que ver con el Preste Juan.
No, había dicho Kyot, porque nunca ha quedado claro dónde está el castillo y el objeto que custodia, pero, entre las muchas historias que había oído, existía una según la cual uno de aquellos caballeros, Feirefiz, lo había encontrado y luego se lo había regalado a su hijo, un preste que se habría convertido en rey de la India.
—Locuras, había dicho Boron, y yo ¿lo habría buscado durante años en el lugar equivocado? ¿pero quién te ha contado la historia de ese Feirefiz?
—Toda historia puede ser buena —había dicho el Poeta— y si sigues la de Kyot, a lo mejor podrías recobrar tu Greal. Pero de momento no nos importa tanto encontrarlo como establecer si vale la pena vincularlo con el Preste Juan. Mi querido Boron, nosotros no buscamos una cosa, sino alguien que nos hable de ella.
Y luego dirigiéndose a Baudolino:
—¿Te lo imaginas? El Preste Juan posee el Greal, de ahí procede su altísima dignidad, ¡y podría transmitir esa dignidad a Federico regalándoselo!
—Y podría ser la misma copa de rubíes que el príncipe de Sarandib le enviara a Harun al—Rashid, —sugirió Solomón, que por la excitación se había puesto a silbar por la parte desdentada—. Los sarracenos honran a Jesús como un gran profeta, podrían haber descubierto la copa, y luego Harun podría habérsela regalado a su vez al Preste...
—Espléndido, —dijo el Poeta—. La copa como vaticinio de la reconquista de lo que tenían los moros como injustos poseedores. ¡En comparación, Jerusalén es una menudencia!
Decidieron probar. Abdul consiguió sustraer con nocturnidad un pergamino de mucho valor, que nunca había sido raspado, del scriptorium de la abadía de San Víctor. Le faltaba sólo un sello para parecer la carta de un rey. En aquel cuarto que era para dos y ahora alojaba a seis personas, todas alrededor de una mesa vacilante, Baudolino, con los ojos cerrados, como inspirado, dictaba. Abdul escribía, porque su caligrafía, que había aprendido en los reinos cristianos de ultramar, podía recordar la manera en que escribe, en letras latinas, un oriental. Antes de iniciar había propuesto dar fondo, para que todos tuvieran su justo punto de invención y agudeza, a la última miel verde que quedaba en el tarro, pero Baudolino contestó que aquella noche habían de estar lúcidos.
Se preguntaron, ante todo, si el Preste no habría debido escribir en su lengua adámica, o por lo menos en griego, pero llegaron a la conclusión de que un rey como Juan probablemente tenía a su servicio secretarios que conocían todas las lenguas, y por respeto a Federico debía escribir en latín. Entre otras cosas porque, había añadido Baudolino, la carta tenía que sorprender y convencer al papa y a los demás príncipes cristianos y, por lo tanto y ante todo, tenía que resultarles comprensible a ellos. Empezaron.

El Presbyter Johannes, por virtud y poder de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, señor de los que señorean, a Federico, sacro y romano emperador, desea salud y perpetuo goce de las divinas bendiciones...
Había sido anunciado a nuestra majestad que tenías en gran cuenta nuestra excelencia y que te había llegado noticia de nuestra grandeza. Por nuestros emisarios hemos sabido que querías enviarnos algo agradable y divertido, para deleite de nuestra clemencia. Aceptamos de buen grado el presente, y mediante un embajador te enviamos un signo de parte nuestra, deseosos de saber si sigues con nosotros la recta fe y si en todo y por todo crees en Jesucristo Nuestro Señor. Por la amplitud de nuestra munificencia, si te sirve algo que pueda ser de tu agrado, háznoslo saber, ya sea mediante un gesto de nuestro emisario, ya sea mediante un testimonio de tu afecto. Acepta en cambio...


—Párate un momento, —dijo Abdu—l. ¡Éste podría ser el momento en que el Preste le envía a Federico el Greal!
—Sí —dijo Baudolino— pero estos dos insensatos de Boron y Kyot, ¡todavía no han conseguido decir de qué se trata!
—Han oído muchas historias, han visto muchas cosas, quizá no lo recuerdan todo. Por eso proponía la miel: hay que liberar las ideas.
Quizá sí, Baudolino que dictaba y Abdul que escribía podían limitarse al vino, pero los testigos, o las fuentes de la revelación, debían ser estimuladas con la miel verde. Y he ahí por qué, al cabo de pocos instantes, Boron, Kyot (estupefacto por las nuevas sensaciones que experimentaba) y el Poeta, que a la miel ya le había cogido gusto, estaban sentados por el suelo con una sonrisa alelada estampada en el rostro, y devaneaban cual rehenes de Aloadin.
—Oh, sí —estaba diciendo Kyot— hay un gran salón, y antorchas que iluminan la sala con una claridad que nunca podría imaginarse igual. Y aparece un paje que empuña una lanza de tal blancura que reluce al fuego de la chimenea. De la punta de la lanza brota una gota de sangre y cae en la mano del paje... Luego llegan otros dos pajes, con candelabros de oro damasquinados, en cada uno de los cuales brillan por lo menos diez velas. Los pajes son bellísimos... Ahí está, ahora entra una damisela que lleva el Greal, y se está difundiendo por la sala una gran luz... Las velas palidecen como la luna y las estrellas cuando se alza el sol. El Greal es del más puro oro, con extraordinarias piedras preciosas engastadas, las más ricas que existan por mar y por tierra... Y ahora entra otra doncella llevando un plato de plata...
—¿Y cómo está hecho ese maldito Greal? —gritaba el Poeta.
—No lo sé, veo sólo una luz...
—Tú ves sólo una luz, —dijo entonces Boron—, pero yo veo más. Hay antorchas iluminando la sala sí, pero ahora se oye un trueno, un terrible tremor, como si el palacio se hundiera. Cae una gran tiniebla... No, ahora un rayo de sol ilumina el palacio siete veces más que antes. Oh, está entrando el santo Greal, cubierto por un paño de terciopelo blanco y, a su entrada, se apoderan del palacio los perfumes de todas las especias del mundo. Y a medida que el Greal pasa en torno a la mesa, los caballeros ven llenarse sus platos de todos los alimentos que puedan desear...
—¿Pero cómo es ese Greal del diablo? —interrumpía el Poeta.
—No blasfemes, es una copa.
—¿Cómo lo sabes, si está debajo de un paño de terciopelo?
—Lo sé porque lo sé, —se obstinaba Boron—. Me lo han dicho.
—¡Maldito seas en los siglos y que te atormenten mil demonios! Parece que tienes una visión ¿y luego, vas y cuentas lo que te han dicho y no ves? ¡Pues eres peor que ese huevón de Ezequiel, que no sabía lo que veía porque estos judíos no miran las miniaturas y sólo escuchan las voces!
—Te lo ruego, blasfemador —intervenía Solomón— no por mí, ¡la Biblia es un libro sagrado también para vosotros, abominables gentiles!
—Calmaos, calmaos, —decía Baudolino—. Escucha esto, Boron. Admitamos que el Greal es la copa donde Nuestro Señor Jesucristo consagró el vino. ¿Cómo podía José de Arimatea recoger en él la sangre del Crucificado, si cuando depone a Jesús de la cruz nuestro Salvador ya estaba muerto, y como se sabe de los muertos no brota sangre?
—Incluso muerto, Jesús podía hacer milagros.
—No era una copa —interrumpió Kyot— porque el que me contó la historia de Feirefiz me reveló también que se trataba de una piedra caída del cielo, lapis ex coelis, y si era una copa, lo era porque había sido tallada en esa piedra celeste.
—Y entonces ¿por qué no era la punta de la lanza que traspasó el santo costado? —preguntaba el Poeta—. ¿No acabas de decir que en el salón veías entrar a un paje que llevaba una lanza sangrante? Pues yo veo no a uno, sino a tres pajes con una lanza de la que caen ríos de sangre... Y luego un hombre vestido de obispo con una cruz en la mano, con cuatro ángeles que lo llevan en un sitial y lo colocan ante una mesa de plata sobre la que ahora reposa la lanza... Luego dos doncellas que llevan una bandeja con la cabeza cortada de un hombre bañada en sangre. Y luego el obispo, oficiando sobre la lanza, alza la hostia, ¡y en la hostia aparece la imagen de un niño! ¡Es la lanza el objeto portentoso, y es signo de poder porque es signo de fuerza!
—No, la lanza mana sangre, pero las gotas caen en una copa, como demostración del milagro del que os hablaba, —decía Boron—. Es tan simple... y empezaba a sonreír.
—Dejémoslo, —dijo Baudolino desconsolado—. Dejemos de lado el Greal y sigamos adelante.
—Amigos míos —dijo entonces el rabí Solomón, con la distancia de quien, siendo judío, no estaba muy impresionado por esa gran reliquia— hacer que el Preste regale enseguida un objeto de tales características me parece exagerado. Y, además, el que lee la carta podría pedirle a Federico que le enseñara ese portento. Con todo, no podemos excluir que las historias escuchadas por Kyot y Boron no circulen ya por muchos lugares y, por lo tanto, bastaría una alusión, y quien quiera entender que entienda. No escribáis Greal, no escribáis copa, usad un término más impreciso. La Torá no dice nunca las cosas más sublimes en sentido literal, sino según un sentido secreto, que el lector devoto tiene que adivinar poco a poco, lo que el Altísimo, que el Santo bendito sea por siempre, quería que se entendiera al final de los tiempos.
Baudolino sugirió:
—Digamos entonces que le manda un escriño, un cofre, un arca, digamos accipe istam veram arcam, acepta este cofre verdadero...
—No está mal, —dijo el rabí Solomón—. Vela y revela al mismo tiempo. Y abre la vía a la vorágine de la interpretación.
Siguieron escribiendo.

Si quieres venir a nuestros dominios, serás el mayor y más digno de nuestra corte y podrás disfrutar de nuestras riquezas. De éstas, que entre nosotros abundan, te colmaremos si luego deseas volver a tu imperio. Acuérdate de los Novísimos, y no pecarás jamás.

Después de esta recomendación, el Preste pasaba a describir su potencia.

—Nada de humildad —aconsejaba Abdul— el Preste está tan arriba que puede permitirse gestos de soberbia.
Imaginémonos. Baudolino no tuvo rémoras, y dictó. Ese dominus dominantium superaba en poder a todos los reyes de la tierra y sus riquezas eran infinitas: setenta y dos reyes le pagaban tributo, setenta y dos provincias le obedecían, aunque no todas cristianas, y he aquí contentado el rabí Solomón, al colocarle en el reino también las tribus perdidas de Israel. Su soberanidad se extendía sobre las tres Indias, sus territorios alcanzaban los desiertos más lejanos, hasta la torre de Babel. Cada mes servían a la mesa del Preste siete reyes, sesenta y dos duques y trescientos sesenta y cinco condes, y cada día se sentaban en aquella mesa doce arzobispos, diez obispos, el patriarca de Santo Tomás, el metropolita de Samarcanda y el arcipreste de Susa.
—¿No es demasiado? —preguntaba Solomón.
—No, no —dijo el Poeta— hay que hacer que el papa y el basileo de Bizancio se ahoguen en su bilis. Y añade que el Preste ha hecho voto de visitar el Santo Sepulcro con un gran ejército para derrotar a los enemigos de Cristo. Eso para confirmar lo que había dicho Otón, y para cerrarle la boca al papa si por casualidad objetara que no había conseguido atravesar el Ganges. Juan lo volverá a intentar, por eso vale la pena salir en su busca y estrechar una alianza con él.
—Ahora dadme ideas para poblar el reino, —dijo Baudolino—. En él deben vivir elefantes, dromedarios, camellos, hipopótamos, panteras, onagros, leones blancos y rojos, cigarras mudas, grifos, tigres, lamias, hienas, todo lo que nunca se ve, y cuyos despojos sean preciosos para los que decidan ir de caza por aquellos predios. Y luego hombres nunca vistos, pero de los que hablan los libros sobre la naturaleza de las cosas y del universo...
—Sagitarios, hombres cornudos, faunos, sátiros, pigmeos, cinocéfalos, gigantes de cuarenta codos de altura, hombres monóculos, —sugería Kyot.
—Bien, bien; escribe, Abdul, escribe, —decía Baudolino.
Para todo lo demás no había sino que retomar lo que se había pensado y dicho en los años anteriores, con algún embellecimiento. La tierra del Preste manaba miel y estaba colmada de leche, y el rabí Solomón se deliciaba al encontrar ecos del Éxodo, del Levítico o del Deuteronomio, no albergaba ni serpientes ni escorpiones en ella corría el río Ydonus, que fluye directamente del Paraíso Terrenal, y en él se encontraban... piedras y arena, sugería Kyot. No, respondía el rabí Solomón, ése es el Sambatyón. Y el Sambatyón ¿no tenemos que ponerlo? Sí, pero después. El Ydonus fluye del Paraíso Terrenal y, por lo tanto, contiene... esmeraldas, topacios, carbúnculos, zafiros, crisólitos, ónices, berilios, amatistas, contribuía Kyot, que acababa de llegar y no entendía por qué sus amigos daban señales de náusea (si me das un topacio más me lo trago y luego lo cago por la ventana, siseaba Baudolino), pues a esas alturas, con todas las ínsulas afortunadas y los paraísos que habían visitado en el curso de su búsqueda, ya no podían más de las piedras preciosas.
Abdul propuso entonces, visto que el reino estaba en Oriente, nombrar especias raras, y se optó por la pimienta. De la cual dijo Boron que nace en árboles infestados por serpientes, y cuando está madura se les prende fuego a los árboles, y las serpientes escapan y se introducen en sus madrigueras; entonces es posible acercarse a los árboles, sacudirlos, hacer caer la pimienta de las ramillas y cocerla de una manera que todos desconocen.
—¿Ahora podemos poner al Sambatyón? —preguntó Solomón.
—Pues pongámoslo —dijo el Poeta— así está claro que las diez tribus perdidas están más allá del río; mejor aún, mencionémoslas explícitamente, y el hecho de que Federico pueda encontrar también a las tribus perdidas será un trofeo más para su gloria.
Abdul observó que el Sambatyón era necesario, porque era el obstáculo insuperable que frustra la voluntad y dilata el deseo, es decir, los Celos. Alguien propuso mencionar también un arroyo subterráneo lleno de gemas preciosas, Baudolino dijo que Abdul bien podía escribirlo, pero que él no quería tener nada que ver por miedo de oír nombrar una vez más un topacio. Con Plinio e Isidoro como testigos, se decidió, en cambio, colocar en esa tierra a las salamandras, serpientes de cuatro patas que viven sólo entre las llamas.
—Basta con que sea verdad, y nosotros lo ponemos —había dicho Baudolino— lo importante es no contar cuentos.

La carta insistía un poco más sobre la virtud que remaba en aquellos predios, donde todos los peregrinos eran acogidos con caridad, no existía ningún pobre, no había ladrones, predadores, avaros, aduladores. El Preste afirmaba, inmediatamente después, que consideraba que no existía en el mundo monarca tan rico y con tantos súbditos. Para dar prueba de esa su riqueza, como también Sindibad había visto en Sarandib, he aquí la gran escena en la que el Preste se describía mientras libraba batalla contra sus enemigos, precedido por trece cruces cuajadas de joyas, cada una sobre un carro, cada carro seguido por diez mil caballeros y cien mil soldados de a pie. Cuando, en cambio, el Preste cabalgaba en tiempo de paz, era precedido por una cruz de madera, en recuerdo de la pasión del Señor, y por una vasija de oro llena de tierra, para recordar a todos y a sí mismo que polvo somos y polvo seremos. Pero, para que nadie olvidara que el que pasaba era el rey de los reyes, he ahí también una vasija de plata llena de oro.
—Si le pones los topacios, te parto esta jarra en la cabeza, —había advertido Baudolino.
Y Abdul, por lo menos esa vez, no los puso.
—Ah, y escribe también que acullá no hay adúlteros, y que nadie puede mentir, y que quien miente muere al instante; es decir, es como si se muriera, porque lo proscriben y ya nadie lo considera.
—Pero ya he escrito que no hay vicios, que no hay ladrones...
—No importa, insiste, el reino del Preste Juan debe ser un lugar donde los cristianos consiguen observar los mandamientos divinos, mientras que el papa no ha conseguido obtener nada parecido con sus hijos; es más, miente también él, y más que los demás. Y además, si insistimos sobre el hecho de que allá nadie miente, resulta palmario que todo lo que dice Juan es verdadero.
Juan seguía diciendo que cada año visitaba con un gran ejército la tumba del profeta Daniel en Babilonia desierta, que en su país se pescaban peces de cuya sangre se extraía la púrpura, y que ejercía su soberanidad sobre las Amazonas y sobre los Bracmanes. El asunto de los Bracmanes le había parecido útil a Boron, porque los Bracmanes habían sido vistos por Alejandro el Grande cuando tocó el Oriente más extremo que se pudiera imaginar. Por lo tanto, su presencia probaba que el reino del Preste había englobado el imperio mismo de Alejandro.
En ese punto, no quedaba sino describir su palacio y su espejo mágico, y sobre ese asunto ya lo había dicho todo el Poeta unas noches antes. Sólo que lo recordó susurrándoselo al oído de Abdul, de modo que Baudolino no oyera hablar de topacios y berilios, pero estaba claro que en ese caso eran necesarios.
—Yo creo que los que leerán —dijo el rabí Solomón— se preguntarán por qué un rey tan poderoso se hace llamar sólo preste.
—Justo, lo cual nos permite llegar a la conclusión, —dijo Baudolino—. Escribe, Abdul...

Oh Federico dilectísimo, por qué nuestra sublimidad no nos consiente un apelativo más digno que el de Presbyter es pregunta que hace honor a tu sabiduría. Ciertamente, en nuestra corte tenemos ministeriales distinguidos con funciones y nombres harto más dignos, sobre todo por lo que concierne a la jerarquía eclesiástica... Nuestro despensero es primado y rey, rey y arzobispo nuestro copero, obispo y rey nuestro chambelán, rey y archimandrita nuestro senescal, rey y abad el jefe de nuestros cocineros. Así pues, nuestra alteza, no pudiendo soportar ser designada con los mismos apelativos, o condecorada con las mismas órdenes de las que abunda nuestra corte, por humildad ha establecido ser llamada con un nombre menos importante y con un grado inferior. De momento, te baste saber que nuestro territorio se extiende, por una parte, por cuatro meses de camino, mientras por la otra, nadie sabe hasta dónde llega. Si tú pudieras ponerle número a las estrellas del cielo y la arena del mar; entonces podrías medir nuestras posesiones Y nuestra potencia.

Rayaba casi el alba cuando nuestros amigos acabaron la carta. Los que habían tomado la miel vivían todavía en un estado de sonriente estupor, los que habían bebido sólo vino estaban borrachos, el Poeta, que había ingerido de nuevo ambas sustancias, se mantenía en pie con esfuerzo. Fueron cantando por callejones y plazas, tocando ese pergamino con reverencia, convencidos ya de que estaba recién llegado del reino del Preste Juan.

—¿Y se la mandaste enseguida a Reinaldo? —preguntó Nicetas.
—No. Después de la marcha del Poeta, durante meses y meses la releímos, y retocamos, raspando y reescribiendo más de una vez. De vez en cuando alguien proponía una pequeña añadidura.
—Pero Reinaldo esperaba la carta, me imagino...
—El caso es que, mientras tanto, Federico había relevado a Reinaldo del cargo de canciller del imperio, para dárselo a Cristián de Buch. Ciertamente, Reinaldo, como arzobispo de Colonia, era también archicanciller de Italia y seguía siendo muy poderoso, tanto es así que fue él el que organizó la canonización de Carlomagno, pero aquella sustitución, por lo menos a mis ojos, significaba que Federico había empezado a tener la sensación de que Reinaldo se extralimitaba. Y, por lo tanto, ¿cómo presentarle al emperador una carta que, en el fondo, emanaba de Reinaldo? Y se me estaba olvidando, el mismo año de la canonización, Beatriz tuvo un segundo hijo, por lo que el emperador pensaba en otros asuntos, tanto más cuanto que llegaban voces de que el primero estaba continuamente enfermo. Así, entre una cosa y otra, transcurrió más de un año.
—¿Reinaldo no insistía?
—Al principio tenía otras ideas en la cabeza. Luego murió. Mientras Federico estaba en Roma para echar a Alejandro III y poner en el trono a su antipapa, estalló una pestilencia; y la peste se lleva a ricos y a pobres. Murió también Reinaldo. Me afectó mucho, aunque nunca lo había amado de verdad. Era arrogante y rencoroso, pero había sido un hombre osado y se había batido hasta el fin por su señor. Descanse en paz. Salvo que ahora, sin él, la carta, ¿seguía teniendo sentido? Era el único lo suficientemente astuto como para saber sacar partido de ella, haciéndola circular por las cancillerías de todo el mundo cristiano.
Baudolino hizo una pausa:
—Y luego estaba el asunto de mi ciudad.
—¿Y cuál? si naciste en una ciénaga.
—Es verdad, estoy corriendo mucho. Todavía tenemos que construir la ciudad.
—¡Por fin no me hablas de una ciudad destruida!
—Sí —dijo Baudolino— era la primera y la única vez en mi vida que habría visto nacer y no morir una ciudad.

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sábado, noviembre 27, 2004

Baudolino - Parte XII - Baudolino le construye un palacio al Preste Juan

La mañana del viernes, tres de los genoveses, Pévere, Bolamondo y Grillo, vinieron a confirmar lo que se veía perfectamente incluso de lejos. El incendio se había apagado, casi por su cuenta, porque nadie se había preocupado mucho por domarlo. Pero eso no quería decir que ya se pudiera aventurar uno por Constantinopla. Es más, pudiéndose mover mejor por las calles y plazas, los peregrinos habían intensificado la caza a los ciudadanos acomodados, y entre las ruinas todavía calientes demolían lo poco que había quedado en pie en busca de los últimos tesoros escapados a las primeras razias. Nicetas suspiró desconsolado, y pidió vino de Samos. Quiso también que le asaran en poquísimo aceite semillas de ajonjolí, para masticarlas lentamente entre un sorbo y el otro, y luego solicitó también unas pocas nueces y pistachos, para seguir mejor el relato que invitaba a Baudolino a continuar.

Un día el Poeta fue enviado por Reinaldo a París para llevar a cabo no se sabe qué embajada, y lo aprovechó para regresar a las dulzuras tabernarias, con Baudolino y Abdul. Conoció también a Boron, pero sus fantasías sobre el Paraíso Terrenal parecían interesarle poco. Los años pasados en la corte lo habían cambiado, notaba Baudolino. Se había endurecido, seguía echándose buenas dosis de vino entre pecho y espalda, y lo hacía con alegría, pero parecía controlarse para no excederse, para mantenerse en guardia, como quien esperase una presa al acecho, listo para saltar.
—Baudolino —le había dicho un día— vosotros estáis perdiendo el tiempo. Lo que teníamos que aprender aquí en París, lo hemos aprendido. Todos estos doctores se harían encima sus necesidades si yo mañana me presentara a una disputa con mi gran pompa de ministerial, con la espada en el costado. En la corte he aprendido cuatro cosas: si estás junto a grandes hombres, te vuelves grande tú también; los grandes hombres son, en realidad, muy pequeños; el poder lo es todo; y no hay razón por la que un día no puedas tomarlo tú, por lo menos en parte. Hay que saber esperar, es cierto, pero no dejar escapar la ocasión.
Con todo, había aguzado inmediatamente las orejas en cuanto oyó que sus amigos seguían hablando del Preste Juan. Los había dejado en París cuando aquella historia parecía todavía una fantasía de ratones de biblioteca, pero en Milán había oído a Baudolino hablarle de ella a Reinaldo como de algo que podía convertirse en un signo visible del poder imperial, tanto casi como el hallazgo de los Reyes Magos. La empresa, en ese caso, le interesaba: y participaba en ella como si se estuviera construyendo una máquina de guerra. A medida que hablaba, parecía que para él la tierra del Preste Juan iba transformándose, cual una Jerusalén terrena, de lugar de peregrinación mística en tierra de conquista.
Les recordó, pues, a sus compañeros que, después del asunto de los Reyes Magos, el Preste se había vuelto mucho más importante que antes, debía presentarse verdaderamente como rex et sacerdos. Como rey de reyes tenía que tener un palacio tal que, en comparación, los de los soberanos cristianos, incluido el del basileo de los cismáticos de Constantinopla, parecieran chozas, y como sacerdote debía tener un templo respecto del cual las iglesias del papa fueran cuchitriles. Era preciso darle una morada digna de él.
—El modelo existe —dijo Boron— y es la Jerusalén Celeste tal como la ha visto el apóstol Juan en el Apocalipsis. Debe estar rodeada de altas murallas, con doce puertas como las doce tribus de Israel, hacia el mediodía tres puertas, hacia occidente tres puertas, hacia oriente tres puertas, hacia el septentrión tres puertas...
—Sí —se mofaba el Poeta— y el Preste entra por una y sale por la otra, y cuando hay un vendaval dan portazos todas a la vez; te lo imaginas, qué corrientes de aire. Yo en un palacio así no viviría ni muerto...
—Déjame continuar. Los cimientos de los muros son de disapro, zafiro, calcedonia, esmeralda, sardónica, ónix, crisólito, berilio, topacio, crisopacio, jacinto y amatista, y las doce puertas son doce perlas, y la plaza a la que se asoma oro puro transparente como cristal.
—No está mal —dijo Abdul— pero creo que el modelo debe ser el del Templo de Jerusalén, tal como lo describe el profeta Ezequiel. Venid mañana conmigo a la abadía. Uno de los canónigos, el doctísimo Ricardo de San Víctor, está buscando la manera de reconstruir el plano del Templo, dado que el texto del profeta resulta oscuro en algunas partes.

—Señor Nicetas —dijo Baudolino— yo no sé si te has ocupado alguna vez de las medidas del Templo.
—Todavía no.
—Pues bien, no lo hagas nunca, porque es como para perder la cabeza. En el Libro de los Reyes se dice que el Templo mide sesenta codos de ancho, treinta de altura y veinte de profundidad, y que el pórtico tiene veinte de ancho y diez de profundidad. En cambio, en las Crónicas, se dice que el pórtico mide ciento veinte codos de altura. Ahora bien, veinte de ancho, ciento veinte de altura y diez de profundidad: no sólo el pórtico sería cuatro veces más alto que todo el Templo, sino que sería tan fino que se caería de un soplido. Lo malo se te presenta cuando te lees la visión de Ezequiel. No hay medida que cuadre, hasta el punto de que muchos hombres píos han admitido que Ezequiel había tenido precisamente una visión, que es casi como decir que había bebido un poco demasiado y que veía doble. Nada malo, pobre Ezequiel, también él tenía derecho a solazarse, si no fuera que aquel Ricardo de San Víctor había hecho el siguiente razonamiento: si cada elemento, cada número, cada pajilla de la Biblia tiene un significado espiritual, hay que entender bien qué dice literalmente, porque una cosa, para el significado espiritual, es decir que algo mide tres, y otra cosa es decir que ese algo mide nueve, dado que estos números tienen significados místicos distintos. Ni te cuento la escena cuando fuimos a seguir la clase de Ricardo sobre el Templo. Tenía el libro de Ezequiel ante los ojos, y trabajaba con una cuerdecilla, para tomar todas las medidas. Dibujaba el perfil de lo que Ezequiel había descrito, luego cogía unas varillas y unos tabloncillos de madera tierna y, ayudado por sus acólitos, los cortaba e intentaba juntarlos con cola y clavos... Intentaba reconstruir el Templo, y reducía las medidas en proporción, quiero decir que allá donde Ezequiel decía un codo él hacía cortar por el grosor de un dedo... Cada dos minutos se venía todo abajo, Ricardo se enfadaba con sus ayudantes diciendo que habían soltado la presa, o puesto poca cola; éstos se justificaban diciendo que era él el que había dado las medidas equivocadas. Luego el maestro se corregía, decía que quizá el texto escribía puerta pero en ese caso la palabra quería decir pórtico, porque, si no, resultaba una puerta del tamaño casi de todo el Templo; otras veces volvía sobre sus pasos y decía que cuando dos medidas no coincidían era porque la primera vez Ezequiel se refería a la medida de todo el edificio y la segunda a la medida de una parte. O también, que a veces se decía codo pero se refería al codo geométrico que vale seis codos normales. En fin, durante algunas mañanas fue una diversión seguir a aquel santo varón rompiéndose los cuernos, y nos echábamos a reír cada vez que el Templo se desmoronaba. Para que no se dieran cuenta, fingíamos recoger algo que se nos había caído, pero luego un canónigo notó que siempre se nos caía algo y nos echó de allí.

Los días siguientes, Abdul sugirió que, dado que Ezequiel era, a fin de cuentas, un hombre del pueblo de Israel, alguno de sus correligionarios podía darnos alguna luz. Y, como sus compañeros observaran escandalizados que no se podían leer las Escrituras pidiendo consejo a un judío, dado que notoriamente esta pérdida gente alteraba el texto de los libros sagrados para borrar de ellos toda referencia al Cristo venidero, Abdul reveló que algunos de los mayores maestros parisinos se servían a veces, aunque a escondidas, del saber de los rabinos, por lo menos para aquellos pasos donde no estaba en cuestión la llegada del Mesías. Ni aun haciéndolo adrede, precisamente aquellos días, los canónigos victorinos habían invitado a su abadía a uno de ellos, todavía joven, pero de gran fama, Solomón de Gerona.
Naturalmente, Solomón no se alojaba en San Víctor: los canónigos le habían encontrado un cuarto, hediondo y oscuro, en una de las calles más mal paradas de París. Era de verdad un hombre de joven edad, aunque el rostro se veía consumido por la meditación y el estudio. Se expresaba en buen latín, pero de una manera poco comprensible, porque tenía una curiosa característica: tenía todos los dientes, arriba y abajo, desde el incisivo central hacia todo el lado izquierdo de la boca, y ninguno en el lado derecho. Aunque era por la mañana, la oscuridad del cuarto lo obligaba a leer con un candil encendido, y a la llegada de las visitas puso las manos encima de un rollo que tenía delante, como para impedir que los demás le echaran ojeada alguna. Precaución inútil porque el rollo estaba escrito en caracteres hebreos. El rabino intentó excusarse porque, dijo, aquél era un libro que los cristianos justamente execraban, el Toledot Jeschu de tristísima fama, donde se contaba que Jesús era hijo de una cortesana y de un mercenario, un tal Pantera. Pero habían sido precisamente los canónigos victorinos los que le habían pedido que tradujera algunas páginas, porque querían entender hasta qué punto podía llegar la perfidia de los judíos. Dijo también que hacía este trabajo de buen grado, porque también él consideraba ese libro demasiado severo, puesto que Jesús era un hombre virtuoso, no cabía duda, aunque había tenido la debilidad de considerarse, injustamente, el Mesías. Pero quizá había sido engañado por el Príncipe de las Tinieblas, e incluso los Evangelios admiten que había ido a tentarle.
Le interrogaron sobre la forma del Templo según Ezequiel, y sonrió:
—Los comentaristas más atentos del texto sagrado no han conseguido establecer cómo era exactamente el Templo. Incluso el gran rabí Salomón ben Isaac admitió que, si se sigue el texto al pie de la letra, no se entiende dónde están las habitaciones septentrionales exteriores, dónde empiezan en occidente y cuánto se extienden hacia el este, etcétera, etcétera. Vosotros los cristianos no entendéis que el texto sagrado nace de una Voz. El Señor, haqadosh barúch hú, que el Santo sea por siempre bendito, cuando les habla a sus profetas les hace oír unos sonidos, no les muestra unas figuras, como os pasa a vosotros con vuestras páginas miniadas. La voz suscita, sin duda, imágenes en el corazón del profeta, pero estas imágenes no son inmóviles, se funden, cambian de forma según la melodía de esa voz, y si queréis reducir a imágenes las palabras det Señor, que sea por siempre el Santo bendito, vosotros congeláis esa voz, como si fuera agua fresca que se vuelve hielo. Entonces ya no quita la sed, sino que adormece las extremidades en la frialdad de la muerte. El canónigo Ricardo, para entender el sentido espiritual de cada parte del Templo, lo querría construir como haría un maestro albañil, y no lo conseguirá nunca. La visión se parece a los sueños, donde las cosas se transforman unas en otras, no se parece a las imágenes de vuestras iglesias, donde las cosas permanecen siempre iguales a sí mismas.
Luego, el rabí Solomón preguntó por qué sus visitantes querían saber cómo era el Templo, y ellos le contaron de su búsqueda del reino del Preste Juan. El rabino se mostró muy interesado.
—Quizá no sepáis —dijo— que también nuestros textos nos hablan de un reino misterioso en el Lejano Oriente, donde viven todavía las diez tribus perdidas de Israel.
—He oído hablar de estas tribus —dijo Baudolino— pero sé muy poco de ellas.
—Está todo escrito. Después de la muerte de Salomón, las doce tribus en las que estaba dividido entonces Israel entraron en conflicto. Sólo dos, la de Judá y la de Benjamín, permanecieron fieles a la estirpe de David, y nada menos que diez tribus se fueron hacia el norte, donde fueron derrotadas y esclavizadas por los asirios. De ellas jamás se ha vuelto a saber nada. Esdras dice que se fueron hacia un país nunca habitado por los hombres, en una región llamada Arsareth, y otros profetas anunciaron que un día habrían sido reencontradas y habrían regresado triunfalmente a Jerusalén. Ahora bien, un hermano nuestro, Eldad, de la tribu de Dan, llegó hace más de cien años a Qayrawan, en África, donde existe una comunidad del Pueblo Elegido. Decía que venía del reino de las diez tribus perdidas, una tierra bendecida por el cielo donde se vive una vida pacífica, que nunca turba delito alguno, donde de verdad los arroyos manan leche y miel. Esta tierra ha permanecido separada de todos los demás lugares de este mundo porque está defendida por el río Sambatyón, cuya anchura equivale al recorrido de una flecha disparada por el arco más poderoso, pero carece de agua, y en él corren furiosamente sólo arena y piedras, haciendo un ruido tan horrible que se oye incluso desde media jornada de camino. Esa materia muerta corre tan aprisa que quien quisiera atravesar el río quedaría arrollado. El curso pedregoso se detiene sólo al principio del sábado, y sólo el sábado podría atravesarse, pero ningún hijo de Israel podría violar, el descanso sabático.
—Pero los cristianos ¿podrían? —preguntó Abdul.
—No, porque el sábado una cerca de llamas vuelve inaccesibles las orillas del río.
—Y entonces ¿cómo consiguió ese Eldad llegar a África? —preguntó el Poeta.
—Eso lo desconozco, pero ¿quién soy yo para discutir los decretos del Señor, que sea el Santo por siempre bendito? Hombres de poca fe, a Eldad podría haberle vadeado un ángel. El problema de nuestros rabinos, que empezaron a discutir enseguida sobre ese relato, desde Babilonia hasta la Península lbérica, era más bien otro: si las diez tribus perdidas habían vivido según la ley divina, sus leyes habrían debido ser las mismas de Israel, mientras que según el relato de Eldad eran distintas.
—Claro que si el lugar del que habla Eldad fuera el reino del Preste Juan, —dijo Baudolino—, ¡entonces sus leyes serían verdaderamente distintas de las vuestras, pero parecidas a las nuestras, aunque mejores!
—Esto es lo que nos separa de vosotros los gentiles, —dijo el rabí Solomón—. Vosotros tenéis la libertad de practicar vuestra ley, y la habéis corrompido, de suerte que buscáis un lugar donde todavía se observe. Nosotros hemos mantenido íntegra nuestra ley, pero no tenemos la libertad de seguirla. De todas maneras, que sepas que también sería un deseo encontrar ese reino, porque podría ser que allá nuestras diez tribus perdidas y los gentiles vivieran en paz y armonía, cada uno libre de practicar la propia ley; la existencia misma de ese reino prodigioso serviría de ejemplo a todos los hijos del Altísimo, que bendito el Santo por siempre sea. Y además te digo que quisiera encontrar ese reino por otra razón. Por lo que afirmó Eldad, allá se habla todavía la Lengua Santa, la lengua originaria que el Altísimo, que el Santo bendito por siempre sea, dio a Adán y que se perdió con la construcción de la torre de Babel.
—¡Qué locura! —dijo Abdul—. Mi madre siempre me ha dicho que la lengua de Adán fue reconstruida en su ínsula y es la lengua gaélica, compuesta por nueve partes del discurso, tantas como los nueve materiales de los que estaba compuesta la torre de Babel, arcilla y agua, lana y sangre, madera y cal, pez, lino y betún... Fueron los setenta y dos sabios de la escuela de Fenius los que construyeron la lengua gaélica usando fragmentos de cada uno de los setenta y dos idiomas nacidos después de la confusión de las lenguas, y por ello el gaélico contiene todo lo mejor de cada lengua y, al igual que la lengua adámica, tiene la misma forma del mundo creado, de modo que cada nombre, en gaélico, expresa la esencia de la cosa misma que nombra.
El rabí Solomón sonrió con indulgencia:
—Muchos pueblos creen que la lengua de Adán es la suya, olvidando que Adán no podía sino hablar la lengua de la Torá, no la de esos libros que cuentan de dioses falsos y mentirosos. Las setenta y dos lenguas nacidas después de la confusión ignoran letras fundamentales: por ejemplo, los gentiles no conocen la Het y los árabes ignoran la Peh, y por eso esas lenguas se parecen al gruñido de los cerdos, al croar de las ranas o a la voz de las grullas, porque son propias de los pueblos que han abandonado la justa conducta de vida. Sin embargo, la Torá originaria, en el momento de la creación, estaba en presencia del Altísimo, que bendito sea por siempre el Santo, escrita como fuego negro sobre fuego blanco, en un orden que no es el de la Torá escrita, tal como la leemos hoy, y que se ha manifestado así sólo después del pecado de Adán. Por eso yo, cada noche, paso horas y horas silabeando, con gran concentración, las letras de la Torá escrita, para confundirlas, y que giren como la rueda de un molino, y aflore de nuevo el orden originario de la Torá eterna, que preexistía a la creación y fue entregada a los ángeles por el Altísimo, que sea bendito por siempre el Santo. Si supiera que existe un reino lejano donde se ha conservado el orden originario y la lengua que Adán hablaba con su creador antes de cometer su pecado, dedicaría de buen grado mi vida a buscarlo.
Al decir estas palabras, el rostro de Solomón se había iluminado de una luz tal que nuestros amigos se preguntaron si no valía la pena hacer que participara en sus futuros conciliábulos. Fue el Poeta el que encontró el argumento decisivo: que ese judío quisiera encontrar en el reino del Preste Juan su lengua y sus diez tribus no tenía que turbarles; el Preste Juan debía de ser tan poderoso que podría gobernar incluso sobre las tribus perdidas de los judíos, y no se ve por qué no debía de hablar también la lengua de Adán. La cuestión principal era, ante todo, construir ese reino, y para ese fin un judío podía ser tan útil como un cristiano.
Con todo ello, todavía no se había decidido cómo debía ser el palacio del Preste. Resolvieron la cuestión unas noches más tarde, los cinco en la habitación de Baudolino. Inspirado por el genio del lugar, Abdul se resolvió a revelar a sus nuevos amigos el secreto de la miel verde, diciendo que habría podido ayudarles no a pensar, sino a ver directamente el palacio del Preste.
El rabí Solomón dijo enseguida que conocía maneras harto más místicas para obtener visiones, y que por la noche bastaba murmurar las múltiples combinaciones de las letras del nombre secreto del Señor, haciéndolas girar en la lengua como un rollo, sin dejarlas descansar nunca, y he aquí que brotaba un remolino tanto de pensamientos como de imágenes, hasta que se caía en un agotamiento beatífico.
El Poeta al principio parecía receloso, luego se resolvió a probar, pero, queriendo conciliar la virtud de la miel con la del vino, al final había perdido todo recato y desbarraba mejor que los demás.
Y he aquí que, alcanzado el justo estado de ebriedad, ayudándose con pocos e inciertos trazos que esbozaba sobre la mesa mojando el dedo en la jarra del vino, propuso que el palacio fuera como el que el apóstol Tomás había hecho construir para Gundafar, rey de los indios: techos y vigas de madera de Chipre, el tejado de ébano, y una cúpula coronada por dos remates de oro, en cuya cima brillaban dos carbúnculos, de suerte que el oro resplandecía de día a la luz del sol y las gemas de noche a la luz de la luna. Luego había dejado de encomendarse a la memoria y a la autoridad de Tomás, y había empezado a ver puertas de sardónice mezcladas con cuernos de la serpiente ceraste, que impiden introducir a los que las franquean veneno en su interior; y ventanas de cristal, mesas de oro sobre columnas de marfil, luces alimentadas con bálsamo; y la cama del Preste de zafiro, para proteger la castidad, porque —acababa el Poeta— este Juan será rey todo lo que queráis, pero es también sacerdote y, por lo tanto, de mujeres, nada.
—Me parece bonito —dijo Baudolino— pero para un rey que gobierna sobre un territorio tan vasto yo pondría también, en alguna sala, aquellos autómatas que se dice había en Roma, que advertían cuando una de las provincias se sublevaba.
—No creo que en el reino del Preste —observó Abdul— pueda haber sublevaciones, porque reinan la paz y la armonía.
Ahora también, la idea de los autómatas no le disgustaba, porque todos sabían que un gran emperador, fuera moro o cristiano, tenía que tener autómatas en la corte. Por lo tanto, los vio y con admirable hipotiposis los hizo visibles también a los amigos:
—El palacio está sobre una montaña, y es la montaña la que es de ónix, con una cinta tan pulida que resplandece como la luna. El templo es redondo, tiene la cúpula de oro, y de oro son las paredes, incrustadas de gemas tan rutilantes de luz que producen calor en invierno y frescura en verano. El techo está incrustado de zafiros que representan el cielo y de carbúnculos que representan las estrellas. Un sol dorado y una luna de plata, he aquí los autómatas, recorren la bóveda celeste, y pájaros mecánicos cantan cada día, mientras en las esquinas cuatro ángeles de bronce dorado les acompañan con sus trompetas. El palacio se yergue sobre un pozo escondido, donde parejas de caballos mueven una muela que lo hace girar según la variación de las estaciones, de suerte que se transforma en la imagen del cosmos. Debajo del suelo de cristal nadan peces y fabulosas criaturas marinas. Y aún más, yo he oído hablar de espejos en los que se puede ver todo lo que sucede. Le serían utilísimos al Preste para controlar los extremos confines de su reino...
El Poeta, proclive ya a la arquitectura, se puso a dibujar él. espejo, explicando:
—Habrá que colocarlo muy en lo alto, para ascender a él por ciento veinticinco escalones de pórfido...
—Y de alabastro, —sugirió Boron que hasta entonces estaba incubando en silencio el efecto de la miel verde.
—Y pongámosle también el alabastro. Y los escalones superiores serán de ámbar y pantera.
—¿Qué es la pantera, el padre de Jesús? —preguntó Baudolino.
—No seas necio, habla Plinio de ella y es una piedra multicolor. Pero en realidad el espejo se apoya sobre un pilar único o mejor dicho, no. Este pilar sostiene una basa sobre la cual se apoyan dos pilares y éstos sostienen una basa sobre la se apoyan cuatro pilares, y así se van aumentando los pilares hasta que en el basamento mediano haya sesenta y cuatro. Éstos sostienen un basamento con treinta y dos pilares, y así van disminuyendo hasta que se llega a un único pilar sobre el que se apoya el espejo.
—Escucha —dijo el rabí Solomón— con esta historia de los pilares el espejo se cae en cuanto uno se apoya en la base.
—Tú calla, que eres falso como el ánimo de Judas. A ti te va bien que vuestro Ezequiel viera un templo que no se sabe cómo era; si viene un albañil cristiano a decirte que no podía estar en pie, le respondes que Ezequiel oía voces y no prestaba atención a las figuras, ¿y luego yo tengo que hacer sólo espejos que se mantienen en pie? Pues yo le coloco también doce mil soldados de guardia al espejo, todos en torno a la columna de base, y se encargan ellos de que esté en pie. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, de acuerdo, el espejo es tuyo, —decía conciliador el rabí Solomón.
Abdul seguía aquellos discursos sonriendo con los ojos perdidos en el vacío, y Baudolino entendía que en aquel espejo habría querido divisar por lo menos la sombra de su princesa lejana.

—Los días siguientes tuvimos que darnos prisa, porque el Poeta tenía que irse, y no quería perderse el resto de la historia, le dijo Baudolino a Nicetas. Pero nosotros marchábamos ya por buen camino.
—¿Por buen camino? Pero si este Preste era, por lo que me resulta, menos creíble que los Magos vestidos de cardenales y de Carlomagno entre las cohortes angélicas...
—El Preste se habría vuelto creíble si se hubiera dado a conocer, en persona, con una carta a Federico.

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domingo, noviembre 21, 2004

Baudolino - Parte XI - Baudolino encuentra a los Reyes Magos y canoniza a Carlomagno

Baudolino había llegado ante Milán cuando ya los milaneses no resistían más, también a causa de sus discordias internas. Al final habían mandado legaciones para concordar la rendición, y las condiciones seguían siendo las establecidas en la dieta de Roncaglia; o sea, que cuatro años más tarde, y con tantos muertos y devastaciones, seguía siendo como cuatro años antes. O mejor dicho, era una rendición aún más vergonzosa que la precedente. Federico habría querido volver a conceder su perdón, pero Reinaldo atizaba el fuego, despiadado. Había que impartir una lección que todos recordaran, y había que dar satisfacción a las ciudades que se habían batido con el emperador, no por amor suyo sino por odio hacia Milán.
—Baudolino —dijo el emperador— esta vez no te la tomes conmigo. A veces también un emperador tiene que hacer lo que quieren sus consejeros.
Y añadió en voz baja:
—A mí este Reinaldo me da más miedo que los milaneses. De esa manera había ordenado que Milán fuera borrada de la faz de la tierra, e hizo salir de la ciudad a todas las personas, hombres y mujeres.
Los campos en torno a la ciudad pululaban ahora de milaneses que vagaban sin meta; algunos se habían refugiado en las ciudades cercanas, otros permanecían acampados delante de las murallas esperando que el emperador los perdonara y les permitiera volver a entrar. Llovía, los prófugos temblaban de frío durante la noche, los niños enfermaban, las mujeres lloraban, los hombres estaban ya desarmados, postrados a lo largo de los bordes de los caminos, alzando los puños hacia el cielo, porque era más conveniente maldecir al Todopoderoso que al emperador, porque el emperador tenía a sus hombres dando vueltas por los alrededores y pedían razón de las quejas demasiado violentas.
Federico, al principio, había intentado aniquilar la ciudad rebelde incendiándola, luego pensó que era mejor dejar el asunto en manos de los italianos, que odiaban Milán más que él. Había asignado a los lodicianos la tarea de destruir toda la puerta oriental, que se decía Puerta Renza; a los cremoneses la tarea de derrocar Puerta Romana; a los pavianos la tarea de hacer que de Puerta Ticinese no quedara piedra sobre piedra; a los novareses la de arrasar Puerta Vercellina; a los comascos la de hacer desaparecer Puerta Comacina, y a los de Seprio y Martesana la de hacer de Puerta Nueva una única ruina. Tarea que había agradado mucho a los ciudadanos de aquellas ciudades, que, es más, habían pagado al emperador mucho dinero para poder disfrutar del privilegio de ajustar con sus propias manos sus cuentas con Milán derrotada.
El día después del comienzo de las demoliciones, Baudolino se aventuró dentro del cerco amurallado. En algunos lugares no se veía nada, salvo una gran polvareda. Entrando en la polvareda, se divisaban aquí algunos que habían asegurado una fachada a grandes cuerdas, y tiraban al unísono, hasta que ésta se desmoronaba; allá otros albañiles expertos que, desde el tejado de una iglesia, le daban al pico hasta que permanecía destejada, y luego con grandes mazas rompían las paredes, o desarraigaban las columnas introduciendo cuñas en su base.
Baudolino pasó algunos días dando vueltas por las calles reventadas, y vio derrumbarse el campanario de la iglesia mayor, que no lo había igual en Italia, tan bello y poderoso. Los más diligentes eran los lodicianos, que anhelaban sólo la venganza: fueron los primeros en desmantelar su parte, y luego corrieron a ayudar a los cremoneses a que explanaran Puerta Romana. En cambio, los pavianos parecían más expertos, no daban golpes al azar y dominaban su rabia: disgregaban la argamasa allá donde las piedras se unían una con la otra, o excavaban la base de las murallas, y lo demás se derrumbaba por su propio peso.
En fin, para los que no entendieran lo que estaba sucediendo, Milán parecía un gayo taller, donde cada uno trabajaba con alacridad alabando al Señor. Salvo que era como si el tiempo procediera hacia atrás: parecía que estuviera surgiendo de la nada una nueva ciudad, y, en cambio, una ciudad antigua estaba volviendo a convertirse en polvo y tierra yerma. Acompañado por estos pensamientos, Baudolino, el día de Pascua, mientras el emperador había convocado grandes festejos en Pavía, se apresuraba a descubrir las mirabilia urbis Mediolani antes de que Milán dejara de existir. De esa manera, dio la casualidad de que se encontró cerca de una espléndida basílica aún intacta, y vio en los alrededores algunos pavianos que acababan de abatir un palacete, activísimos aunque era fiesta de guardar. Supo por ellos que la basílica era la de San Eustorgio, y que al día siguiente se ocuparían también de ella:
—Es demasiado hermosa para dejarla en pie, ¿no? —le dijo persuasivamente uno de los destructores.
Baudolino entró en la nave de la basílica, fresca, silenciosa y vacía. Alguien había dilapidado ya los altares y las capillas laterales, algunos perros llegados de Dios sabe dónde encontrando aquel lugar acogedor, habían hecho de él su albergue, meando a los pies de las columnas. Junto al altar mayor vagaba quejumbrosa una vaca. Era un buen animal y a Baudolino le dio pie para reflexionar sobre el odio que animaba a los demoledores de la ciudad, que incluso descuidaban presas apetecibles con tal de hacerla desaparecer cuanto antes.
En una capilla lateral, junto a un sarcófago de piedra, vio a un anciano cura que emitía sollozos de desesperación, o mejor dicho, chillidos como de animal herido; el rostro estaba más blanco que el blanco de los ojos y su cuerpo delgadísimo se estremecía a cada lamento. Baudolino intentó ayudarle, ofreciéndole una cantimplora de agua que llevaba consigo.
—Gracias, buen cristiano —dijo el viejo— pero ya no me queda sino aguardar la muerte.
—No te matarán —le dijo Baudolino— el asedio ha terminado, la paz está firmada, los de fuera sólo quieren derribar tu iglesia, no quitarte la vida.
—¿Y qué será mi vida sin mi iglesia? Pero es el justo castigo del cielo, porque, por ambición, quise, hace muchos años, que mi iglesia fuera la más bella y famosa de todas, y cometí un pecado.
¿Qué pecado podía haber cometido aquel pobre viejo? Baudolino se lo preguntó.
—Hace años un viajero oriental me propuso adquirir las reliquias más espléndidas de la cristiandad, los cuerpos intactos de los tres Magos.
—¿Los tres Reyes Magos? ¿Los tres? ¿Enteros?
—Tres, Magos y enteros. Parecen vivos; quiero decir, que parecen recién muertos. Yo sabía que no podía ser verdad, porque de los Magos habla un solo Evangelio, el de Mateo, y dice poquísimo. No dice cuántos eran, de dónde venían, si eran reyes o sabios... Dice sólo que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella. Ningún cristiano sabe de dónde procedían y a dónde volvieron. ¿Quién habría podido encontrar su sepulcro? Por eso no he osado decirles jamás a los milaneses que ocultaba este tesoro. Temía que por avidez aprovecharan la ocasión para atraer a fieles de toda Italia, lucrando dinero con una falsa reliquia...
—Y, por lo tanto, no pecaste.
—Pequé, porque los he mantenido escondidos en este lugar consagrado. Esperaba siempre una señal del cielo, que no ha llegado. Ahora no quiero que los encuentren estos vándalos. Podrían dividirse estos despojos, para distinguir con una extraordinaria dignidad a alguna de esas ciudades que hoy nos destruyen. Te lo ruego, haz desaparecer todo rastro de mi debilidad de antaño. Haz que alguien te ayude, ven antes de que llegue la noche a recoger estas inciertas reliquias, haz que desaparezcan. Con poco esfuerzo, te asegurarás el Paraíso, lo cual no me parece asunto de poca monta.

—Ves, señor Nicetas, me acordé entonces de que Otón había hablado de los Magos al referirse al reino del Preste Juan. Claro, si aquel pobre cura los hubiera enseñado así, como si vinieran de la nada, nadie le habría creído. Pero una reliquia, para ser verdadera, ¿debía remontarse realmente al santo o al acontecimiento del que formaba parte?
—No, sin duda. Muchas reliquias que se conservan aquí en Constantinopla son de origen dudosísimo, pero el fiel que las besa siente emanar de ellas aromas sobrenaturales. Es la fe la que las hace verdaderas, no las reliquias las que hacen verdadera a la fe.
—Precisamente. También yo pensé que una reliquia vale si encuentra su justa colocación en una historia verdadera. Fuera de la historia del Preste Juan, aquellos Magos podían ser el engaño de un mercader de alfombras; dentro de la historia verdadera del Preste, se convertían en un testimonio seguro. Una puerta no es una puerta si no tiene un edificio a su alrededor, de otro modo sería sólo un agujero, qué digo, ni siquiera eso, porque un vacío sin un lleno que lo rodea no es ni siquiera un vacío. Comprendí entonces que yo poseía la historia en cuyo seno los Magos podían significar algo. Pensé que, si debía decir algo sobre Juan para abrirle al emperador la vía de Oriente, tener la confirmación de los Reyes Magos, que ciertamente procedían de Oriente, habría reforzado mi prueba. Estos pobres tres reyes dormían en su sarcófago y dejaban que pavianos y lodicianos hicieran pedazos la ciudad que los alojaba sin saberlo. No le debían nada, estaban de paso, como en una posada, a la espera de ir a otro lugar; en el fondo, eran por su naturaleza unos vagamundos, ¿no se habían movido de quién sabe dónde para seguir a una estrella? Me tocaba a mí darles a esos tres cuerpos la nueva Belén.

Baudolino sabía que una buena reliquia podía cambiar el destino de una ciudad, hacer que se convirtiera en meta de peregrinación ininterrumpida, transformar una ermita en un santuario. ¿A quién podían interesarle los Magos? Pensó en Reinaldo: le había sido conferido el arzobispado de Colonia, pero todavía tenía que presentarse para que se le consagrara oficialmente. Entrar en la propia catedral llevando consigo a los Reyes Magos habría sido un buen golpe. ¿Reinaldo buscaba símbolos del poder imperial? Pues aquí tenía bajo el brazo no a uno, sino a tres reyes que habían sido al mismo tiempo sacerdotes.
Preguntó al cura si podía ver los cuerpos. El cura le pidió que le ayudara, porque había que hacer girar la tapa del sarcófago hasta que dejara al descubierto la teca en la que estaban guardados los cuerpos.
Fue un gran trabajo, pero valía la pena. Oh, maravilla: los cuerpos de los tres Reyes parecían todavía vivos, aunque la piel se hubiera secado y apergaminado. Pero no se había oscurecido, como les pasa a los cuerpos momificados. Dos de los magos tenían todavía un rostro casi lácteo, uno con una gran barba blanca que descendía hasta el pecho, todavía íntegra, aunque endurecida, que parecía algodón dulce, el otro imberbe. El tercero era color ébano, no a causa del tiempo, sino porque oscuro debía de ser también en vida: parecía una estatua de madera y tenía incluso una especie de fisura en la mejilla izquierda. Tenía una barba corta y dos labios carnosos que se levantaban enseñando dos únicos dientes, ferinos y cándidos. Los tres tenían los ojos abiertos, grandes y atónitos, con una pupila reluciente como cristal. Estaban envueltos en tres capas, una blanca, la otra verde y, la tercera, púrpura, y de las capas sobresalían tres bragas, según el modo de los bárbaros, pero de puro damasco bordado con finas perlas.
Baudolino volvió raudo al campamento imperial y corrió a hablar con Reinaldo. El canciller entendió enseguida lo que valía el descubrimiento de Baudolino, y dijo:
—Hay que hacerlo todo a escondidas, y pronto. No será posible llevarse toda la teca, es demasiado visible. Si alguien más de los que están por aquí se da cuenta de lo que has encontrado, no vacilará en sustraérnoslo, para llevárselo a su propia ciudad. Haré que preparen tres ataúdes, de madera desnuda, y por la noche los sacamos fuera de las murallas, diciendo que son los cuerpos de tres valerosos amigos caídos durante el asedio. Actuaréis sólo tú, el Poeta y un fámulo mío. Luego los dejaremos donde los hayamos puesto, sin prisa. Antes de que pueda llevarlos a Colonia es preciso que sobre el origen de la reliquia, y sobre los Magos mismos, se produzcan testimonios fidedignos. Mañana volverás a París, donde conoces personas sabias, y encuentra todo lo que puedas sobre su historia.
Por la noche, los Reyes fueron transportados a una cripta de la iglesia de San Jorge, extramuros. Reinaldo había querido verlos, y estalló en una serie de imprecaciones indignas de un arzobispo:
—¿Con bragas? ¿Y con esa caperuza que parece la de un juglar?
—Señor Reinaldo, así vestían evidentemente en la época los sabios de Oriente; hace años estuve en Rávena y vi un mosaico donde los tres Magos estaban representados más o menos así en la túnica de la emperatriz Teodora.
—Precisamente, cosas que pueden convencer a los grecanos de Bizancio. Pero ¿tú te imaginas que presento en Colonia a los Reyes Magos vestidos de malabaristas? Revistámoslos.
—¿Y cómo? —preguntó el Poeta.
—¿Y cómo? Yo te he permitido comer y beber como un feudatario escribiendo dos o tres versos al año, ¿y tu no sabes cómo vestirme a los primeros en adorar al Niño Jesús, Señor Nuestro? Los vistes como la gente se imagina que iban vestidos, como obispos, como papas, como archimandritas, ¡qué sé yo!
—Han saqueado la iglesia mayor y el obispado. Quizá podamos recuperar paramentos sagrados. Voy a intentarlo, —dijo el Poeta.
Fue una noche terrible. Los paramentos se encontraron, y también algo que se parecía a tres tiaras, pero el problema fue desnudar a las tres momias. Si los rostros seguían aún como vivos, los cuerpos —excepto las manos, completamente secas— eran un armazón de mimbre y paja, que se deshacía cada vez que intentaban quitarle los indumentos.
—No importa —decía Reinaldo— total, una vez en Colonia nadie va a abrir la teca. Introducid unas varitas, algo que los mantenga derechos, como se hace con los espantapájaros. Con respeto, os lo ruego.
—Señor Jesús —se quejaba el Poeta— ni siquiera borracho perdido he llegado a imaginarme nunca que habría podido metérsela a los Reyes Magos por detrás.
—Calla y vístelos —decía Baudolino— estamos trabajando para la gloria del imperio.
El Poeta emitía horribles blasfemias, y los Magos parecían ya cardenales de la santa y romana iglesia.

El día siguiente, Baudolino se puso de viaje. En París, Abdul, que sobre los asuntos de Oriente sabía mucho, lo puso en contacto con un canónigo de San Víctor que sabía más que él.
—Los Magos, ¡ah! –decía—. La tradición los menciona continuamente, y muchos Padres nos han hablado de ellos, pero los Evangelios callan, y las citas de Isaías y de otros profetas dicen y no dicen: alguien las ha leído como si hablaran de los Magos, pero también podían hablar de otra cosa. ¿Quiénes eran? ¿cómo se llamaban de verdad? Algunos dicen Hormidz, de Seleucia, rey de Persia, Jazdegard rey de Saba y Peroz rey de Seba; otros Hor, Basander, Karundas. Pero según otros autores muy fidedignos, se llamaban Melkon, Gaspar y Balthasar, o Melco, Cáspare y Fadizarda. O aún, Magalath, Galgalath y Saracín. o quizá Appelius, Amerus y Damascus...
—Appelius y Damascus son bellísimos, evocan tierras lejanas, —decía Abdul mirando hacia quién sabe dónde.
—¿Y por qué Karundas no? —replicaba Baudolino—. No debemos encontrar tres nombres que te gusten a ti, sino tres nombres verdaderos.
El canónigo proseguía:
—Yo propondría a Bithisarea, Melichior y Gataspha, el primero rey de Godolia y Saba, el segundo rey de Nubia y Arabia, el tercero rey de Tharsis y de la ínsula Egriseuta. ¿Se conocían entre sí antes de emprender el viaje? No, se encontraron en Jerusalén y, milagrosamente, se reconocieron. Pero otros dicen que se trataba de unos sabios que vivían en el monte Vaus, el Victorialis, desde cuya cima escrutaban los signos del cielo, y al monte Vaus regresaron después de la visita a Jesús, y más tarde se unieron al apóstol Tomás para evangelizar las Indias, salvo que no eran tres sino doce.
—¿Doce Reyes Magos? ¿No es demasiado?
—Lo dice también Juan Crisóstomo. Según otros se habrían llamado Zhrwndd, Hwrmzd, Awstsp, Arsk, Zrwnd, Aryhw, Arthsyst, Astnbwzn, Mhrwq, Ahsrs, Nsrdyh y Mrwdk. Con todo, hay que ser prudentes, porque Orígenes dice que eran tres como los hijos de Noé, y tres como las Indias de las que procedían.
Los Reyes Magos también habrán sido doce, observó Baudolino, pero en Milán habían encontrado tres y en torno a tres debía construirse una historia aceptable.
—Digamos que se llamaban Baltasar, Melchor y Gaspar, que me parecen nombres más fáciles de pronunciar que esos admirables estornudos que hace poco nuestro venerable maestro ha emitido. El problema es cómo llegaron a Milán.
—No me parece un problema —dijo el canónigo— visto que llegaron. Yo estoy convencido de que su tumba fue hallada en el monte Vaus por la reina Elena, madre de Constantino. Una mujer que supo recobrar la Verdadera Cruz habrá sido capaz de encontrar a los verdaderos Magos. Y Elena llevó los cuerpos a Constantinopla, a Santa Sofía.
—No, no; o el emperador de Oriente nos preguntará cómo se los hemos cogido, —dijo Abdul.
—No temas, —dijo el canónigo—. Si estaban en la basílica de San Eustorgio, ciertamente los había llevado allá aquel santo varón, que salió de Bizancio para ocupar la cátedra obispal en Milán en tiempos del basileo Mauricio, y mucho tiempo antes de que viviera entre nosotros Carlomagno. Eustorgio no podía haber robado los Magos y, por lo tanto, los había recibido como regalo del basileo del imperio de Oriente.

Con una historia tan bien construida, Baudolino volvió a finales del año junto a Reinaldo, y le recordó que, según Otón, los Magos debían de ser los antepasados del Preste Juan, al cual habían investido de su dignidad y función. De ahí el poder del Preste Juan sobre las tres Indias o, por lo menos, sobre una de ellas.
Reinaldo se había olvidado completamente de aquellas palabras de Otón, pero al oír mencionar a un preste que gobernaba un imperio, una vez más mi rey con funciones sacerdotales, papa y monarca a la vez, se convenció de haber puesto en dificultades a Alejandro III: reyes y sacerdotes los Magos, rey y sacerdote Juan, ¡qué admirable figura, alegoría, vaticinio, profecía, anticipación de esa dignidad imperial que él le estaba confeccionando a la medida, paso a paso, a Federico!
—Baudolino —dijo inmediatamente— de los Magos ahora me ocupo yo, tú tienes que pensar en el Preste Juan. Por lo que me cuentas, por ahora tenemos sólo voces, y no bastan. Necesitamos un documento que atestigüe su existencia, que diga quién es, dónde está, cómo vive.
—¿Y dónde lo encuentro?
—Si no lo encuentras, lo haces. El emperador te ha hecho estudiar, y ha llegado el momento de sacarles fruto a tus talentos. Y de que te merezcas la investidura de caballero, en cuanto hayas acabado estos estudios tuyos, que me parece que han durado incluso demasiado.

—¿Has entendido, señor Nicetas? —dijo Baudolino—. A esas alturas el Preste Juan se había convertido para mí en un deber, no en un juego. Y ya no debía buscarlo en memoria de Otón, sino para cumplir una orden de Reinaldo. Como decía mi padre Gagliaudo, siempre he sido un contreras. Si me obligan a hacer algo, se me pasan enseguida las ganas. Obedecí a Reinaldo y volví inmediatamente a París, pero para no tener que encontrar a la emperatriz. Abdul había empezado a componer canciones de nuevo, y me di cuenta de que el tarro de miel verde estaba ya casi medio vacío. Le volvía a hablar de la empresa de los Magos, y él entonaba en su instrumento: Que nadie se maraville de mí / pues amo a la que nunca me verá, / mi corazón de otro amor no sabrá / si no es del que jamás gozoso vi: / ninguna alegría reír me hará / e ignoro qué ventura me vendrá, ah, ah. Ah, ah... renuncié a discutir con él de mis proyectos y, por lo que concernía al Preste, durante un año no hice nada más.
—¿Y los Reyes Magos?
—Reinaldo llevó la reliquia a Colonia, al cabo de dos años, pero fue generoso, porque tiempo atrás había sido preboste en la catedral de Hildesheim y, antes de encerrar los despojos de los Reyes en la teca de Colonia, le cortó un dedo a cada uno y se lo envió de regalo a su antigua iglesia. Ahora bien, en aquel mismo período, Reinaldo tuvo que resolver otros problemas, y no de poca monta. Precisamente dos meses antes de que pudiera celebrar su triunfo en Colonia, moría el antipapa Víctor. Casi todos habían suspirado de alivio, así las cosas se arreglaban solas y a lo mejor Federico hacía las paces con Alejandro. Pero Reinaldo vivía de ese cisma; lo entiendes, señor Nicetas, con dos papas él contaba más que con un solo papa. De modo que se inventó un nuevo antipapa, Pascual III, organizando una parodia de cónclave con cuatro eclesiásticos recogidos casi por la calle. Federico no estaba convencido. Me decía...
—¿Habías vuelto con él?
Baudolino había suspirado:
—Sí, durante pocos días. Ese mismo año la emperatriz le había dado un hijo a Federico.
—¿Qué sentiste?
—Entendí que tenía que olvidarla definitivamente. Ayuné durante siete días, bebiendo sólo agua, porque había leído en algún sitio que purifica el espíritu y, al final, provoca visiones.
—¿Es verdad?
—Verdad del todo, pero en las visiones estaba ella. Entonces decidí que tenía que ver a ese niño, para marcar la diferencia entre el sueño y la visión. Y volví a la corte. Habían pasado más de dos años desde aquel día magnífico y tremendo, y desde entonces no nos habíamos vuelto a ver. Beatriz sólo tenía ojos para el niño y parecía que mi vista no le producía ninguna turbación. Me dije entonces que, aunque no podía resignarme a amar a Beatriz como una madre, habría amado a aquel niño como a un hermano. Aun así, miraba a esa cosita en la cuna, y no podía evitar el pensamiento de que, si la vida hubiera sido apenas distinta, aquél habría podido ser un hijo. En cualquier caso, corría siempre el riesgo de sentirme incestuoso.

Federico, mientras tanto, estaba agitado por problemas de mucho más calado. Le decía a Reinaldo que un medio papa garantizaba poquísimo sus derechos, que los Reyes Magos estaban muy bien, pero no era suficiente, porque haber encontrado a los Magos no significaba necesariamente descender de ellos. El papa, dichoso él, podía hacer remontar sus orígenes a Pedro, y Pedro había sido designado por el mismísimo Jesús, pero el sacro y romano emperador, ¿qué hacía? ¿Hacía remontar sus orígenes a César, que no dejaba de ser un pagano?
Baudolino entonces se sacó de la manga la primera idea que se le ocurrió, es decir, que Federico podía hacer remontar su dignidad a Carlomagno.
—Pero Carlomagno ha sido ungido por el papa, estamos siempre en las mismas, le había replicado Federico.
—A no ser que tú hagas que se convierta en santo, —había dicho Baudolino.
Federico le intimó a que reflexionara antes de decir tonterías.
—No es una tontería, —había replicado Baudolino, que mientras tanto, más que reflexionar, casi había visto la escena que aquella idea podía alumbrar.
—Escucha: tú vas a Aquisgrán, donde yacen los restos de Carlomagno, los exhumas, los colocas en un hermoso relicario en medio de la Capilla Palatina y, ante tu presencia, con un cortejo de obispos fieles, incluido el señor Reinaldo que como arzobispo de Colonia es también el metropolitano de esa provincia, y una bula del papa Pascual que te legitima, haces proclamar santo a Carlomagno. ¿Entiendes? Tú proclamas santo al fundador del sacro romano imperio; una vez que él es santo, es superior al papa, y tú, en cuanto legítimo sucesor suyo, eres de la prosapia de un santo, desligado de toda autoridad, incluso de la de quien pretendía excomulgarte.
—Por las barbas de Carlomagno, —había dicho Federico, con los pelos de su barba erizados por la excitación—, ¿has oído, Reinaldo? ¡Como siempre el chico tiene razón!
Así había sucedido, aunque sólo al final del año siguiente, porque ciertas cosas lleva su tiempo prepararlas bien.

Nicetas observó que como idea era una locura, y Baudolino le respondió que, aun así, había funcionado. Y miraba a Nicetas con orgullo. Es natural, pensó Nicetas, tu vanidad es desmesurada, incluso has hecho santo a Carlomagno. De Baudolino podía uno esperarse cualquier cosa.
—¿Y después? preguntó.
Mientras Federico y Reinaldo se aprestaban a canonizar a Carlomagno, yo me iba dando cuenta poco a poco de que no bastaban ni él ni los Magos. Esos cuatro estaban todos en el Paraíso, los Magos desde luego que sí y esperemos que también Carlomagno; si no, en Aquisgrán se armaba una buena faena. Pero seguía haciendo falta algo que todavía estuviera aquí en esta tierra y donde el emperador pudiera decir yo aquí estoy y esto sanciona mi derecho. Lo único que podía encontrar en esta tierra el emperador era el reino del Preste Juan.

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martes, noviembre 16, 2004

Baudolino - Parte X - Baudolino reprende al emperador y seduce a la emperatriz

Baudolino, entre estudios no muy severos y fantasías sobre el jardín del Edén, había transcurrido ya cuatro inviernos en París. Estaba deseando volver a ver a Federico, y aún más a Beatriz, que en su espíritu alterado había perdido ya todas las hechuras terrenales y se había convertido en una habitante de aquel paraíso, como la princesa lejana de Abdul.
Un día Reinaldo le había pedido al Poeta una oda para el emperador. El Poeta, desesperado, e intentando ganar tiempo diciéndole a su señor que esperaba la justa inspiración, mandó a Baudolino una petición de ayuda. Baudolino escribió una poesía excelente, Salve mundi domine, en la que Federico estaba por encima de todos los demás reyes, y se decía que su yugo era dulcísimo. Pero no se fiaba de mandarla a través de un emisario, y se planteó volver a Italia, donde mientras tanto habían sucedido muchísimas cosas que le costaba trabajo resumir a Nicetas.

—Reinaldo había dedicado su vida a crear una imagen del emperador como señor del mundo, príncipe de la paz, origen de toda ley y no sometido a ninguna, rex et sacerdos al mismo tiempo, como Melquisedec y, por lo tanto, no podía no chocar con el papa. Ahora bien, en los tiempos del asedio de Crema, había muerto el papa Adriano, el que había coronado a Federico en Roma, y la mayoría de los cardenales había elegido al cardenal Bandinelli como Alejandro III. Para Reinaldo era un azote, porque él y Bandinelli se llevaban como perro y gato, y éste no cedía sobre el Primado papal. No sé qué tramó Reinaldo, pero consiguió hacer que algunos cardenales y gente del senado eligieran a otro papa, Víctor IV, que él y Federico podían manejar a su antojo. Naturalmente, Alejandro III excomulgó inmediatamente tanto a Federico como a Víctor, y no bastaba con decir que Alejandro no era el papa verdadero y, por lo tanto, su excomunión no valía nada, porque, por una parte, los reyes de Francia y de Inglaterra se inclinaban por reconocerlo, y por otra, para las ciudades italianas era maná caído del cielo encontrar un papa que decía que el emperador era un cismático y que, por consiguiente, nadie le debía ya obediencia. Por añadidura, llegaban noticias de que Alejandro estaba tramando con vuestro basileo Manuel, buscando un imperio más grande que el de Federico sobre el que apoyarse. Si Reinaldo quería que Federico fuera el único heredero del imperio romano, debía encontrar la prueba visible de una descendencia. Por eso había puesto también manos a la obra al Poeta.
A Nicetas le costaba trabajo seguir la historia de Baudolino, año por año. No sólo le parecía que también su testigo se confundía un poco con lo que había sucedido antes y lo que había sucedido después, sino que encontraba que las vicisitudes de Federico se repetían siempre iguales, y no entendía cuándo habían retomado las armas los milaneses, cuándo habían vuelto a amenazar a Lodi, cuándo había bajado de nuevo el emperador a Italia.
—Si esto fuera una crónica —se decía— bastaría con coger una página al azar y se encontrarían siempre las mismas empresas. Parece uno de esos sueños donde vuelve siempre la misma historia, y tú imploras despertarte.
De todas maneras, le parecía entender a Nicetas que los milaneses llevaban ya dos años poniendo en dificultades a Federico, entre desaires y escaramuzas, y el año siguiente el emperador, con la ayuda de Novara, Asti, Vercelli, el marqués del Montferrato, el marqués Malaspina, el conde Biandrate, Como, Lodi, Bérgamo, Cremona, Pavía y alguien más, había vuelto a asediar Milán. Una bella mañana de primavera, Baudolino, que ya tenía veinte años, con el Salve mundi domine para el Poeta y su carteo con Beatriz, que no quería dejar en París a merced de los ladrones, había llegado ante las murallas de aquella ciudad.
—Espero que, en Milán, Federico se haya portado mejor que en Crema, —dijo Nicetas.
—Aun peor, por lo que oí al llegar. Había hecho arrancar los ojos a seis prisioneros de Melzo y Roncate, y a un milanés le había arrancado un ojo solo, para que condujera de vuelta a los demás a Milán, pero como contrapartida le había cortado la nariz. y cuando capturaba a los que intentaban introducir mercancías en Milán, les hacía cortar las manos.
—¡Pues ya ves que también él sacaba ojos! Pero a gente vulgar, no a los señores, como vosotros. Y a sus enemigos, ¡no a sus parientes!
—¿Lo justificas?
—Ahora; no entonces. Entonces me indigné. No quería ni siquiera encontrarme con él. Pero luego tuve que ir a rendirle homenaje, no podía evitarlo.
El emperador, en cuanto lo vio después de tanto tiempo, iba a abrazarlo dichosísimo, pero Baudolino no pudo contenerse. Se echó hacia atrás, lloró, le dijo que era malvado, que no podía pretender ser la fuente de la justicia si luego se portaba como un hombre injusto, que se avergonzaba de ser su hijo.
A quienquiera que le hubiera dicho cosas de ese tipo, Federico habría hecho que no sólo le sacaran los ojos y le arrancaran la nariz, sino también las orejas. Y, en cambio, quedó sorprendido por el furor de Baudolino y él, el emperador, intentó justificarse.
—Se trata de rebelión, de rebelión contra la ley, Baudolino, y tú has sido el primero en decirme que la ley soy yo. No puedo perdonar, no puedo ser bueno. Es mi deber ser despiadado. ¿Crees que me gusta?
—Sí que te gusta, padre mío ¿tenías que matar a toda esa gente hace dos años en Crema y mutilar a esos otros en Milán, no en la batalla sino en frío, por puntillo, por una venganza, por una afrenta?
—¡Ah, sigues mis hazañas, como si fueras Rahewin! Pues entonces, que sepas que no era puntillo, era ejemplo. Es la única manera de doblegar a estos hijos desobedientes. ¿Crees que César y Augusto eran más clementes? Es la guerra Baudolino ¿acaso sabes lo que es? Tú que te haces el gran bachiller en París ¿sabes que cuando vuelvas te querré en la corte entre mis ministeriales, y a lo mejor incluso te hago caballero? ¿Y piensas cabalgar con el sacro romano emperador sin ensuciarte las manos? ¿Te da asco la sangre? Pues dímelo y te meto a monje. Pero luego tendrás que ser casto, y cuidado, que me han contado historias tuyas de París que te veo poco de monje, precisamente. ¿Dónde te hiciste esa cicatriz? ¡Me asombra que la tengas en el rostro y no en el culo!
—Mis espías te habrán contado historias sobre mí en París, pero yo sin necesidad de espías he oído contar por doquier una buena historia sobre ti en Adrianópolis. Mejor mis historias con los maridos parisinos que las tuyas con los monjes bizantinos.
Federico se puso rígido, empalideció. Sabía perfectamente de qué hablaba Baudolino (que lo había sabido de Otón). Cuando todavía era duque de Suabia, había tomado la cruz y había participado en la segunda expedición de ultramar, para ir en socorro del reino cristiano de Jerusalén. Y mientras el ejército cristiano avanzaba con fatiga, cerca de Adrianópolis, uno de sus nobles, que se había alejado de la expedición, fue asaltado y asesinado, quizá por bandidos del lugar. Había ya mucha tensión entre latinos y bizantinos, y Federico tomó lo ocurrido como una afrenta. Como en Crema, su ira se volvió incontenible: asaltó un monasterio cercano e hizo una carnicería de todos sus monjes.
El episodio había quedado como una mancha sobre el nombre de Federico; todos habían fingido olvidarlo, e incluso Otón en las Gesta Frederici lo había callado, mencionando, en cambio, inmediatamente después, cómo el joven duque se había librado de una violenta inundación no lejos de Constantinopla, señal de que el cielo no le había retirado su protección. Pero el único que no había olvidado era Federico, y que la herida de aquella mala acción no hubiera llegado a cicatrizarse nunca, lo probó su reacción. De pálido que estaba se puso colorado, asió un candelabro de bronce y se echó sobre Baudolino como para matarlo. Se contuvo a malas penas, bajó el arma cuando ya lo había aferrado por el sayo y le dijo entre dientes:
—Por todos los diablos del infierno, no vuelvas a decir nunca más lo que acabas de decir.
Luego salió de la tienda. En el umbral se detuvo un instante:
—Ve a rendirle homenaje a la emperatriz, luego vuelve con esas damiselas de clérigos parisinos que tanto te gustan.
—Ya te haré ver yo si soy una damisela, ya te haré ver lo que sé hacer, —iba rumiando Baudolino al dejar el campo, sin saber ni siquiera él qué habría podido hacer, salvo que sentía que odiaba a su padre adoptivo y quería hacerle daño.
Todavía furioso, había llegado a los aposentos de Beatriz. Había besado compuestamente el borde de su túnica, luego la mano de la emperatriz; ella se había sorprendido por la cicatriz, haciendo preguntas ansiosas. Baudolino había contestado con indiferencia que se había tratado de un choque con unos ladrones callejeros, cosas que les suceden a los que viajan por el mundo. Beatriz lo había mirado con admiración, y hay que decir que aquel joven, con sus veinte años y con su rostro leonino que la cicatriz volvía aún más varonil, era ya lo que se suele decir un apuesto caballero. La emperatriz lo había invitado a sentarse y a relatar sus últimas peripecias. Mientras ella bordaba sonriente, sentada bajo un gracioso baldaquín, él se había ovillado a sus pies y relataba, sin saber ni siquiera lo que decía, sólo para calmar su tensión. Pero a medida que hablaba, iba divisando, de abajo arriba, su bellísimo rostro, se resentía de todos los ardores de aquellos años —pero todos juntos, centuplicados— hasta que Beatriz le dijo, con una de sus sonrisas más seductoras:
—Al final no has escrito todo lo que te había ordenado, y todo lo que habría deseado.
Quizá lo había dicho con su habitual devoción fraterna, quizá era sólo para animar la conversación, pero, para Baudolino, Beatriz no podía decir nada sin que sus palabras fueran al mismo tiempo bálsamo y veneno. Con las manos temblorosas, había sacado del pecho las cartas de él a ella y de ella a él, y, al brindárselas, susurró:
—No, he escrito, y muchísimo, y tú, Señora, me has contestado. —Beatriz no entendía, tomó las hojas, comenzó a leerlas, a media voz para conseguir descifrar mejor esa doble caligrafía. Baudolino, a dos pasos de ella, se retorcía las manos sudando, se decía que había sido un loco, que ella lo echaría llamando a sus guardias; habría querido tener un arma para sumergirla en su corazón. Beatriz seguía leyendo, y sus mejillas se iban arrebolando cada vez más, la voz le temblaba mientras desgranaba aquellas palabras inflamadas, como si celebrara una misa blasfema; se levantó, en dos ocasiones pareció vacilar, en dos ocasiones
se alejó de Baudolino que se había adelantado para sostenerla, luego dijo sólo con poca voz:
—Muchacho, muchacho ¿qué has hecho?
Baudolino se acercó de nuevo, para quitarle aquellas hojas de las manos, tembloroso; temblorosa ella tendió la mano para acariciarle la nuca, él se dio la vuelta de perfil porque no conseguía mirarla a los ojos, ella le acarició con las yemas la cicatriz. Para evitar incluso ese toque, él giró de nuevo la cabeza, pero ella ya se había acercado demasiado, y se encontraron nariz con nariz. Baudolino puso las manos detrás de la espalda, para prohibirse un abrazo, pero ya sus labios se habían tocado, y después de haberse tocado se habían entreabierto, un poco, de modo que por un instante, un solo instante de los poquísimos que duró ese beso, a través de los labios entreabiertos se acariciaron también las lenguas.
Acabada esa fulmínea eternidad, Beatriz se retiró, ahora blanca como una enferma y, mirando fijamente a Baudolino a los ojos y con dureza, le dijo:
—Por todos los santos del Paraíso, no vuelvas a hacer nunca más lo que acabas de hacer.
Lo había dicho sin ira, casi sin sentimientos, como si fuera a desmayarse. Luego los ojos se le humedecieron y añadió, suavemente:
—¡Te lo ruego!
Baudolino se arrodilló tocando casi el suelo con la frente, y salió sin saber adónde iba. Más tarde se dio cuenta de que en un solo instante había cometido cuatro crímenes: había ofendido la majestad de la emperatriz, se había manchado de adulterio, había traicionado la confianza de su padre y había cedido a la infame tentación de la venganza.
—Venganza, porque —se preguntaba— si Federico no hubiera cometido esa carnicería, no me hubiera insultado, y yo no hubiera experimentado en mi corazón un sentimiento de odio, ¿habría hecho igualmente lo que he hecho?
Y al intentar no responder a esa pregunta, se daba cuenta de que, si la respuesta hubiera sido la que él se temía, entonces habría cometido el quinto y más horrible de los pecados, habría manchado indeleblemente la virtud de su propio ídolo sólo para satisfacer su rencor, habría transformado lo que se había convertido en el objeto de su existencia en un sórdido instrumento.

—Señor Nicetas, esta sospecha me ha acompañado durante muchos años, aunque no conseguía olvidar la desgarradora belleza de aquel momento. Estaba cada vez más enamorado, pero esta vez ya sin esperanza alguna, ni siquiera en sueños. Porque, si quería un perdón, fuera el que fuese, la imagen de ella debía desaparecer incluso de mis sueños. En el fondo, me he dicho durante tantas y largas noches en vela, lo has tenido todo y no puedes desear nada más.
La noche caía sobre Constantinopla, y el cielo ya no rojeaba. El incendio se iba apagando, y sólo en algunas colinas de la ciudad se veían relampaguear no llamas sino brasas. Nicetas, mientras tanto, había encargado dos copas de vino con miel. Baudolino lo había paladeado con los ojos perdidos en el vacío.
—Es vino de Thasos. En la tinaja se pone una pasta de escanda impregnada con miel. Luego se mezclan un vino fuerte y perfumado con uno más delicado. Es dulce ¿verdad? —le preguntaba Nicetas.
—Sí, dulcísimo, —le había contestado Baudolino, que parecía estar pensando en otras cosas. Luego posó la copa.
—Aquella misma tarde —concluyó— renuncié para siempre a juzgar a Federico, porque me sentía más culpable que él. ¿Es peor cortarle la nariz a un enemigo o besar en la boca a la mujer de tu benefactor?

El día siguiente había ido a pedir perdón a su propio padre adoptivo, por las palabras duras que le había dicho, y se había sonrojado al darse cuenta de que era Federico el que sentía remordimientos. El emperador lo abrazó, excusándose por su ira, y diciéndole que prefería, a los cien aduladores que tenía a su alrededor, a un hijo como él, capaz de decirle cuándo se equivocaba.
—Ni siquiera mi confesor tiene el valor de decírmelo, —le dijo sonriendo—. Eres la única persona de la que me fío.
Baudolino empezaba a pagar su crimen ardiendo de vergüenza.

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miércoles, noviembre 10, 2004

Baudolino parte IX - Baudolino en el Paraíso Terrenal

Baudolino estudiaba en París, pero seguía al corriente de lo que sucedía en Italia y Alemania. Rahewin, obedeciendo las órdenes de Otón, había seguido escribiendo las Gesta Friderici pero, llegado ya al final del cuarto libro, decidió dejarlas porque le parecía blasfemo superar el número de los Evangelios. Había abandonado la corte, satisfecho del trabajo realizado, y se estaba aburriendo en un monasterio bávaro. Baudolino le escribió que tenía bajo mano los libros de la biblioteca infinita de San Víctor, y Rahewin le pidió que le mencionara algún tratado raro que pudiera enriquecer su sabiduría.
Baudolino, compartiendo la opinión de Otón sobre la escasa fantasía del pobre canónigo, consideró útil alimentarla un poco y, después de haberle comunicado unos pocos títulos de códices que había visto, le citó otros que se había inventado buenamente, como el De optimitate triparum del Venerable Beda, un Ars honeste petandi, un De modo cacandi, un De castramentandis crinibus y un De patria diabolorum. Todas ellas obras que habían suscitado el estupor y la curiosidad del buen canónigo, quien se apresuró a solicitar copias de aquellos desconocidos tesoros de sabiduría. Servicio que Baudolino le habría hecho de buena gana, para subsanar el remordimiento de aquel pergamino de Otón que había borrado, pero la verdad es que no sabía qué copiar, y tuvo que inventarse que, aunque aquellas obras estaban en la abadía de San Víctor, se encontraban en olor de herejía y los canónigos no se las dejaban ver a nadie.
—Luego supe, —le decía Baudolino a Nicetas—, que Rahewin había escrito a un docto parisino que conocía, rogándole que solo citara aquellos manuscritos a los victorinos, los cuales obviamente no encontraron rastro de ellos, acusaron a su bibliotecario de descuido, y el pobrecillo venga a jurar que no los había visto jamás. Me imagino que al final algún canónigo, para arreglar el asunto, escribiría de verdad esos libros, y espero que algún día alguien los encuentre.

El Poeta, mientras tanto, lo mantenía al corriente de las hazañas de Federico. Los comunes italianos no estaban manteniendo fe a todos los juramentos hechos en la dieta de Roncaglia. Los pactos querían que las ciudades litigiosas desmantelasen las murallas y destruyeran las máquinas de guerra, y, en cambio, los ciudadanos hacían como que allanaban los fosos alrededor de las ciudades, y los fosos seguían allá. Federico había mandado legados a Crema, para invitarles a que se dieran prisa, y los cremenses amenazaron con matar a los emisarios imperiales y, si no llegan a escaparse, los matan de verdad. A renglón seguido había enviado a Milán incluso a Reinaldo y a un conde palatino para que nombraran a los podestás, porque los milaneses no podían pretender reconocer los derechos imperiales y luego elegir por su cuenta a los cónsules. Y también allí había faltado poco para que les sacaran los tuétanos a ambos enviados, ¡y no eran unos emisarios cualesquiera, sino el canciller del imperio y uno de los condes del Palacio! Sin conformarse, los milaneses asediaron el castillo de Trezzo y pusieron en cadenas a la guarnición. Por último, atacaron de nuevo Lodi y, cuando al emperador le tocaban Lodi, el emperador montaba en cólera. Así, para dar un ejemplo, puso cerco a Crema.
Al principio, el asedio procedía según las reglas de una guerra entre cristianos. Los cremenses, ayudados por los milaneses, habían hecho unas buenas salidas y capturado a muchos prisioneros imperiales. Los crenioneses (que por odio a los cremenses estaban entonces del lado del imperio, junto con pavianos y lodicianos) habían construido máquinas de asedio poderosísimas, que les habían costado la vida más a los asediadores que a los asediados, pero así iban las cosas. Hubo unas escaramuzas bellísimas, contaba con gusto el Poeta, y todos recordaban la vez que el emperador hizo que los lodicianos le dieran doscientos toneles vacíos, los llenó de tierra y los arrojó al foso, luego hizo que los recubrieran con tierra y madera que los lodicianos habían llevado con más de dos mil carros, de suerte que fue posible pasar con las mazas, mejor dicho, con los almajaneques, para batir las murallas.
Cuando se dio el asalto con la mayor de las torres de madera, la que habían construido los cremoneses, los asediados empezaron a lanzar tantas piedras con sus balistas que iban a conseguir que la torre se cayera, y sacaron al emperador de sus casillas. Furibundo, Federico mandó llevar a prisioneros de guerra cremenses y milaneses, e hizo que los ataran delante y a los lados de la torre. Pensaba que, si los asediados se hubieran visto delante a sus hermanos, primos, hijos y padres, no habrían osado tirar. No calculaba lo grande que era la furia de los cremenses, la furia de los de encima de las murallas y la furia de los que estaban atados fuera de las murallas. Fueron estos últimos los que gritaron a sus hermanos que no se preocuparan por ellos, y los de las murallas, haciendo de tripas corazón, con lágrimas en los ojos, verdugos de sus mismos parientes, siguieron apedreando la torre hasta matar a nueve de los prisioneros.
Estudiantes milaneses llegados a París le juraban a Baudolino que a la torre habían sido atados también niños, pero el Poeta le había asegurado que la voz era falsa. El hecho es que, a esas alturas, incluso el emperador había quedado impresionado, e hizo que desataran a los demás prisioneros. Pero los cremenses y milaneses, enfurecidos como sierpes por el fin de sus compañeros, cogieron en la ciudad a unos prisioneros tudescos y lodicianos, los colocaron encima de las murallas y los mataron a sangre fría bajo la mirada de Federico. Éste, entonces, hizo llevar bajo las murallas a dos prisioneros cremenses y bajo las murallas los procesó como bandidos y perjuros, condenándolos a muerte. Los cremenses hicieron saber que, si Federico ahorcaba a los suyos, ellos colgarían a los prisioneros que todavía tenían como rehenes. Federico contestó que bien quería verlo, y ahorcó a los dos prisioneros. Como toda respuesta, los cremenses colgaron coram populo a todos sus rehenes. Federico, que ya no razonaba, sacó a todos los cremenses que todavía tenía prisioneros, hizo levantar una selva de horcas delante de la ciudad y se disponía a colgarlos a todos. Obispos y abades se precipitaron al lugar del suplicio, implorando que él, que debía ser fuente de misericordia, no debía emular la maldad de sus enemigos. Federico se sintió tocado por aquella intervención, pero no podía revocar su propósito, por lo cual decidió ajusticiar por lo menos a nueve de aquellos infelices.
Al oír estas cosas, Baudolino había llorado. No sólo era por naturaleza un hombre de paz, sino que la idea de que su amadísimo padre adoptivo se hubiera manchado de tantos crímenes lo convenció para quedarse en París a estudiar y, de manera harto oscura, sin que él se diera cuenta, lo persuadió de que no era culpable de amar a la emperatriz. Volvió a escribir cartas cada vez más apasionadas y respuestas que harían temblar a un ermitaño. Salvo que esta vez ya no enseñó nada a sus amigos.
Sintiéndose culpable, sin embargo, resolvió hacer algo por la gloria de su señor. Otón le había dejado como sagrada herencia conseguir hacer salir de las tinieblas de la habladuría al Preste Juan. Baudolino se dedicó, pues, a la búsqueda del Preste incógnito pero —era testigo Otón— sin duda conocidísimo.

Puesto que, acabados los años de trivio y cuadrivio, Baudolino y Abdul se habían educado en la disputa, se preguntaron ante todo: ¿existe de verdad un Preste Juan? Pero habían empezado a preguntárselo en condiciones que Baudolino se avergonzaba de explicarle a Nicetas.
Abdul vivía con Baudolino desde que se marchara el Poeta. Una noche Baudolino, al volver a casa, se encontró con Abdul que, completamente solo, estaba cantando una de sus canciones más bellas, en la que anhelaba encontrar a su princesa lejana, pero de golpe, mientras la veía casi cercana, le parecía andar hacia atrás. Baudolino no entendía si era la música o si era la letra, pero la imagen de Beatriz, que se le había aparecido inmediatamente al oír aquel canto, se sustraía a su mirada, esfumándose en la nada. Abdul cantaba, y nunca su canto había parecido tan seductor.
Una vez acabada la canción, Abdul se desplomó exhausto. Baudolino temió por un instante que fuera a desmayarse y se inclinó sobre él, pero Abdul levantó una mano como para tranquilizarlo, y se echó a reír quedo quedo, él solo, sin razón. Reía, y le temblaba todo el cuerpo. Baudolino pensaba que tenía fiebre, le dijo, sin parar de reír, que lo dejara en paz, que se calmaría, que sabía perfectamente de qué se trataba. Y al final, acuciado por las preguntas de Baudolino, se decidió a confesar su secreto.
—Escucha, amigo mío. He tomado un poco de miel verde, sólo un poco. Ya sé que es una tentación diabólica, pero a veces me sirve para cantar. Escucha y no me repruebes. Desde que era niño, en Tierra Santa, escuchaba una historia maravillosa y terrible. Se fantaseaba que no lejos de Antioquía vivía una raza de sarracenos que moraba entre las montañas, en un castillo inaccesible salvo para las águilas. Su señor se llamaba Aloadin e infundía un grandísimo pavor, tanto a los príncipes sarracenos como a los cristianos. En efecto, en el centro de su castillo, se decía, había un jardín colmado de todas las especies de frutas y flores, donde corrían canales llenos de vino, leche, miel y agua, y, por doquier danzaban y cantaban muchachas de incomparable belleza. En el jardín podían vivir sólo unos jóvenes que Aloadin hacía secuestrar, y en aquel lugar de delicias los adiestraba tan sólo al placer. Y digo placer porque, como oía susurrar a los adultos, y me ruborizaba turbado, aquellas muchachas eran generosas y estaban dispuestas a satisfacer a aquellos huéspedes, les procuraban gozos indecibles y, me imagino, enervantes. De suerte que el que había entrado en aquel lugar naturalmente no habría querido salir a ningún precio.
—No está nada mal ese Aloadino tuyo, o como se llamara, sonrió Baudolino, pasando por la frente del amigo un paño húmedo.
—Eso lo piensas —dijo Abdul— porque no conoces la verdadera historia. Una buena mañana, uno de esos jóvenes se despertaba en un sórdido patio quemado por el sol, donde se veía en cadenas. Después de algunos días de este suplicio, lo llevaban ante Aloadin, y el joven se arrojaba a sus pies amenazando suicidarse e implorando que lo devolviera a las delicias de las que ya no conseguía prescindir. Aloadin le revelaba entonces que había caído en desgracia con el profeta y que sólo podría recuperar su favor si se mostraba dispuesto a realizar una gran empresa. Le daba un puñal de oro y le decía que se pusiera de viaje, que fuera a la corte de un señor enemigo suyo y lo matara. De esa manera, podría volver a merecerse lo que deseaba y, aunque muriera en la empresa, ascendería al Paraíso, en todo y por todo igual al lugar del que había sido excluido, es más, aún mejor. Y he aquí por qué Aloadin tenía un grandísimo poder y atemorizaba a todos los príncipes de los alrededores, fueran moros o cristianos, porque sus emisarios estaban dispuestos a cualquier sacrificio.
—Entonces —había comentado Baudolino— mejor una de estas buenas tabernas de París, y sus muchachas, que se pueden poseer sin pagar prenda. Pero tú ¿qué tienes que ver con esta historia?
—Tengo que ver porque cuando tenía diez años fui secuestrado por los hombres de Aloadin. Y permanecí cinco años en su poder.
—¿Y a los diez años gozaste de todas esas muchachas de las que me cuentas? ¿y luego te invitaron a que mataras a alguien? Abdul ¿qué me dices? —se preocupaba Baudolino.
—Era demasiado pequeño para que me admitieran enseguida entre los jóvenes venturosos, y fui encomendado como siervo a un eunuco del castillo que se ocupaba de sus placeres. Pero oye bien lo que descubrí. Yo, en cinco años, jardines, no los vi nunca, porque los jóvenes estaban siempre y sólo encadenados en fila en ese patio bajo la solana. Todas las mañanas el eunuco cogía de cierto armario unos tarros de plata que contenían una pasta densa como la miel, pero de color verdoso, pasaba por delante de cada uno de los prisioneros y los alimentaba con esa sustancia. Los prisioneros la saboreaban, y empezaban a contarse a sí mismos y a los demás todas las delicias de las que hablaba la leyenda. Entiéndelo, se pasaban el día con los ojos abiertos, sonriendo dichosos. Al caer la noche se sentían cansados, empezaban a reírse, a veces quedamente, a veces inmoderadamente, luego se quedaban dormidos. De suerte que yo, creciendo lentamente, comprendí el engaño al que eran sometidos por Aloadin: vivían en cadenas ilusos de vivir en un paraíso, y para no perder ese bien se convertían en instrumento de la venganza de su señor. Si luego regresaban sanos y salvos de sus empresas, daban de nuevo en grilletes, pero empezaban a ver y oír lo que la miel verde les hacía soñar.
—¿Y tú?
—Yo, una noche, mientras todos dormían, me introduje allá donde se conservaban los tarros de plata que contenían la miel verde, y la probé. Qué digo la probé, me tragué dos cucharadas y de golpe empecé a ver cosas prodigiosas...
—¿Sentías que estabas en el jardín?
—No, quizá los jóvenes soñaban con el jardín porque a su llegada Aloadin les contaba del jardín. Creo que la miel verde hace ver a cada uno lo que quiere en lo hondo de su corazón. Yo me hallaba en el desierto o, mejor dicho, en un oasis, y veía llegar una caravana espléndida, con los camellos enjaezados con plumeros, y una hueste de moros con turbantes de colores, que golpeaban atabales y tocaban címbalos. Y detrás de ellos, en un baldaquín llevado por cuatro gigantes, iba Ella, la princesa. Yo no sé decirte ya cómo era, era ... cómo decirlo... era tan fulgurante que recuerdo sólo un destello, un esplendor deslumbrante...
—¿Qué cara tenía, era bella?
—No vi su rostro, iba velada.
—Pero entonces ¿de quién te enamoraste?
—De ella, porque no la vi. En el corazón, aquí, entiendes, me entró una dulzura infinita, una languidez que no se ha extinguido. La caravana se alejaba hacia las dunas, yo entendía que aquella visión no habría de volver nunca más, me decía que habría debido seguir a aquella criatura, pero hacia el amanecer empezaba a reír, y entonces pensaba que era de alegría, mientras que se trata del efecto de la miel verde cuando su poder se extingue. Me desperté con el sol alto ya, y por poco el eunuco no me sorprende todavía adormecido en aquel lugar. Desde entonces me dije que debía huir, para volver a encontrar a la princesa lejana.
—Pero tú habías entendido que se trataba sólo del efecto de la miel verde...
—Sí, la visión era una ilusión, pero lo que sentía dentro de mí ya no lo era, era deseo verdadero. El deseo, cuando lo experimentas, no es una ilusión, existe.
—Pero era el deseo de una ilusión.
—Pero yo no quería perder ya ese deseo. Me bastaba para dedicarle la vida.

Brevemente, Abdul consiguió encontrar una vía de fuga del castillo y reunirse con su familia, que lo daba ya por perdido. Su padre se había preocupado por la venganza y lo alejó de Tierra Santa, enviándolo a París. Abdul, antes de huir del castillo de Aloadin, se había apoderado de uno de los tarros de miel verde pero, explicaba a Baudolino, no la había vuelto a probar, por temor de que la maldita sustancia lo llevara de nuevo a aquel oasis y reviviera hasta el infinito su éxtasis. No sabía si podría resistir la emoción. Ya la princesa estaba con él, y nadie habría podido sustraérsela. Mejor anhelarla como una meta que poseerla en un falso recuerdo.
Luego, con el paso del tiempo, para encontrar la fuerza para sus canciones, en las cuales la princesa estaba ahí, presente en su lejanía, se había atrevido a probar de vez en cuando la miel, apenas una puntita, tomando con la cuchara lo suficiente para que la lengua la saboreara. Experimentaba éxtasis de breve duración, y eso había hecho aquella noche.
La historia de Abdul había intrigado a Baudolino, y le tentaba la posibilidad de tener una visión, aun breve, en la que se le apareciera la emperatriz. Abdul no pudo negarle aquella prueba. Baudolino había sentido sólo un ligero torpor y el deseo de reír. Pero sentía la mente excitada. Curiosamente, no por Beatriz, sino por el Preste Juan. Tanto que se había preguntado si su verdadero objeto del deseo no sería aquel reino inalcanzable, más que la señora de su corazón. Y así sucedió que aquella noche, Abdul casi libre ya del efecto de la miel, Baudolino ligeramente ebrio, se pusieran a discutir del Preste, planteándose precisamente la cuestión de su existencia. Y puesto que parecía que la virtud de la miel verde era hacer tangible lo que nunca se había visto, he aquí que se decidieron por la existencia del Preste.
Existe, había determinado Baudolino, porque no hay razones que se opongan a su existencia. Existe, había asentido Abdul, porque le había oído decir a un clérigo que, más allá del país de los medos y de los persas, hay reyes cristianos que combaten contra los paganos de aquellas regiones.
—¿Quién es ese clérigo? —había preguntado Baudolino enardecido.
—Boron, —había respondido Abdul. Y he aquí que al día siguiente se pusieron en su búsqueda.

Boron era un clérigo de Montbéliard que, vagante como sus congéneres, ahora estaba en París (y frecuentaba la biblioteca de San Víctor) y mañana estaría quién sabe dónde, porque parecía perseguir un proyecto propio del que nunca hablaba con nadie. Tenía una gran cabeza con el pelo desgreñado, y los ojos rojos de tanto leer a la luz del candil, pero parecía desde luego un pozo de ciencia. Los había fascinado desde el primer encuentro, naturalmente en una taberna, planteándoles sutiles preguntas sobre las cuales sus maestros habrían consumido días y días de disputas: si el esperma puede congelarse, si una prostituta puede concebir, si el sudor de la cabeza es más maloliente que el de las demás extremidades, si las orejas se ruborizan cuando nos avergonzamos, si un hombre sufre más por la muerte que por el matrimonio de la amante, si los nobles tienen que tener las orejas colgantes, o si los locos empeoran durante el plenilunio. La cuestión que más le intrigaba era la de la existencia del vacío, sobre la cual se consideraba más sabio que cualquier otro filósofo.
—El vacío —decía Boron, con la boca ya pastosa— no existe porque la naturaleza le tiene horror. Es evidente, por razones filosóficas, que no existe porque si existiera o sería substancia o sería accidente. Substancia material no es, porque, si no, sería cuerpo y ocuparía espacio; y no es substancia incorpórea porque, si no, como los ángeles, sería inteligente. No es accidente porque los accidentes existen sólo como atributos de substancias. En segundo lugar, el vacío no existe por razones físicas: toma un vaso cilíndrico...
—Pero ¿por qué —lo interrumpía Baudolino— te interesa tanto demostrar que el vacío no existe? ¿qué te importa a ti el vacío?
—Importa, importa. Porque el vacío puede ser o bien intersticial, es decir, hallarse entre cuerpo y cuerpo en nuestro mundo sublunar, o bien, extenso, más allá del universo que vemos, cerrado por la gran esfera de los cuerpos celestes. Si así fuera, podrían existir, en ese vacío, otros mundos. Pero, si se demuestra que no existe el vacío intersticial, con mayor razón no podrá existir el vacío extenso.
—¿Y a ti qué te importa si existen otros mundos?
—Importa, importa. Porque si existieran, Nuestro Señor Jesucristo habría debido sacrificarse en cada uno de ellos y en cada uno de ellos consagrar el pan y el vino. Y, por lo tanto, el objeto supremo, que es testimonio y vestigio de ese milagro, ya no sería único, sino que habría muchas copias del mismo. ¿Y qué valor tendría un vida si no supiera que en algún lugar hay un objeto supremo por recobrar?
—¿Y cuál sería ese objeto supremo?
Aquí Boron intentaba atajar:
—Asunto mío, decía, historias que no son buenas para las orejas de los profanos. Pero hablemos de otro asunto: si hubiera muchos mundos, habría habido muchos primeros hombres, muchos Adanes y muchas Evas que cometieron infinitas veces el pecado original. Y, por lo tanto, habría muchos Paraísos Terrenales del que fueron expulsados. ¿Podéis pensar que de una cosa sublime como el Paraíso Terrenal pueda haber muchos, así como existen muchas ciudades con un río y con una colina como la de Santa Genoveva? Paraíso Terrenal hay uno solo, en una tierra remota, más allá del reino de los medos y de los persas.
Habían llegado al punto, y relataron a Boron sus especulaciones sobre el Preste Juan. Sí, Boron le había oído a un monje ese asunto de los reyes cristianos de Oriente. Había leído la relación de una visita que, muchos años antes, un patriarca de las Indias le habría hecho al papa Calixto II. En ella se narraba lo que le había costado al papa entenderse con él, a causa de las lenguas diversísimas. El patriarca había descrito la ciudad de Hulna, donde corre uno de los ríos que nacen en el Paraíso Terrenal, el Physon, que otros llamarían Ganges, y donde en un monte fuera de la ciudad surge el santuario que conserva el cuerpo del apóstol Tomás. Este monte era inaccesible, porque surgía en el centro de un lago, pero durante ocho días al año las aguas del lago se retiraban, y los buenos cristianos de acullá podían ir a adorar el cuerpo del apóstol, todavía íntegro como si no estuviera ni siquiera muerto, es más, como recitaba el texto, con el semblante esplendoroso como una estrella, rojos los cabellos, que le llegaban hasta los hombros, y la barba, y la ropa que parecía recién cosida.
—Ahora bien, nada dice que este patriarca fuera el Preste Juan, —había concluido cautamente Boron.
—No, desde luego, —había argüido Baudolino—, pero nos dice que desde hace mucho tiempo se habla de cierto reino lejano, venturoso y desconocido. Escucha, en su Historia de duabus civitatibus, mi queridísimo obispo Otón refería que un tal Hugo de Gabala había dicho que Juan, después de haber vencido a los persas, había intentado llevar ayuda a los cristianos de Tierra Santa, pero había tenido que detenerse a orillas del río Tigris porque no tenía bajeles para hacer que sus hombres lo cruzaran. Así pues, Juan vive más allá del Tigris. ¿Vale? Pero lo bueno es que todos debían de saberlo aún antes de que Hugo hablara de ello. Volvamos a leernos bien lo que escribía Otón, que no escribía al azar. ¿Por qué debería el tal Hugo ir a explicarle al papa las razones por las que Juan no había podido ayudar a los cristianos de Jerusalén, como si hubiera tenido que justificarlo? Porque, evidentemente, en Roma alguien alimentaba ya esta esperanza. Y cuando Otón dice que Hugo nombra a Juan, anota sic enim eum nominare solent, como suelen llamarlo. ¿Qué significa este plural? Evidentemente que no sólo Hugo, sino también otros, solent, suelen, y por lo tanto solían ya en aquellos tiempos, llamarlo así. Nuestro querido Otón escribe que Hugo afirma que Juan, como los Magos de los que desciende, quería ir a Jerusalén, pero luego no escribe que Hugo afirma que no lo consiguió, sino que fetur, se dice, y que algunos, otros, en plural, asserunt, afirman que no lo consiguió. Estamos aprendiendo de nuestros maestros que no hay mejor prueba de lo verdadero —concluía Baudolino— que la continuidad de la tradición.
Abdul le había susurrado al oído a Baudolino que quizá también el obispo Otón se tomaba de vez en cuando su ración de miel verde, pero Baudolino le había dado un codazo en las costillas.
—Yo todavía no he entendido por qué ese Preste es tan importante para vosotros —había dicho Boron— pero si es preciso buscarlo, no habrá de ser a lo largo de un río que procede del Paraíso Terrenal, sino en el Paraíso Terrenal mismo. Y aquí tendría yo mucho que contar...
Baudolino y Abdul intentaron que Boron les dijera más sobre ese Paraíso Terrenal, pero Boron había abusado en demasía de las cubas de Los Tres Candelabros, y decía que no recordaba ya nada. Como si hubieran pensado lo mismo sin decirse nada el uno al otro, los dos amigos tomaron a Boron de las axilas y se lo llevaron a su habitación. Allí Abdul, aun con parsimonia, le ofreció una nonada de miel verde, una punta de cucharilla, y otra punta se la dividieron entre ellos. Y Boron, al cabo de un momento en que había permanecido atónito, mirando a su alrededor como si no comprendiera bien dónde estaba, empezó a ver algo del paraíso. Hablaba, y contaba de un cierto Tungano, que parecía haber visitado tanto el Infierno como el Paraíso. Cómo era el Infierno, no valía la pena decirlo, pero el Paraíso era un lugar lleno de jocundidad, alegría, honradez, belleza, santidad, concordia, unidad, caridad y eternidad sin fin, defendido por una muralla de oro donde, una vez traspasada, se divisaban muchas sillas adornadas con piedras preciosas en las que estaban sentados hombres y mujeres, jóvenes y ancianos vestidos con estolas de seda, con la cara esplendorosa como el sol y los cabellos de oro purísimo, y todos cantaban alleluja leyendo un libro minado con letras de oro.
—Ahora bien —decía sensatamente Boron— al Infierno pueden ir todos, basta quererlo, y a veces quien va vuelve a contarnos algo, en forma de íncubo, súcubo u otra visión molesta. Pero ¿se puede pensar de verdad que quien ha visto esas maravillas ha sido admitido al Paraíso Celestial? Aun habiendo sucedido, un hombre viviente no tendría nunca la desvergüenza de contarlo, porque ciertos misterios una persona modesta y honesta debería guardárselos para sí.
—Quiera Dios que no aparezca sobre la faz de la tierra un ser tan roído por la vanidad —había comentado Baudolino— que resulte indigno de la confianza que el Señor le ha acordado.
—Pues bien —había dicho Boron— habréis oído la historia de Alejandro Magno, que habría llegado a las orillas del Ganges, y habría alcanzado una muralla que seguía el curso del río pero que no tenía ninguna puerta, y después de tres días de navegación habría visto en la muralla un ventanuco, al cual se habría asomado un viejo; los viajeros pidieron que la ciudad pagara tributo a Alejandro, rey de reyes, pero el viejo contestó que aquélla era la ciudad de los beatos. Es imposible que Alejandro, gran rey, pero pagano, hubiera llegado a la ciudad celestial. Por lo tanto, lo que él y Tungano vieron era el Paraíso Terrenal. El que veo yo en este momento...
—¿Dónde?
—Allá, —e indicaba un rincón de la habitación—. Veo un lugar donde crecen prados amenos y verdeantes, adornados con flores y hierbas perfumadas, mientras en torno se exhala por doquier un olor suave, y al aspirarlo no siento ya deseo alguno de comida o bebida. Hay un prado bellísimo con cuatro hombres de aspecto venerable, que llevan en la cabeza coronas de oro y ramos de palma en las manos... Oigo un canto, percibo un olor de bálsamo, oh Dios mío, siento en la boca una dulzura como de miel... Veo una iglesia de cristal con un altar en medio, de donde sale un agua blanca como leche. La iglesia parece por la parte septentrional una piedra preciosa, por la parte austral es del color de la sangre; a occidente, es blanca como la nieve, y encima de ella brillan innumerables estrellas más lucientes que las que se ven en nuestro cielo. Veo a un hombre con los cabellos blancos como la nieve, plumado como un pájaro, los ojos que casi no se divisan, cubiertos como están de cejas que señorean cándidas. Me indica un árbol que no envejece nunca y cura de todo mal al que se sienta a su sombra, y otro con las hojas de todos los colores del arco iris. Pero ¿por qué veo todo esto esta noche?
—Quizá lo has leído en alguna parte, y el vino ha hecho que aflore a los umbrales del alma, —había dicho, entonces, Abdul—. Aquel hombre virtuoso que vivió en mi ínsula y que fue San Brandán navegó por mar hasta los últimos confines de la tierra, y descubrió una ínsula recubierta toda ella de uvas maduras, unas azules, otras violeta y otras blancas, con siete fuentes milagrosas y siete iglesias, una de cristal, otra de granate, la tercera de zafiro, la cuarta de topacio, la quinta de rubí, la sexta de esmeralda, la séptima de coral, cada una con siete altares y siete lámparas. Y delante de la iglesia, en medio de una plaza, surgía una columna de calcedonia que tenía en la cima una rueda que giraba, cargada de cascabeles.
—No, no, la mía no es una ínsula —se inflamaba Boron— es una tierra próxima a la India, donde veo hombres con las orejas más grandes que las nuestras, y una doble lengua, de suerte que pueden hablar con dos personas a la vez. Cuántas mieses, parece como si crecieran espontáneamente...
—Sin duda —glosaba Baudolino— no olvidemos que según el Éxodo al pueblo de Dios había sido prometida una tierra donde manan leche y miel.
—No confundamos las cosas —decía Abdul— la del Éxodo es la tierra prometida, y prometida después de la caída, mientras que el Paraíso Terrenal era la tierra de nuestros progenitores antes de la caída.
—Abdul, no estamos en una disputatio. Aquí no se trata de identificar un lugar a donde iremos, sino de entender cómo debería ser el lugar ideal al que cada uno de nosotros querría ir. Es evidente que si maravillas de ese calibre han existido y existen todavía, no sólo en el Paraíso Terrenal, sino también en ínsulas que Adán y Eva nunca hollaron, el reino de Juan debería de ser bastante parecido a esos lugares. Nosotros intentamos entender cómo es un reino de la abundancia y de la virtud, donde no existen la mentira, la codicia, la lujuria. Si no ¿por qué deberíamos tender a él como al reino cristiano por excelencia?
—Pero sin exagerar —recomendaba sabiamente Abdul— si no, nadie creería ya en él; quiero decir, nadie creería ya que es posible ir tan lejos.
Había dicho “lejos”. Poco antes Baudolino creía que, imaginando el Paraíso Terrenal, Abdul había olvidado por lo menos por una noche su pasión imposible. Pero no. Pensaba siempre en ella. Estaba viendo el paraíso pero buscaba en él a su princesa. En efecto, murmuraba, mientras poco a poco se desvanecía el efecto de la miel:
—Quizá un día iremos, lanquan li jorn son lonc en may, sabes, cuando los días son largos, en mayo...
Boron había empezado a reír quedamente.

—Ya lo ves, señor Nicetas —dijo Baudolino— cuando no era presa de las tentaciones de este mundo, dedicaba mis noches a imaginar otros mundos. Un poco con la ayuda del vino, y un poco con la de la miel verde. No hay nada mejor que imaginar otros mundos para olvidar lo doloroso que es el mundo en que vivimos. Por lo menos, así pensaba yo entonces. Todavía no había entendido que, imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también éste.
—Intentemos vivir serenamente, por ahora, en éste que la divina voluntad nos ha asignado, dijo Nicetas. He aquí que nuestros inigualables genoveses nos han preparado algunas delicias de nuestra cocina. Prueba esta sopa con distintas variedades de pescado, de mar y de río. Quizá también tengáis buen pescado en vuestros países, aunque me imagino que vuestro frío intenso no les permite crecer lozanos como en la Propóntide. Nosotros sazonamos la sopa con cebollas salteadas en aceite de oliva, hinojo, hierbas y dos vasos de vino seco. La viertes encima de estas rebanadas de pan, y puedes ponerle avgolemón, que es esta salsa de yemas de huevo y zumo de limón, templada con un hilo de caldo. Creo que en el Paraíso Terrenal Adán y Eva comían así. Pero antes del pecado original. Después quizá se resignaron a comer callos, como en París.

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jueves, noviembre 04, 2004

Baudolino - Parte VIII - Baudolino hace que Beatriz escriba cartas de amor y el Poeta poesías

Baudolino, en primavera, descubrió que su amor crecía y crecía, como les pasa a los amantes en esa estación, y no lo sosegaban las sórdidas aventuras con muchachas de poca monta, es más, se volvía un gigante en comparación, porque Beatriz, además de la ventaja de la gracia, de la inteligencia y de la distinción real, tenía la de la ausencia. Sobre los encantos de la ausencia, Abdul no cesaba de atormentarlo, al pasar las noches acariciando su instrumento y cantando otras canciones, tanto que, para saborearlas plenamente, Baudolino había aprendido ya también el provenzal.

Cuando los días en mayo se alargan,
el dulce canto de pájaros lejanos
que en mi viaje gratos me acompañan
me recuerdan ese amor mío lejano:
cabizbajo y sombrío voy con mi pena,
que ya ni el blanco espino me serena...

Baudolino soñaba. Abdul desespera de ver un día a su desconocida princesa, se decía. ¡Oh, dichoso! Peor es mi pena, porque ciertamente a mi amada tendré que volverla a ver, un día u otro, y no tengo la ventura de no haberla visto nunca, sino la desventura de saber quién y cómo es. Pero si Abdul encuentra consuelo en relatarnos su pena ¿por qué no debería encontrarla yo narrándole la mía a ella? En otras palabras, Baudolino había intuido que habría podido disciplinar los anhelos del corazón poniendo por escrito lo que experimentaba, y tanto peor para el objeto de su amor si quedaba privado de esos tesoros de ternura. Por lo cual, entrada la noche, mientras el Poeta dormía, Baudolino escribía:
“La estrella ilumina el polo, y la luna colorea la noche. Pero a mí me es guía un solo astro y si, eludidas las tinieblas, surge mi estrella de oriente, mi mente ignorará las tinieblas del dolor. Tú eres mi estrella portadora de luz, que alimentará la noche, y sin ti es noche la luz misma, mientras contigo la misma noche es espléndida luz”
Y luego: “Si tengo hambre, tú sola me sacias, si tengo sed, tú sola me la apagas. ¿Pero qué digo? Tú reconfortas, pero no sacias. Nunca me he saciado de ti, y nunca me saciaré ...”
Y además: “Tanta es tu dulzura, tan admirable tu constancia, tan amable el tono de tu voz, tal es la belleza y la gracia que te coronan, que sería gran descortesía intentar expresarla con palabras. Que crezca más y más el fuego que me consume, y con nuevo alimento, y cuanto más quede escondido, tanto más arda y engañe a los que envidias e insidias tejen, de suerte que perdure siempre la duda de cuál de los dos más ama, y que entre, nosotros se libren siempre bellísimos lances en los que ambos vencemos...”
Eran cartas bonitas y, cuando Baudolino las releía, se estremecía, y se prendaba más y más de una criatura que sabía inspirar tales ardores. Por lo cual, a un cierto punto, ya no pudo aceptar no saber cómo habría reaccionado Beatriz a tanta suave violencia, y decidió incitarla a que le respondiera. E, intentando imitar su escritura, escribió:
“Al amor que me sube desde las entrañas, cuya fragancia trasciende más que cualquier otro aroma, la que es tuya en cuerpo y alma, a las flores sedientas de tu juventud desea la frescura de una eterna felicidad... A ti, mi gozosa esperanza, ofrezco mi fe, y a mí misma con toda devoción, para toda mi vida ...”
“Cuídate”, le contestó inmediatamente Baudolino, “porque está en ti mi bien, en ti mi esperanza y mi descanso. Aún no me he despertado y ya mi alma te encuentra, custodiada dentro de sí...”.
Y ella, osadísima: “Desde aquel primer momento en que nos vimos, tú solo has sido mi predilecto, con mi predilección te he querido, queriéndote te he buscado, buscándote te he encontrado, encontrándote te he amado, amándote te he deseado, deseándote te he colocado en mi corazón por encima de todo... y he saboreado tu miel... Te saludo, corazón mío, cuerpo mío, único gozo mío ... “
Esta correspondencia, que duró algunos meses, al principio había dado refrigerio al ánimo exacerbado de Baudolino, luego amplísimo regocijo, por fin una especie de flamante orgullo, puesto que el amante no conseguía explicarse cómo la amada podía amarlo tanto. Como todos los enamorados, Baudolino se había vuelto vanidoso; como todos los enamorados, escribía que quería gozar celosamente con la amada del secreto común, pero al mismo tiempo exigía que todo el mundo estuviera al corriente de su felicidad, y quedara anonadado por la incontenible amabilidad de quien lo amaba.
Por lo que, un día, enseñó el epistolario a los amigos. Fue vago y reticente sobre el cómo y el quién de aquel intercambio. No mintió, es más, dijo que aquellas cartas las enseñaba precisamente porque eran un parto de su fantasía. Pero los otros dos creyeron que precisamente y sólo en ese caso mentía, y aún más envidiaban su suerte. Abdul atribuyó en su corazón las cartas a su princesa, y se desvivía como si las hubiera recibido él. El Poeta, que ostentaba no dar importancia a ese juego literario (pero mientras tanto se reconcomía por no haber escrito él cartas tan bellas, induciendo respuestas aún más hermosas), al no tener a nadie de quien enamorarse, se enamoró de las cartas mismas; lo cual, comentaba sonriendo Nicetas, no era estupefaciente, porque en la juventud uno es propenso a enamorarse del amor.
Quizá para sacar nuevos motivos para sus canciones, Abdul copió celosamente las cartas, para releérselas por la noche en San Víctor. Hasta que un día se dio cuenta de que alguien se las había robado, y temía que a esas alturas algún canónigo disoluto, después de haberlas deletreado lúbricamente por la noche, las hubiera arrojado entre los mil manuscritos de la abadía. Estremeciéndose, Baudolino encerró su epistolario en el baúl, y a partir de aquel día no escribió ya misiva alguna, para no comprometer a su corresponsal.

Como tenía que desahogar de alguna manera las turbaciones de sus diecisiete años, Baudolino se dedicó entonces a escribir versos. Si en las cartas había hablado de su purísimo amor, en estos escritos hacía ejercicios de aquella poesía tabernaria con la que los clérigos de la época celebraban su vida disoluta y despreocupada, pero no sin alguna alusión melancólica al derroche que hacían de su vida.
Queriendo dar prueba a Nicetas de su talento, recitó algunos hemistiquios:

Feror ego veluti — sine nauta navis,
ut per vias aeris – vaga fertur avis...
Quidquit Venus imperat — labor est suavis,
quae nunquam in cordibus — habitat ignavis.

Al darse cuenta de que Nicetas entendía mal el latín, le tradujo aproximadamente: “Voy a la deriva como una nave sin auriga, como por las vías del cielo el pájaro extiende su vuelo... Obedecer a las órdenes de Venus, qué agradable fatiga, que en el corazón nunca de los viles habita ...”
Cuando Baudolino le enseñó estos versos y otros al Poeta, éste se puso colorado de envidia y de vergüenza, y lloró, y confesó la aridez que le secaba la fantasía, maldiciendo su impotencia, gritando que habría preferido no saber penetrar a una mujer en lugar de verse tan incapaz de expresar lo que sentía dentro de sí, y que era exactamente lo que Baudolino tan bien había expresado, tanto que se preguntaba si no le había leído en el corazón. Y luego observó lo orgulloso que habría estado su padre, si hubiera sabido que componía versos tan bellos, visto que un día u otro habría tenido que justificar ante la familia y el mundo aquel mote de Poeta que todavía lo halagaba, pero hacía que se sintiera un poeta gloriosus, un tunante que se apropiaba de una dignidad que no era suya.
Baudolino lo vio tan desesperado que le puso el pergamino entre las manos, ofreciéndole sus poesías, para que las mostrara como propias. Regalo precioso, porque resulta que Baudolino, para contarle algo nuevo a Beatriz, le había enviado los versos, atribuyéndoselos al amigo. Beatriz se los había leído a Federico, Reinaldo de Dassel los había oído y, hombre amante de las letras aun estando absorbido siempre por las intrigas de palacio, había dicho que le habría gustado tener al Poeta a su servicio...
Reinaldo había sido distinguido, precisamente ese año, con la alta dignidad de arzobispo de Colonia, y al Poeta la idea de convertirse en el poeta de un arzobispo y, por lo tanto, como decía un poco bromeando y un poco pavoneándose, Archipoeta, no le disgustaba demasiado, entre otras cosas porque tenía poquísimas ganas de estudiar, el dinero paterno en París no le llegaba y se había hecho la idea —no equivocada— de que un poeta de corte comía y bebía todo el día sin tener que preocuparse de nada más.
Sólo que para ser poeta de corte es necesario escribir poesías. Baudolino prometió escribirle por lo menos una docena, pero no todas de golpe:
—Mira, —le dijo—, no siempre los grandes poetas son diarreicos, a veces son estreñidos, y son los mejores. Tú deberás aparentar estar atormentado por las Musas, ser capaz de destilar sólo un dístico de vez en cuando. Con los que te dé, saldrás adelante durante unos cuantos meses, pero dame tiempo, porque yo no seré estreñido pero tampoco padezco de diarrea. Así que aplaza tu marcha y manda a Reinaldo algún que otro verso para ir abriéndole el apetito. Por lo pronto, será mejor que te presentes con una dedicatoria, un elogio de tu benefactor.
Se pasó una noche pensando en ello, y le regaló unos versos para Reinaldo:

Presul discretissime — veniam te precor,
morte bona morior — dulci nece necor,
meum pectum sauciat — puellarum decor,
et quas tacto nequeo — saltem chorde mechor,

es decir, “nobilísimo obispo, perdóname, porque a una bella muerte hago frente, y harto dulce una herida me consume: me traspasa el corazón la belleza de las muchachas, y las que no consigo tocar, al menos con el pensamiento las poseo”.

Nicetas observó que los obispos latinos se deleitaban con cantos muy poco sagrados, pero Baudolino le dijo que tenía que entender ante todo qué era un obispo latino, a quien no se le pedía que fuera necesariamente un santo varón, sobre todo si era también canciller del imperio; en segundo lugar, quién era Reinaldo, poquísimo obispo y muchísimo canciller, amante sin duda de la poesía, pero aún más proclive a usar de los talentos de un poeta también para sus fines políticos, como habría hecho más tarde.
—Entonces el Poeta se volvió famoso con tus versos.
—Precisamente. Durante casi un año, el Poeta mandó a Reinaldo, con cartas que desbordaban devoción, los versos que poco a poco yo le iba escribiendo, y al final Reinaldo pretendió tener a su vera aquel insólito talento, costara lo que costase. El Poeta se marchó con una buena reserva de versos, por lo menos para poder sobrevivir un año, por muy estreñido que pareciera. Fue un triunfo. Nunca he podido entender cómo puede uno estar orgulloso de una fama recibida como limosna, pero el Poeta estaba satisfecho.
—Estupor por estupor, yo me pregunto qué placer experimentabas tú al ver que tus criaturas eran atribuidas a otro. ¿No es atroz que un padre les dé a otros como limosna el fruto de sus entrañas?
—El destino de una poesía tabernaria es pasar de boca en boca, y la felicidad es oír que lo cantan, y sería egoísmo quererla exhibir sólo para acrecentar la propia gloria.
—No creo que seas tan humilde. Tú eres feliz de haber sido una vez más el Príncipe de la Mentira, y te vanaglorias de ello, así como esperas que un día alguien encuentre tus cartas de amor entre los cartapacios de San Víctor y se los atribuya a quién sabe quién.
—No pretendo parecer humilde. Me gusta hacer que sucedan las cosas, y ser el único en saber que son obra mía.
—El asunto no cambia, amigo mío, —dijo Nicetas—. Indulgentemente he sugerido que tú querías ser el Príncipe de la Mentira, y ahora tú me dejas entender que quisieras ser Dios Padre en persona.

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jueves, octubre 28, 2004

Baudolino - Parte VII - Baudolino va a París

Baudolino llegaba a París con un poco de retraso, porque en aquellas escuelas se entraba incluso antes de los catorce años y él tenía ya dos más. Pero había aprendido tanto de Otón, que se permitía no seguir todas las clases para dedicarse a otras cosas, como se verá.
Había ido con un compañero, el hijo de un caballero de Colonia que había preferido dedicarse a las artes liberales en lugar de la milicia, no sin disgusto por parte de su padre, pero sostenido por la madre, que celebraba sus dotes de precocísimo poeta, tanto que Baudolino había olvidado, si alguna vez llegara a aprenderlo, su verdadero nombre. Lo llamaba Poeta, y así todos los demás que lo conocieron a continuación. Baudolino descubrió muy pronto que el Poeta jamás había escrito una poesía, había declarado únicamente quererlas escribir. Como recitaba siempre poesías ajenas, al final incluso el padre se había convencido de que debía seguir a las Musas, y lo había dejado marchar, dotándole con lo justo para sobrevivir, con la idea equivocadísima de que lo poco que bastaba para vivir en Colonia bastara y sobrara para vivir en París.
Recién llegado, Baudolino no vio la hora de obedecer a la emperatriz, y le escribió algunas cartas. Al principio había creído calmar sus ardores acatando aquella invitación, pero se dio cuenta de lo doloroso que era escribir sin poderle decir lo que experimentaba verdaderamente, estilando cartas corteses y perfectas, en las que describía París, una ciudad ya rica de bellas iglesias donde se respiraba un aire sanísimo, el cielo era amplio y sereno, excepto cuando llovía, cosa que no sucedía más de una o dos veces al día, y para uno que llegaba de las nieblas casi eternas era un lugar de eterna primavera. Había un río sinuoso con dos islas en medio, y un agua riquísima para beber, e inmediatamente después de las murallas se extendían lugares balsámicos como un prado cerca de la abadía de San Germán, donde se pasaban hermosísimas tardes jugando a la pelota.
Le había contado de sus penas de los primeros días, porque era menester encontrar una habitación, para compartirla con su compañero, sin dejar que los caseros los estafaran. Muy caro, habían encontrado un cuarto bastante espacioso, con una mesa, dos bancos, unos rellanos para los libros y un baúl. Había una cama alta con un edredón de plumas de avestruz, y otra baja sobre ruedas, con un edredón de plumas de oca, que de día se escondía debajo de la mayor. La carta no decía que, después de una breve vacilación sobre la distribución de las camas, se había decidido que cada noche los dos convivientes se habrían jugado al ajedrez la cama más cómoda, porque en la corte el ajedrez se consideraba un juego poco aconsejable.
Otra carta contaba que se despertaban temprano temprano, porque las clases empezaban a las siete y duraban hasta entrada la tarde. Con una buena ración de pan y una escudilla de vino se preparaban para escuchar a los maestros en una especie de establo donde, sentados en el suelo sobre poca paja, hacía más frío dentro que fuera. Beatriz se había conmovido y había aconsejado que no escatimara el vino, si no, un muchacho se siente débil durante todo el día, y que contratara a un fámulo, no sólo para que le llevara los libros, que pesaban muchísimo y llevarlos por cuenta de uno es indigno de una persona de abolengo, sino también para que comprara leña y encendiera con adelanto la chimenea de la habitación, de modo que estuviera bien caliente por la noche. Y para todos esos gastos había enviado cuarenta sueldos de Susa: como para comprarse un buey.
Al fámulo no lo contrataron y la leña tampoco la compraron, porque los dos edredones por la noche eran más que suficientes; la suma la gastaron de forma más juiciosa, visto que las veladas las pasaban en las tabernas, que estaban perfectamente calentadas, y permitían matar el hambre, después de una jornada de estudio, palpando el trasero de las siervas. Y además, en aquellos lugares de alegre restauración, como El Escudo de Plata, La Cruz de Hierro, o Los Tres Candelabros, entre una jarra y otra, uno se reforzaba con pasteles de cerdo o de pollo, dos pichones o un ganso asado y, si uno era más pobre, con callos o carnero. Baudolino ayudaba al Poeta, sin blanca, para que no viviera sólo de callos. Pero el Poeta era un amigo caro, porque la cantidad de vino que bebía hacía adelgazar a ojos vista a aquel buey de Susa.
Pasando por alto estos detalles, Baudolino había pasado a escribir de sus maestros y de las bellas cosas que aprendía. Beatriz era muy sensible a estas revelaciones, que le permitían satisfacer su deseo de saber, y leía una y otra vez las cartas en las que Baudolino le contaba de gramática, dialéctica, retórica, y de aritmética, geometría, música y astronomía. Pero Baudolino se iba sintiendo más y más vil, porque le callaba tanto lo que le urgía en el corazón, como todas las demás cosas que hacía, y que no se pueden decir ni a una madre, ni a una hermana, ni a una emperatriz, y mucho menos a la mujer amada.
Ante todo, jugaban a la pelota, es verdad, pero también se peleaban con la gente de la abadía de San Germán, o entre estudiantes de origen distinto, como decir picardos contra normandos, y se insultaban en latín, de manera que todos entendieran que se los ofendía. Cosas todas ellas que no gustaban al Gran Preboste, que enviaba a sus arqueros para que arrestaran a los más exaltados. Era obvio que entonces los estudiantes olvidaban sus divisiones y se dedicaban todos juntos a molerles las costillas a los arqueros.
Nadie en este mundo era más corruptible que los arqueros del Preboste: por lo tanto, si un estudiante era arrestado, todos tenían que echar mano a la bolsa para inducir a los arqueros a que lo liberaran. Pero eso hacía los placeres parisinos aún más caros.
En segundo lugar, un estudiante que no tiene asuntos amorosos es denigrado por sus compañeros. Desgraciadamente, lo menos accesible para un estudiante eran las mujeres. Estudiantes de sexo femenino se veían poquísimas, y todavía circulaban leyendas sobre la bella Eloísa, que le había costado a su amante el corte de sus vergüenzas, aunque una cosa era ser estudiante, y, por lo tanto, con pésima reputación y tolerado por definición, y otra cosa era ser profesor, como el grande e infeliz Abelardo. Con el amor mercenario no se podía derrochar demasiado, porque era caro, lo que obligaba a cultivarse a alguna siervecilla de posada, o a alguna plebeya del barrio, pero en el barrio había siempre más estudiantes que muchachas.
A menos que no se supiera vagabundear con aire embargado y la mirada de granuja por la Isla de la Cité, y se consiguiera seducir a señoras de buena condición. Muy apetecidas eran las mujeres de los carniceros de la Greve, los cuales, después de una honrada carrera en su oficio, ya no mataban animales sino que gobernaban el mercado de la carne, portándose como señores. Con un marido nacido manoteando cuartos de buey y llegado al bienestar en edad tardía, las mujeres eran sensibles a la fascinación de los estudiautes más apuestos. Estas damas vestían trajes suntuosos adornados con pieles, con cinturones de plata y de joyas, cosa que hacía difícil distinguirlas de las prostitutas de lujo, las cuales, a pesar de prohibirlo las leyes, osaban vestirse de igual manera. Ello exponía a los estudiantes a deplorables equívocos, por los cuales después eran escarnecidos por sus amigos.
Y si se conseguía conquistar a una verdadera señora, o incluso a una doncella incorrupta, antes o después maridos y padres se daban cuenta, se llegaba a las manos, cuando no a las armas, se terciaba un muerto o un herido, casi siempre el marido o el padre, y entonces se volvía a armar la gorda con los arqueros del Preboste. Baudolino no había matado a nadie, y solía mantenerse alejado de las trifulcas, pero con un marido (y carnicero) había tenido que vérselas. Osado en amor pero prudente en los asuntos de guerra, cuando el marido entró en el cuarto agitando uno de aquellos garfios para colgar a las bestias, intentó saltar inmediatamente por la ventana. Pero mientras calculaba juiciosamente la altura antes de tirarse, tuvo tiempo de hacerse con un costurón en la mejilla, adornando de este modo para siempre su rostro con una cicatriz digna de un hombre de armas.
Por otra parte, conquistar a las mujeres del pueblo no era cosa del otro jueves y requería de largas asechanzas (en menoscabo de las clases) y días enteros escudriñando por la ventana, lo cual generaba aburrimiento. Entonces se abandonaban los sueños de seducción y se tiraba agua a los que pasaban, o se importunaba a las mujeres tirándoles guisantes con la cerbatana, o incluso se mofaba a los maestros que pasaban por debajo, y si se enfadaban, se los seguía en procesión hasta su casa, tirándoles piedras contra las ventanas, porque al fin y al cabo los estudiantes los pagaban y tenían algún derecho.
Baudolino estaba diciéndole, de hecho, a Nicetas lo que le había callado a Beatriz, es decir, que se estaba convirtiendo en uno de esos clérigos que estudiaban artes liberales en París, o jurisprudencia en Bolonia, o medicina en Salerno, o magia en Toledo, pero que en ningún lugar aprendían los buenos modales. Nicetas no sabía si escandalizarse, asombrarse o divertirse. En Bizancio había sólo escuelas privadas para jóvenes de familias acomodadas, donde desde la más tierna edad se aprendía la gramática y se leían obras de piedad y las obras maestras de la cultura clásica; después de los once años se estudiaban poesía y retórica, aprendiendo a componer sobre los modelos literarios de los antiguos: y más extraños eran los términos que usaban, más complejas las construcciones sintácticas, más se le consideraba a uno preparado para un luminoso futuro en la administración imperial. Pero luego, o se convertían en sabios en un monasterio, o estudiaban cosas como el derecho y la astronomía con maestros privados. Con todo, se estudiaba seriamente, mientras parecía que en París los estudiantes hacían de todo, menos estudiar.
Baudolino lo corregía:
—En París se trabajaba muchísimo. Por ejemplo, después de los primeros años se tomaba parte ya en las disputas, y en la disputa se aprende a plantear objeciones y a pasar a la determinación, es decir, a la solución final de un problema. Y, además, no debes pensar que las clases son lo más importante para un estudiante, ni que la taberna es sólo un lugar donde se pierde el tiempo. Lo bueno del studium es que aprendes, sí, de los maestros, pero aún más de los compañeros, sobre todo de los que son mayores que tú, cuando te cuentan lo que han leído, y descubres que el mundo debe de estar lleno de cosas maravillosas y que para conocerlas todas, visto que la vida no te bastará para recorrer toda la tierra, no te queda sino leer todos los libros.
Baudolino había podido leer muchos libros con Otón, pero no imaginaba que pudiera haber tantos en el mundo como en París. No estaban a disposición de todos, pero la buena suerte, es decir, la buena asiduidad de las clases, le había hecho conocer a Abdul.
—Para decir qué tenía que ver Abdul con las bibliotecas es menester que dé un paso atrás, señor Nicetas. Así pues, mientras seguía una clase, soplándome los dedos como siempre para calentarlos, y con el trasero congelado, porque la paja protegía poco de aquel suelo, helado como todo París en aquellos días de invierno, una mañana observo a mi lado a un muchacho que por su tez parece un sarraceno, pero era pelirrojo, cosa que a los moros no les sucede. No sé si seguía la lección o perseguía sus pensamientos, el caso es que tenía la mirada perdida en el vacío. De vez en cuando se arrebujaba temblando en la ropa, luego volvía a mirar por los aires, y de vez en cuando trazaba algo en su tablilla. Estiro el cuello, y me doy cuenta de que un poco dibujaba esas cagarrutas de mosca que son las letras de los árabes, y lo demás lo escribía en una lengua que parecía latina pero que no lo era, y me recordaba incluso los dialectos de mis tierras. En fin, cuando se acabó la clase intenté trabar conversación con él; reaccionó amablemente, como si hiciera tiempo que deseara encontrar a alguien con quien hablar, nos hicimos amigos, nos pusimos a pasear a lo largo del río y me contó su historia.

El muchacho se llamaba Abdul, precisamente como un moro, pero había nacido de una madre que procedía de Hibernia, y ello explicaba sus cabellos pelirrojos, porque todos los que vienen de esa ínsula recoleta son así, y la fama los quiere extravagantes y soñadores. El padre era provenzal, de una familia que se había instalado ultramar después de la conquista de Jerusalén, cincuenta y pico años antes. Como Abdul intentaba explicar, esos nobles francos de los reinos ultramar habían adoptado las costumbres de los pueblos que habían conquistado, se vestían con turbante y otras turquerías, hablaban la lengua de sus enemigos y poco faltaba para que siguieran los preceptos del Alcorán. Razón por la cual un hibernio (a medias) pelirrojo, se llamaba Abdul, y tenía la cara quemada por el sol de aquella Siria donde había nacido. Pensaba en árabe, y en provenzal se narraba a sí mismo las antiguas sagas de los mares helados del Norte, oídas a su madre. Baudolino le preguntó inmediatamente si había venido a París para volverse a convertir en un buen cristiano y para hablar como se come, es decir, en buen latín. Sobre las razones por las que había ido a París, Abdul era bastante reticente. Hablaba de algo que le había pasado, por lo visto inquietante, de una especie de prueba terrible a la que había sido sometido todavía adolescente, de suerte que sus nobles padres habían decidido mandarlo a París para sustraerle a quién sabe qué venganza. Cuando hablaba de ello, Abdul se ensombrecía, se ruborizaba como puede ruborizarse un moro, le temblaban las manos, y Baudolino decidía cambiar de tema.
El muchacho era inteligente; después de pocos meses en París hablaba latín y la lengua rústica local, vivía con un tío, canónigo de la abadía de San Víctor, uno de los santuarios de la sabiduría de aquella ciudad (y quizá de todo el mundo cristiano) con una biblioteca más rica que la de Alejandría. Y así se explica cómo en los meses siguientes, por medio de Abdul, también Baudolino y el Poeta habían tenido acceso a aquel repositorio del saber universal.
Baudolino le había preguntado a Abdul qué estaba escribiendo durante la clase, y el compañero le había dicho que las notas en árabe concernían a ciertas cosas que decía el maestro sobre la dialéctica, porque el árabe es sin duda la lengua más adecuada para la filosofía. En cuanto al resto, estaba en provenzal. No quería hablar de ello, había soslayado el tema durante mucho tiempo, pero con el aire de quien pide con los ojos que se lo preguntes una vez más, y por fin había traducido. Eran unos versos que decían más o menos: Amor mío de tierra lejana /por vos duele todo el corazón... en vergel y tras cortina, / mi desconocida, amada compañera mía.
—¿Escribes versos? —había preguntado Baudolino.
—Canto canciones. Canto lo que siento. Yo amo a una princesa lejana.
—¿Una princesa? ¿Quién es?
—No lo sé. La vi, o mejor, no precisamente, pero es como si la hubiera visto, mientras estaba preso en Tierra Santa... en fin, mientras vivía una aventura de la que todavía no te he hablado. El corazón se me encendió, y juré amor eterno a esa Señora. Decidí dedicarle mi vida. Quizá un día la encuentre, pero tengo miedo de que suceda. Es tan bello languidecer por un amor imposible.
Baudolino iba a decirle y bravo bonete, como decía su padre, pero luego se acordó que también él languidecía por un amor imposible (aunque él a Beatriz la había visto con toda seguridad, y su imagen le obsesionaba por las noches) y se había enternecido por la suerte del amigo Abdul.
He ahí cómo empieza una hermosa amistad. Esa misma noche, Abdul se presentó en la habitación de Baudolino y del Poeta con un instrumento que Baudolino no había visto nunca, con forma de almendra y con muchas cuerdas tensas, y dejando vagar los dedos por aquellas cuerdas cantó:

Cuando el río de la hontana
se clarea como suele,
la zarzarrosa florece
y el ruiseñor en su rama
entona su canción llana,
de dulzura la embellece
y es de la mía hermana.
Amor de tierra lejana
mi corazón por ti duele:
sin remedio desvanece
pues no encuentra a la que llama;
y cual vergel te engalana,
tras cortina te enaltece,
oh incógnita soberana.
Cada día, en mí se acrece
el anhelo por mi dama.
No hay judía ni cristiana,
sarracena, Dios no quiere
ni a este mundo pertenece
la que en belleza le gana.
Maná es tu amor y se agradece.
Raya el alba y anochece,
al objeto que más ama
aspira un pecho y mana
una lágrima que hiere:
espina que me enaltece,
dolor que con gozo sana
el amor que me estremece.


La melodía era dulce, los acordes despertaban pasiones desconocidas o adormecidas, y Baudolino pensó en Beatriz.
—Cristo Señor, dijo el Poeta ¿por qué no sé escribir yo unos versos tan bellos?
—Yo no quiero convertirme en poeta. Canto para mí, y basta. Si quieres, te los regalo, —dijo Abdul, ya enternecido.
—Ah sí, —reaccionó el Poeta—, si los traduzco yo del provenzal al tudesco, se vuelven pura mierda...
Abdul se convirtió en el tercero de aquella compañía y, cuando Baudolino intentaba no pensar en Beatriz, aquel maldito moro pelirrojo cogía su maldito instrumento y cantaba canciones que a Baudolino le roían el corazón.

Ruiseñor entre las frondas
que amor das, y lo pretendes
de tu alegre compañera,
con tu canto me sorprendes:
brilla el río, ríe el prado,
ameno reina por doquier
del corazón un gran placer:
Y ansia tengo de amistad,
de las joyas que yo anhelo
sólo hay una que me agrada
y es la ofrenda de su cielo:
su cuerpo esbelto y hermoso
plena armonía da a su albor,
y a su amor bueno, buen sabor.

Baudolino se decía que un día habría escrito también él canciones para su emperatriz lejana, pero no sabía muy bien cómo se hacía, porque ni Otón ni Rahewin le habían hablado nunca de poesía, como no fuera cuando le enseñaban algún himno sagrado
De momento, se aprovechaba bastante de Abdul para acceder a la biblioteca de San Víctor, donde pasaba largas mañanas, robadas a las clases, rumiando con labios entreabiertos sobre textos fabulosos, no los manuales de gramática, sino las historias de Plinio, la novela de Alejandro, la geografía de Solino y las etimologías de Isidoro...
Leía de tierras lejanas donde viven los cocodrilos, grandes serpientes acuáticas que después de haberse comido a los hombres lloran, mueven la mandíbula superior y no tienen lengua; los hipopótamos, mitad hombres y mitad caballos; la bestia leucrocota, con el cuerpo de burro, el cuarto trasero de ciervo, pecho y muslos de león, pezuñas de caballo, un cuerno ahorquillado, una boca cortada hasta las orejas de donde sale una voz casi humana y en lugar de los dientes un hueso continuo. Leía de países donde vivían hombres sin articulaciones en las rodillas, hombres sin lengua, hombres con las orejas grandísimas con las cuales protegían sus cuerpos del frío, y los esciápodos, que corrían velocísimos sobre un solo pie.
No pudiendo mandar a Beatriz canciones que no eran suyas (y aunque las hubiera escrito, no se hubiera atrevido) decidió que, así como a la amada se le envían flores o joyas, él le habría ofrecido todas las maravillas que iba conquistando. Así le escribía de tierras donde crecen los árboles de la harina y de la miel, del monte Ararat, sobre cuya cima, los días tersos, se divisan los restos del arca de Noé, y los que han subido hasta allá arriba dicen haber metido el dedo en el agujero por el que huyó el demonio cuando Noé recitó el Benedícite. Le hablaba de Albania, donde los hombres son más blancos que en cualquier otro lugar, y tienen pelos ralos como los bigotes del gato; le hablaba de un país donde si uno se vuelve hacia oriente proyecta su sombra hacia la propia derecha; de otro habitado por gente ferocísima, donde cuando nacen los niños todos se ponen de luto estricto, y dan grandes fiestas cuando mueren; de tierras donde se elevan enormes montañas de oro custodiadas por hormigas del tamaño de un perro, y donde viven las amazonas, mujeres guerreras que tienen a los hombres en la región colindante: si generan un varón, lo mandan al padre o lo matan; si generan una mujer, le quitan el seno con un hierro al rojo vivo; si es de alto rango, el seno izquierdo de manera que pueda llevar el escudo; si es de bajo rango el seno derecho para que pueda tirar con el arco. Y, por fin, le contaba del Nilo, uno de los cuatro ríos que nacen del monte del Paraíso Terrenal, fluye por los desiertos de la India, se aventura en el subsuelo, resurge cerca del monte Atlas y luego se arroja al mar atravesando Egipto.
Pero cuando llegaba a la India, Baudolino casi se olvidaba de Beatriz, y su mente se dirigía a otras fantasías, porque se le había metido en la cabeza que por aquellas partes debía de estar, caso de existir, el reino de aquel Presbyter Johannes de quien le había hablado Otón. En Johannes, Baudolino nunca había dejado de pensar: pensaba en él cada vez que leía sobre un país desconocido, y todavía más cuando en el pergamino aparecían miniaturas multicolores de seres extraños, como los hombres cornudos, o los pigmeos, que se pasan la vida combatiendo contra las grullas. Pensaba tanto en él, que ya hablaba consigo del Preste Juan como si fuera un amigo de familia. Y, por lo tanto, saber dónde se encontraba era para él asunto de suma importancia y, si no se hallaba en ninguna parte, aún más debía encontrar una India donde ponerlo, porque se sentía vinculado por un juramento (aunque nunca lo hubiera hecho) con el amado obispo moribundo.
Había hablado del Preste a sus dos compañeros, que enseguida se sintieron atraídos por el juego, y le comunicaban a Baudolino todas las noticias vagas y curiosas, encontradas hojeando códices, que pudieran oler a los inciensos de la India. A Abdul le había pasado por la mente que su princesa lejana, si lejana había de ser, debía de esconder su fulgor en el país más lejano de todos.
—Sí, —contestaba Baudolino—, pero ¿por dónde se pasa para ir a la India? No debería quedar lejos del Paraíso Terrenal, y, por lo tanto, a oriente de Oriente, justamente donde acaba la tierra y empieza el Océano...
Todavía no habían empezado a seguir las clases de astronomía y tenían ideas vagas sobre la forma de la tierra. El Poeta estaba convencido todavía de que era una larga extensión plana, en cuyos límites las aguas del Océano caían, Dios sabe dónde. A Baudolino, en cambio, Rahewin le había dicho —aun con cierto escepticismo— que no sólo los grandes filósofos de la antigüedad, o Ptolomeo padre de todos los astrónomos, sino también San Isidoro había afirmado que se trataba de una esfera; es más, Isidoro estaba tan cristianamente seguro de ello que había fijado la amplitud del ecuador en ochenta mil estadios. Ahora bien, se curaba en salud Rahewin, era igualmente verdad que algunos Padres, como el gran Lactancio, habían recordado que, según la Biblia, la tierra tenía la forma de un tabernáculo y, por lo tanto, cielo y tierra juntos había que verlos como un arca, un templo con su hermosa cúpula y su suelo, en definitiva, una gran caja y no una pelota. Rahewin, como el hombre prudentísimo que era, se atenía a lo que había dicho San Agustín, que a lo mejor tenían razón los filósofos paganos y la tierra era redonda, y la Biblia había hablado de tabernáculo de manera figurada, pero el hecho de saber cómo era no ayudaba a resolver el único problema serio de todo buen cristiano, es decir, cómo salvar el alma, por lo que dedicarle aunque sólo fuera media hora a rumiar sobre la forma de la tierra era tiempo perdido.
—Me parece justo, decía el Poeta, que tenía prisa por ir a la taberna, además, es inútil buscar el Paraíso Terrenal, porque seguro que era una maravilla de jardines colgantes, pero lleva deshabitado desde los tiempos de Adán, nadie se ha preocupado por reforzar los bancales con setos y balates, y durante el diluvio debe de haberse derrumbado todo en el Océano.
Abdul, en cambio, estaba segurísimo de que la tierra estaba hecha como una esfera. Si fuera una sola extensión plana, argumentaba con indudable rigor, mi mirada —que mi amor vuelve agudísima, como la de todos los amantes— conseguiría divisar en la lejanía un signo cualquiera de la presencia de mi amada, allá donde, en cambio, la curva de la tierra la sustrae a mi deseo. Y había hurgado en la biblioteca de la abadía de San Víctor, hasta encontrar unos mapas que había reconstruido un poco de memoria para sus amigos.





—La tierra se encuentra en el centro del gran anillo del Océano, y está dividida por tres grandes cursos de agua, el Helesponto, el Mediterráneo y el Nilo.
—Un momento ¿dónde queda Oriente?
—Aquí arriba, naturalmente, donde está Asia, y en la extremidad de Oriente, precisamente allá donde nace el sol, ves el Paraíso Terrenal. A la izquierda del Paraíso, el monte Cáucaso, y allí cerca el mar Caspio. Ahora, debéis saber que hay tres Indias, una India Mayor, calentísima, justo a la derecha del Paraíso, una India Septentrional, más allá del mar Caspio, y, por lo tanto, aquí arriba a la izquierda, donde hace tanto frío que el agua se vuelve de cristal, y donde están las gentes de Gog y Magog, que Alejandro Magno aprisionó detrás de un muro, y, por último, una India Templada, cerca de África. Y África la ves abajo a la derecha, hacia el mediodía, donde corre el Nilo, y donde se abren el golfo Arábigo y el golfo Pérsico, justo en el mar Rojo, allende el cual está la tierra desierta, cerquísima del sol del ecuador, y tan caliente que nadie puede aventurarse en ella. A occidente de África, cerca de Mauritania, están las ínsulas Afortunadas, o la ínsula Perdida, que fue descubierta hace muchos siglos por un santo de mis tierras. Abajo, hacia el septentrión, está la tierra donde vivimos nosotros, con Constantinopla sobre el Helesponto, y Grecia, y Roma, y, en el extremo septentrión, los germanos y la ínsula Hibernia.
—Pero ¿cómo puedes tomar en serio un mapa como ése, —se mofaba el Poeta—, que te presenta la tierra plana, mientras tú sostienes que es una esfera?
—Y tú ¿cómo razonas? —se indignaba Abdul—. ¿Conseguirías representar una esfera de manera que se viera todo lo que está encima? Un mapa debe servir para buscar el camino, y cuando andas no ves la tierra redonda, sino plana. Y además, aunque es una esfera, toda la parte inferior está deshabitada y ocupada por el Océano, puesto que, si alguien tuviera que vivir allí, viviría con los pies hacia arriba y la cabeza para abajo. Así pues, para representar la parte superior basta un círculo como éste. Claro que quiero examinar mejor los mapas dela abadía, entre otras cosas porque en la biblioteca he conocido a un clérigo que sabe todo lo que hay que saber sobre el Paraíso Terrenal.
—Sí, estaba allí mientras Eva le daba la manzana a Adán, —decía el Poeta.
—No es necesario haber estado en un sitio para saberlo todo sobre él, respondía Abdul; si no, los marmeros serían más sabios que los teólogos.

Esto, le explicaba Baudolino a Nicetas, para decir cómo desde los primeros años en París, y todavía casi imberbes, nuestros amigos habían empezado a dejarse cautivar por aquel tema que muchos años más tarde los habría llevado a los extremos confines del mundo.

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lunes, octubre 25, 2004

Baudolino - Parte VI - Baudolino da sabios consejos a Federico

A la mañana siguiente, la ciudad estaba recubierta todavía por una sola nube de humo. Nicetas había probado algunos frutos, se había movido inquieto por la habitación, luego le dijo a Baudolino si podía enviar a uno de los genoveses a buscar a un tal Arquitas, que habría debido limpiarle la cara.
Mira tú, se decía Baudolino, esta ciudad se ha ido al diablo, degüellan a la gente por las calles, no hace ni dos días éste corría el riesgo de perder a toda la familia, y ahora quiere a alguien que le limpie la cara. Se ve que la gente de palacio, en esta ciudad corrupta, tiene estas costumbres. Federico a uno así ya lo habría mandado a escardar cebollinos.
Más tarde llegó Arquitas, con una cesta de instrumentos de plata y tarritos con los perfumes más inesperados. Era un artista que primero te reblandecía el cutis con paños calientes, luego empezaba a recubrirlo con cremas emolientes, luego a pulirlo, a mondarlo de toda impureza, y por fin a cubrir las arrugas con afeites, a pasar ligeramente el lápiz por los ojos, a sonrosar apenas los labios, a depilar el interior de las orejas, por no hablar de lo que le hacía a la barbilla y a la cabellera. Nicetas estaba con los ojos cerrados, acariciado por aquellas manos sabias, acunado por la voz de Baudolino que seguía contando su historia. Era más bien Baudolino el que se interrumpía de vez en cuando, para entender qué estaba haciendo aquel maestro de belleza, por ejemplo, cuando sacaba de un tarrito una lagartija, le cortaba la cabeza y la cola, la desmenuzaba hasta casi triturarla y ponía a cocer aquella pasta en una cazuelita de aceite. Pero qué pregunta, era el cocimiento para mantener vivos los pocos cabellos que Nicetas criaba todavía en la cabeza, y volverlos brillantes y perfumados. ¿Y aquellas ampollas? Pero si eran esencias de nuez moscada o de cardamomo, o agua de rosas, cada una para devolverle su vigor a una parte de la cara; aquella pasta de miel era para reforzar los labios, y esa otra, cuyo secreto no podía revelar, para tonificar las encías.
Al final Nicetas era un esplendor, como debía serlo un juez del Velo y un logoteta de los secretos y, casi renacido, brillaba de luz propia aquella mañana desvaída, sobre el fondo ceñudo de Bizancio humeante en agonía. Y Baudolino sentía cierta reserva en contarle su vida de adolescente en un monasterio de los latinos, frío e inhóspito, donde la salud de Otón lo obligaba a compartir comidas que consistían en verduras cocidas y algún caldito.

Baudolino aquel año había tenido que pasar poco tiempo en la corte (donde, cuando iba, vagabundeaba siempre temeroso, y deseoso al mismo tiempo, de encontrarse con Beatriz, y era un suplicio). Federico tenía que arreglar, en primer lugar, unas cuentas con los polacos (Polanos de Polunia, escribía Otón, gens quasi barbara ad pugnandum promptissima); en marzo convocó una nueva dieta en Worms para preparar otro descenso a Italia, donde la habitual Milán, con sus satélites, se estaba volviendo cada vez más pendenciera, luego una dieta en Herbípolis en septiembre, y otra en Besanzón en octubre; en fin, parecía que tenía al diablo en el cuerpo. Baudolino, en cambio, se quedó la mayor parte del tiempo en la abadía de Morimond con Otón, proseguía sus estudios con Rahewin y hacía de copista al obispo, cada vez más enfermizo.
Cuando llegaron a aquel libro de la Chronica en la que se narraba del Presbyter Johannes, Baudolino preguntó qué quería decir ser cristiano sed Nestorianus. Entonces, estos nestorianos ¿eran un poco cristianos y un poco no?
—Hijo mío, y hablando claro, Nestorio era un hereje, pero le debemos mucha gratitud. Debes saber que en la India, después de la predicación del apóstol Tomás, fueron los nestorianos los que difundieron la religión cristiana, hasta los confines de esos países lejanos de donde viene la seda. Nestorio cometió un solo, aunque gravísimo, error, sobre Jesucristo Señor Nuestro y su madre santísima. Ves, nosotros creemos firmemente que existe una sola naturaleza divina, y que, aun así, la Trinidad, en la unidad de esta naturaleza, está compuesta por tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero creemos también que en Cristo había una sola persona, la divina, y dos naturalezas, la humana y la divina. Nestorio sostenía, en cambio, que en Cristo hay dos naturalezas, humana y divina, claro, pero también dos personas. Por lo tanto, María había generado sólo la persona humana, por lo que no podía decirse madre de Dios, sino sólo madre de Cristo hombre, no Theotókos, o deípara, aquella que alumbró a Dios, sino a lo sumo Christotókos.
—¿Es grave pensar eso?
—Es grave y no es grave... —perdía la paciencia Otón—. Puedes querer igualmente a la Santa Virgen aun pensando en ella como Nestorio, pero la verdad es que la honras menos. Y además, la persona es la substancia individual de un ser racional, y si en Cristo había dos personas, entonces ¿había dos substancias individuales de dos seres racionales? ¿Dónde iríamos a parar a este paso? ¿A decir que Jesús un día razonaba de una manera y un día de la otra? Dicho esto, no es que el Presbyter Johannes sea un pérfido hereje, pero será un bien para todos que entre en contacto con un emperador cristiano que le haga apreciar la verdadera fe, y como sin duda es un hombre honrado no podrá sino convertirse. Ahora que, si tú no te pones a estudiar un poco de teología, seguro que estas cosas no llegarás a entenderlas nunca. Tú eres despierto, Rahewin es un buen maestro por lo que concierne a leer, escribir, sacar alguna cuenta y saber alguna que otra regla de gramática, pero el trivio y el cuadrivio son otra cosa, para llegar a la teología deberías estudiar dialéctica y éstas son cosas que no podrás aprender aquí en Morimond. Será menester que vayas a algún studium, a una escuela como las que hay en las grandes ciudades.
—Pero yo no quiero ir a un studium que ni siquiera sé lo que es.
—Pues cuando lo hayas entendido, estarás contento de ir. Ves, hijo mío, todos acostumbran decir que el humano consorcio se basa en tres fuerzas, los guerreros, los monjes y los campesinos, y quizá era verdad hasta ayer. Pero vivimos tiempos nuevos, en los que se está volviendo igualmente importante el sabio, aunque no sea un monje, que estudia el derecho, la filosofía, el movimiento de los astros y muchas otras cosas más, y no siempre rinde cuentas de lo que hace ni a su obispo ni a su rey. Y estos studia que poco a poco están surgiendo en Bolonia o en París son lugares donde se cultiva y se transmite el saber, que es una forma de poder. Yo fui alumno del gran Abelardo, que Dios se apiade de ese hombre que mucho pecó y mucho sufrió, y mucho expió. Después de la desgracia, cuando por una rencorosa venganza fue privado de su virilidad, se convirtió en monje, y abad, y vivió alejado del mundo. Pero en el cenit de su gloria, Abelardo era maestro en París, adorado por los estudiantes, y respetado por los poderosos precisamente a causa de su saber.
Baudolino se decía que jamás habría abandonado a Otón, de quien seguía aprendiendo tantas cosas. Pero antes de que los árboles florecieran por cuarta vez desde que lo encontrara, Otón estaba en las últimas a causa de fiebres maláricas, dolores en todas las articulaciones, fluxiones de pecho y naturalmente, mal de piedra. Numerosos médicos, entre los cuales algunos árabes y algunos judíos y, por lo tanto, lo mejor que un emperador cristiano pudiera ofrecer a un obispo, habían martirizado su cuerpo ya frágil con innumerables sanguijuelas, pero —por razones que aquellos pozos de ciencia no conseguían explicarse— después de haberle quitado casi toda la sangre, fue casi peor que si se la hubieran dejado.
Otón, en un primer momento, había llamado a su cabecera a Rahewin, para confiarle la continuación de su historia de las gestas de Federico, diciéndole que era fácil: que contara los hechos y pusiera en boca del emperador los discursos sacados de los textos de los antiguos. Luego llamó a Baudolino.
—Puer dilectissimus —le dijo— yo me voy. Se podría decir también que vuelvo, y no estoy seguro de cuál es la expresión más adecuada, así como no estoy seguro de si es más justa mi historia de las dos ciudades o la de las gestas de Federico... (entiéndelo, señor Nicetas, decía Baudolino, la vida de un joven puede quedar marcada por la confesión de un maestro moribundo, que ya no sabe distinguir entre dos verdades). No es que me alegre de irme o de volver, pero así le gusta al Señor, y si me pongo a discutir sus decretos, corro el riesgo de que me fulmine en este mismo instante, así pues, mejor es aprovechar el poco tiempo que me deja. Escucha. Tú sabes que yo he intentado hacerle entender al emperador las razones de las ciudades allende los Alpes Pirineos. El emperador no puede sino someterlas a su dominio, pero hay formas y formas de reconocer la sumisión, y quizá se puede encontrar una vía que no sea la del cerco y la matanza. Por lo cual tú, a ti que el emperador te escucha, y que, aun así, eres hijo de esas tierras, intenta hacer todo lo que puedas para conciliar las exigencias de nuestro señor con las de tus ciudades, de suerte que muera el menor número de gente posible y que al final todos estén contentos. Para hacerlo tienes que aprender a razonar como Dios manda, así que le he pedido al emperador que te mande a estudiar a París. A Bolonia no, que se ocupan sólo de derecho, y un bribón como tú no debe meter las narices en las pandectas, porque con la Ley no se puede mentir. En París estudiarás retórica y leerás a los poetas: la retórica es el arte de decir bien lo que uno no está seguro de que sea verdad, y los poetas tienen el deber de inventar hermosas mentiras. Te irá bien estudiar también un poco de teología, pero sin intentar convertirte en teólogo, porque con las cosas de Dios todopoderoso no hay que bromear. Estudia bastante como para hacer un buen papel en la corte, donde seguramente te convertirás en un ministerial, que es lo máximo a lo que puede aspirar un hijo de campesinos, serás como un caballero a la par de tantos nobles y podrás servir fielmente a tu padre adoptivo. Haz todo esto en memoria mía, y Jesús me perdone si sin querer he usado sus palabras.
Luego emitió un estertor y se quedó inmóvil. Baudolino iba a cerrarle los ojos, pensando que había exhalado el último suspiro, pero de golpe Otón volvió a abrir la boca y susurró, aprovechando el último aliento:
—Baudolino, acuérdate del reino del Presbyter Johannes. Sólo buscándolo, las oriflamas de la cristiandad podrán ir más allá de Bizancio y de Jerusalén. Te he oído inventar muchas historias que el emperador se ha creído. Y por lo tanto, si no tienes más noticias de este reino, invéntatelas. Cuidado, no te pido que testimonies lo que consideras falso, que sería pecado, sino que testimonies falsamente lo que crees verdadero. Lo cual es acción virtuosa porque suple a la falta de pruebas de algo que sin duda existe o ha sucedido. Te lo ruego: hay un Johannes, sin duda, allende las tierras de los persas y de los ármennos, más allá de Bacta, Ecbatana, Persépolis, Susa y Arbela, descendiente de los Magos... Empuja a Federico hacia oriente, porque de allí viene la luz que lo iluminará como el mayor de todos los reyes... Saca al emperador de ese lodazal que se extiende entre Milán y Roma... Podría quedarse embarrancado hasta la muerte. Que se mantenga alejado de un reino donde manda también un papa. Siempre será emperador a medias. Recuerda, Baudolino... El Presbyter Johannes... La vía de oriente...
—¿Pero por qué me lo dices a mí, maestro, y no a Rahewin?
—Porque Rahewin no tiene fantasía, sólo puede contar lo que ha visto, y a veces ni siquiera, porque no entiende lo que ha visto. Tú, en cambio, puedes imaginar lo que no has visto. Oh ¿cómo es que ha oscurecido tanto?
Baudolino, que era mentiroso, le dijo que no se alarmara, porque estaba cayendo la tarde. A las doce, a las doce en punto del mediodía, Otón exhaló un silbido de la garganta ya rauca, y los ojos se le quedaron abiertos e inmóviles, como si mirara a su Preste Juan en el trono. Baudolino se los cerró, y lloró lágrimas sinceras.

Triste por la muerte de Otón, Baudolino había vuelto durante algunos meses junto a Federico. Al principio, se había consolado con el pensamiento de que, volviendo a ver al emperador, habría vuelto a ver también a la emperatriz. La volvió a ver, y se entristeció aún más. No olvidemos que Baudolino tenía casi dieciséis años, y si antes su enamoramiento podía parecer una perturbación infantil de la cual él mismo comprendía poquísimo, ahora se estaba volviendo deseo consciente y tormento cabal.
Para no dedicarse a entristecerse en la corte, seguía siempre a Federico al campo, y había sido testigo de cosas que le habían gustado muy poco. Los milaneses habían destruido Lodi por segunda vez, es decir, primero la habían saqueado, llevándose animales, piensos y enseres de todas las casas; luego habían sacado a empellones fuera de las murallas a todos los habitantes y les habían dicho que, si no se iban a donde el diablo, los pasaban a todos a cuchillo, mujeres, ancianos y niños, incluidos los que todavía estaban en la cuna. Los lodicianos dejaron en la ciudad sólo a los perros, y se fueron por los campos, a pie bajo la lluvia, incluso los señores, que se habían quedado sin caballos, las mujeres con los pequeños en bazos, y a veces se caían por el camino o rodaban malamente en los fosos. Se refugiaron entre los ríos Adda y Serio, donde encontraron a duras penas unos tugurios donde dormían los unos sobre los otros.
Lo cual no había calmado en absoluto a los milaneses, que volvieron a Lodi, apresando a los poquísimos que no habían querido irse, cortaron todas las viñas y las plantas y luego prendieron fuego a las casas, liquidando en gran parte también a los perros.
No son cosas que un emperador pueda soportar, por lo cual, he aquí que Federico bajó una vez más a Italia, con un gran ejército, formado por burgundos, loreneses, bohemos, húngaros, suabos, francos y todos los que se puedan imaginar. Ante todo fundó una nueva Lodi en Montegezzone, luego acampó delante de Milán, ayudado con entusiasmo por pavianos y cremoneses, pisanos, luqueses, florentinos y seneses, vicentinos, tarvisanos, patavinos, ferrareses, ravenatenses, modeneses y así sucesivamente, aliados todos con el Imperio con tal de humillar a Milán.
Y la humillaron verdaderamente. Al final del verano la ciudad capituló y, para poderla salvar, los milaneses se sometieron a un ritual que había humillado al mismo Baudolino, a pesar de no tener nada en común con los milaneses. Los vencidos pasaron en triste procesión por delante de su señor, como quien implora perdón, todos descalzos y vestidos de sayo, incluido el obispo, con los hombres de armas con la espada colgada del cuello. Federico, recobrada ya su magnanimidad, dio a los humillados el beso de la paz.
—¿Valía la pena —se decía Baudolino— toda esa prepotencia con los lodicianos para luego bajarse los pantalones de esa manera? ¿Vale la pena vivir en estas tierras, donde todos parecen haber hecho voto de suicidio, y los unos ayudan a los otros a matarse? Quiero irme de aquí.
En realidad, también quería alejarse de Beatriz, porque últimamente había leído en algún sitio que a veces la distancia puede tirar de la enfermedad de amor (y todavía no había leído otros libros donde, al contrario, se decía que es precisamente la distancia la que sopla sobre el fuego de la pasión). Así pues, se presentó ante Federico para recordarle el consejo de Otón y le mandara a París.
Había encontrado al emperador triste y airado, paseando de arriba abajo por su cámara, mientras en un rincón Reinaldo de Dassel esperaba a que se calmara. Federico, a un cierto punto se paró, miró a los ojos a Baudolino y le dijo:
—Tú eres testigo mío, muchacho; yo me estoy esforzando para poner bajo una sola ley a las ciudades de Italia, pero cada vez tengo que empezar desde el principio. ¿Acaso mi ley es equivocada? ¿Quién me dice que mi ley es justa?
Y Baudolino casi sin reparar en ello:
—Señor, si empiezas a razonar así no acabarás nunca, mientras que el emperador existe precisamente por eso: no es emperador porque se le ocurran las ideas justas, sino que las ideas son justas porque proceden de él, y punto.
Federico lo miró, luego le dijo a Reinaldo:
—¡Este chico dice las cosas mejor que todos vosotros! ¡Si tan sólo estas palabras estuvieran vertidas en buen latín, resultarían admirables!
—Quod principi placuit legis habet vigorem, lo que gusta al príncipe tiene vigor de ley, —dijo Reinaldo de Dassel—. Sí, suena muy sabio, y definitivo. Pero haría falta que estuviera escrita en el Evangelio, si no ¿cómo convencer a todo el mundo para que acepte esta bellísima idea?
—Ya hemos visto lo que pasó en Roma —decía Federico— si hago que me unja el papa, admito ipsofacto que su poder es superior al mío; si cojo al papa por el cuello y lo arrojo al Tíber, me convierto en tal flagelo de Dios que Atila, que en paz descanse, no me llegaría ni al tobillo. ¿Dónde diablos encuentro a alguien que pueda definir mis derechos sin pretender estar por encima de mí? No lo hay en este mundo.
—Quizá no exista un poder de ese tipo —le había dicho entonces Baudolino— pero existe el saber.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando el obispo Otón me contaba qué es un studium, me decía que estas comunidades de maestros y de alumnos funcionan por su cuenta: los alumnos llegan de todo el mundo por lo que no importa quién es su soberano, y pagan a sus maestros, que, por lo tanto, dependen sólo de los alumnos. Así marchan las cosas con los maestros de derecho en Bolonia, y así van también en París, donde antes los maestros enseñaban en la escuela catedral y, por consiguiente, dependían del obispo, luego, un buen día, se fueron a enseñar a la montaña de Santa Genoveva, e intentan descubrir la verdad sin prestar oídos ni al obispo ni al rey...
—Si yo fuera su rey, otro gallo les cantaría a esos oídos. ¿Y si así fuera?
—Si así fuera, tú podrías hacer una ley en la que reconoces que los maestros de Bolonia son verdaderamente independientes de cualquier otra potestad, tanto tuya como del papa y de cualquier otro soberano, y están sólo al servicio de la Ley. Una vez que se les ha conferido esta dignidad, única en el mundo, ellos afirman que, según la recta razón, el juicio natural y la tradición, la única ley es la romana y el único que la representa es el sacro romano emperador; y que naturalmente, como tan bien ha dicho el señor Reinaldo, quod principi placuit legis habet vigorem.
—¿Y por qué deberían decirlo?
—Porque tú les das a cambio el derecho de poderlo decir, y no es poco. Así estás contento tú, están contentos ellos y, como decía mi padre Gagliaudo, habláis los dos desde la ventana.
—No aceptarán hacer una cosa de ese tipo, —rezongaba Reinaldo.
—Sí, en cambio —se iluminaba el rostro de Federico— aceptarán, te lo digo yo. Salvo que antes ellos tienen que hacer esa declaración, y luego yo les concedo la independencia, si no, todos van a pensar que lo han hecho para devolverme un regalo.
—Yo creo que, aun dándole la vuelta a la tortilla, si alguien quiere decir que os habéis puesto de acuerdo., lo dirá igualmente, había comentado con escepticismo Baudolino. Pero quiero ver quién se atreve a decir que los doctores de Bolonia no valen un comino, después de que hasta el emperador ha ido humildemente a pedirles su parecer. A esas alturas lo que hayan dicho es el Evangelio.
Y así pasó exactamente, aquel mismo año en Roncaglia, donde por segunda vez hubo una gran dieta. Para Baudolino había sido, ante todo, un gran espectáculo. Como le explicaba Rahewin —para que no pensara que todo lo que veía era sólo un juego circense con banderas que flameaban por doquier, insignias, tiendas de colores, mercaderes y juglares— Federico había hecho reconstruir, a un lado del Po, un típico campamento romano, para recordar que de Roma procedía su dignidad. En el centro del campo estaba la tienda imperial, como un templo, y le hacían corona las tiendas de los feudatarios, vasallos y valvasores. Del lado de Federico estaban el arzobispo de Colonia, el obispo de Bamberg, Daniel de Praga, Conrado de Augsburgo y otros más. Al otro lado del río, el cardenal legado de la sede apostólica, el patriarca de Aquilea, el arzobispo de Milán, los obispos de Turín, Alba, Ivrea, Asti, Novara, Vercelli, Tortona, Pavía, Como, Lodi, Cremona, Plasencia, Reggio, Módena, Bolonia y quién se acuerda ya de cuántos más. Sentándose en ese simposio majestuoso y verdaderamente universal, Federico dio inicio a las discusiones.
Brevemente (decía Baudolino para no tediar a Nicetas con las obras maestras de la oratoria imperial, jurisprudencial y eclesiástica), cuatro doctores de Bolonia, los más famosos, alumnos del gran Irnerio, habían sido invitados por el emperador a expresar un incontrovertible parecer doctrinal sobre sus poderes, y tres de ellos, Búlgaro, Jacobo y Hugo de Puerta Ravegnana, se habían expresado tal como quería Federico: el derecho del emperador se basa en la ley romana. De parecer distinto había sido sólo un tal Martín.
—A quien Federico habrá arrancado los ojos, —comentaba Nicetas.
—Absolutamente no, señor Nicetas —le contestaba Baudolino— vosotros los romeos les sacáis los ojos a éste y a aquél, y no entendéis ya dónde está el derecho, olvidándoos de vuestro gran Justiniano. Inmediatamente después, Federico promulgó la Constitutio Habita, con la cual se reconocía la autonomía del estudio boloñés; y si el estudio era autónomo, Martín podía decir lo que quería y ni siquiera el emperador podía tocarle un cabello. Y si se lo hubiera tocado, entonces los doctores ya no habrían sido autónomos, si no eran autónomos su juicio no valía nada, y Federico corría el riesgo de pasar por un usurpador.
Perfecto, pensaba Nicetas, el señor Baudolino me quiere sugerir que el imperio lo ha fundado él, y que, tan pronto como él profería una frase cualquiera, su poder era tal que se convertía en verdad. Escuchemos lo demás.
Mientras tanto habían entrado los genoveses a traer un cesto de fruta, porque estaban a mitad de la jornada y Nicetas tenía que reconfortarse. Dijeron que el saqueo seguía, por lo cual era mejor quedarse todavía en casa. Baudolino reanudó la narración.

Federico había decidido que, si un muchacho casi imberbe y educado por un estúpido como Rahewin, alimentaba ideas tan agudas, quién sabe qué habría sucedido si lo mandaba a París a estudiar de verdad. Lo abrazó con afecto, aconsejándole que se volviera verdaderamente sabio, visto que él, con los cuidados del gobierno y las empresas militares, nunca había tenido tiempo de cultivarse como era debido. La emperatriz se despidió de él con un beso en la frente e imaginémonos el delirio de Baudolino), diciéndole (aquella mujer prodigiosa, aun siendo gran dama y reina, sabía leer y escribir):
—Y escríbeme, cuéntame lo que haces, lo que te pasa. La vida en la corte es monótona. Tus cartas me servirán de consuelo.
—Escribiré, lo juro, —dijo Baudolino, con un ardor que habría debido hacer recelar a los presentes.
Nadie entre los presentes receló (¿quién se preocupa de la excitación de un muchacho que está a punto de irse a París?) excepto quizá Beatriz. En efecto, lo miró como si lo hubiera visto por vez primera, y el rostro blanquísimo se le cubrió de un repentino rubor. Pero ya Baudolino, con una reverencia que lo obligaba a mirar al suelo, había abandonado la sala.

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miércoles, octubre 20, 2004

Baudolino - Parte V - Baudolino encuentra a los Reyes Magos y canoniza a Carlomagno

Baudolino había llegado ante Milán cuando ya los milaneses no resistían más, también a causa de sus discordias internas. Al final habían mandado legaciones para concordar la rendición, y las condiciones seguían siendo las establecidas en la dieta de Roncaglia; o sea, que cuatro años más tarde, y con tantos muertos y devastaciones, seguía siendo como cuatro años antes. O mejor dicho, era una rendición aún más vergonzosa que la precedente. Federico habría querido volver a conceder su perdón, pero Reinaldo atizaba el fuego, despiadado. Había que impartir una lección que todos recordaran, y había que dar satisfacción a las ciudades que se habían batido con el emperador, no por amor suyo sino por odio hacia Milán.
—Baudolino —dijo el emperador— esta vez no te la tomes conmigo. A veces también un emperador tiene que hacer lo que quieren sus consejeros.
Y añadió en voz baja:
—A mí este Reinaldo me da más miedo que los milaneses. De esa manera había ordenado que Milán fuera borrada de la faz de la tierra, e hizo salir de la ciudad a todas las personas, hombres y mujeres.
Los campos en torno a la ciudad pululaban ahora de milaneses que vagaban sin meta; algunos se habían refugiado en las ciudades cercanas, otros permanecían acampados delante de las murallas esperando que el emperador los perdonara y les permitiera volver a entrar. Llovía, los prófugos temblaban de frío durante la noche, los niños enfermaban, las mujeres lloraban, los hombres estaban ya desarmados, postrados a lo largo de los bordes de los caminos, alzando los puños hacia el cielo, porque era más conveniente maldecir al Todopoderoso que al emperador, porque el emperador tenía a sus hombres dando vueltas por los alrededores y pedían razón de las quejas demasiado violentas.
Federico, al principio, había intentado aniquilar la ciudad rebelde incendiándola, luego pensó que era mejor dejar el asunto en manos de los italianos, que odiaban Milán más que él. Había asignado a los lodicianos la tarea de destruir toda la puerta oriental, que se decía Puerta Renza; a los cremoneses la tarea de derrocar Puerta Romana; a los pavianos la tarea de hacer que de Puerta Ticinese no quedara piedra sobre piedra; a los novareses la de arrasar Puerta Vercellina; a los comascos la de hacer desaparecer Puerta Comacina, y a los de Seprio y Martesana la de hacer de Puerta Nueva una única ruina. Tarea que había agradado mucho a los ciudadanos de aquellas ciudades, que, es más, habían pagado al emperador mucho dinero para poder disfrutar del privilegio de ajustar con sus propias manos sus cuentas con Milán derrotada.
El día después del comienzo de las demoliciones, Baudolino se aventuró dentro del cerco amurallado. En algunos lugares no se veía nada, salvo una gran polvareda. Entrando en la polvareda, se divisaban aquí algunos que habían asegurado una fachada a grandes cuerdas, y tiraban al unísono, hasta que ésta se desmoronaba; allá otros albañiles expertos que, desde el tejado de una iglesia, le daban al pico hasta que permanecía destejada, y luego con grandes mazas rompían las paredes, o desarraigaban las columnas introduciendo cuñas en su base.
Baudolino pasó algunos días dando vueltas por las calles reventadas, y vio derrumbarse el campanario de la iglesia mayor, que no lo había igual en Italia, tan bello y poderoso. Los más diligentes eran los lodicianos, que anhelaban sólo la venganza: fueron los primeros en desmantelar su parte, y luego corrieron a ayudar a los cremoneses a que explanaran Puerta Romana. En cambio, los pavianos parecían más expertos, no daban golpes al azar y dominaban su rabia: disgregaban la argamasa allá donde las piedras se unían una con la otra, o excavaban la base de las murallas, y lo demás se derrumbaba por su propio peso.
En fin, para los que no entendieran lo que estaba sucediendo, Milán parecía un gayo taller, donde cada uno trabajaba con alacridad alabando al Señor. Salvo que era como si el tiempo procediera hacia atrás: parecía que estuviera surgiendo de la nada una nueva ciudad, y, en cambio, una ciudad antigua estaba volviendo a convertirse en polvo y tierra yerma. Acompañado por estos pensamientos, Baudolino, el día de Pascua, mientras el emperador había convocado grandes festejos en Pavía, se apresuraba a descubrir las mirabilia urbis Mediolani antes de que Milán dejara de existir. De esa manera, dio la casualidad de que se encontró cerca de una espléndida basílica aún intacta, y vio en los alrededores algunos pavianos que acababan de abatir un palacete, activísimos aunque era fiesta de guardar. Supo por ellos que la basílica era la de San Eustorgio, y que al día siguiente se ocuparían también de ella:
—Es demasiado hermosa para dejarla en pie, ¿no? —le dijo persuasivamente uno de los destructores.
Baudolino entró en la nave de la basílica, fresca, silenciosa y vacía. Alguien había dilapidado ya los altares y las capillas laterales, algunos perros llegados de Dios sabe dónde encontrando aquel lugar acogedor, habían hecho de él su albergue, meando a los pies de las columnas. Junto al altar mayor vagaba quejumbrosa una vaca. Era un buen animal y a Baudolino le dio pie para reflexionar sobre el odio que animaba a los demoledores de la ciudad, que incluso descuidaban presas apetecibles con tal de hacerla desaparecer cuanto antes.
En una capilla lateral, junto a un sarcófago de piedra, vio a un anciano cura que emitía sollozos de desesperación, o mejor dicho, chillidos como de animal herido; el rostro estaba más blanco que el blanco de los ojos y su cuerpo delgadísimo se estremecía a cada lamento. Baudolino intentó ayudarle, ofreciéndole una cantimplora de agua que llevaba consigo.
—Gracias, buen cristiano —dijo el viejo— pero ya no me queda sino aguardar la muerte.
—No te matarán —le dijo Baudolino— el asedio ha terminado, la paz está firmada, los de fuera sólo quieren derribar tu iglesia, no quitarte la vida.
—¿Y qué será mi vida sin mi iglesia? Pero es el justo castigo del cielo, porque, por ambición, quise, hace muchos años, que mi iglesia fuera la más bella y famosa de todas, y cometí un pecado.
¿Qué pecado podía haber cometido aquel pobre viejo? Baudolino se lo preguntó.
—Hace años un viajero oriental me propuso adquirir las reliquias más espléndidas de la cristiandad, los cuerpos intactos de los tres Magos.
—¿Los tres Reyes Magos? ¿Los tres? ¿Enteros?
—Tres, Magos y enteros. Parecen vivos; quiero decir, que parecen recién muertos. Yo sabía que no podía ser verdad, porque de los Magos habla un solo Evangelio, el de Mateo, y dice poquísimo. No dice cuántos eran, de dónde venían, si eran reyes o sabios... Dice sólo que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella. Ningún cristiano sabe de dónde procedían y a dónde volvieron. ¿Quién habría podido encontrar su sepulcro? Por eso no he osado decirles jamás a los milaneses que ocultaba este tesoro. Temía que por avidez aprovecharan la ocasión para atraer a fieles de toda Italia, lucrando dinero con una falsa reliquia...
—Y, por lo tanto, no pecaste.
—Pequé, porque los he mantenido escondidos en este lugar consagrado. Esperaba siempre una señal del cielo, que no ha llegado. Ahora no quiero que los encuentren estos vándalos. Podrían dividirse estos despojos, para distinguir con una extraordinaria dignidad a alguna de esas ciudades que hoy nos destruyen. Te lo ruego, haz desaparecer todo rastro de mi debilidad de antaño. Haz que alguien te ayude, ven antes de que llegue la noche a recoger estas inciertas reliquias, haz que desaparezcan. Con poco esfuerzo, te asegurarás el Paraíso, lo cual no me parece asunto de poca monta.

—Ves, señor Nicetas, me acordé entonces de que Otón había hablado de los Magos al referirse al reino del Preste Juan. Claro, si aquel pobre cura los hubiera enseñado así, como si vinieran de la nada, nadie le habría creído. Pero una reliquia, para ser verdadera, ¿debía remontarse realmente al santo o al acontecimiento del que formaba parte?
—No, sin duda. Muchas reliquias que se conservan aquí en Constantinopla son de origen dudosísimo, pero el fiel que las besa siente emanar de ellas aromas sobrenaturales. Es la fe la que las hace verdaderas, no las reliquias las que hacen verdadera a la fe.
—Precisamente. También yo pensé que una reliquia vale si encuentra su justa colocación en una historia verdadera. Fuera de la historia del Preste Juan, aquellos Magos podían ser el engaño de un mercader de alfombras; dentro de la historia verdadera del Preste, se convertían en un testimonio seguro. Una puerta no es una puerta si no tiene un edificio a su alrededor, de otro modo sería sólo un agujero, qué digo, ni siquiera eso, porque un vacío sin un lleno que lo rodea no es ni siquiera un vacío. Comprendí entonces que yo poseía la historia en cuyo seno los Magos podían significar algo. Pensé que, si debía decir algo sobre Juan para abrirle al emperador la vía de Oriente, tener la confirmación de los Reyes Magos, que ciertamente procedían de Oriente, habría reforzado mi prueba. Estos pobres tres reyes dormían en su sarcófago y dejaban que pavianos y lodicianos hicieran pedazos la ciudad que los alojaba sin saberlo. No le debían nada, estaban de paso, como en una posada, a la espera de ir a otro lugar; en el fondo, eran por su naturaleza unos vagamundos, ¿no se habían movido de quién sabe dónde para seguir a una estrella? Me tocaba a mí darles a esos tres cuerpos la nueva Belén.

Baudolino sabía que una buena reliquia podía cambiar el destino de una ciudad, hacer que se convirtiera en meta de peregrinación ininterrumpida, transformar una ermita en un santuario. ¿A quién podían interesarle los Magos? Pensó en Reinaldo: le había sido conferido el arzobispado de Colonia, pero todavía tenía que presentarse para que se le consagrara oficialmente. Entrar en la propia catedral llevando consigo a los Reyes Magos habría sido un buen golpe. ¿Reinaldo buscaba símbolos del poder imperial? Pues aquí tenía bajo el brazo no a uno, sino a tres reyes que habían sido al mismo tiempo sacerdotes.
Preguntó al cura si podía ver los cuerpos. El cura le pidió que le ayudara, porque había que hacer girar la tapa del sarcófago hasta que dejara al descubierto la teca en la que estaban guardados los cuerpos.
Fue un gran trabajo, pero valía la pena. Oh, maravilla: los cuerpos de los tres Reyes parecían todavía vivos, aunque la piel se hubiera secado y apergaminado. Pero no se había oscurecido, como les pasa a los cuerpos momificados. Dos de los magos tenían todavía un rostro casi lácteo, uno con una gran barba blanca que descendía hasta el pecho, todavía íntegra, aunque endurecida, que parecía algodón dulce, el otro imberbe. El tercero era color ébano, no a causa del tiempo, sino porque oscuro debía de ser también en vida: parecía una estatua de madera y tenía incluso una especie de fisura en la mejilla izquierda. Tenía una barba corta y dos labios carnosos que se levantaban enseñando dos únicos dientes, ferinos y cándidos. Los tres tenían los ojos abiertos, grandes y atónitos, con una pupila reluciente como cristal. Estaban envueltos en tres capas, una blanca, la otra verde y, la tercera, púrpura, y de las capas sobresalían tres bragas, según el modo de los bárbaros, pero de puro damasco bordado con finas perlas.
Baudolino volvió raudo al campamento imperial y corrió a hablar con Reinaldo. El canciller entendió enseguida lo que valía el descubrimiento de Baudolino, y dijo:
—Hay que hacerlo todo a escondidas, y pronto. No será posible llevarse toda la teca, es demasiado visible. Si alguien más de los que están por aquí se da cuenta de lo que has encontrado, no vacilará en sustraérnoslo, para llevárselo a su propia ciudad. Haré que preparen tres ataúdes, de madera desnuda, y por la noche los sacamos fuera de las murallas, diciendo que son los cuerpos de tres valerosos amigos caídos durante el asedio. Actuaréis sólo tú, el Poeta y un fámulo mío. Luego los dejaremos donde los hayamos puesto, sin prisa. Antes de que pueda llevarlos a Colonia es preciso que sobre el origen de la reliquia, y sobre los Magos mismos, se produzcan testimonios fidedignos. Mañana volverás a París, donde conoces personas sabias, y encuentra todo lo que puedas sobre su historia.
Por la noche, los Reyes fueron transportados a una cripta de la iglesia de San Jorge, extramuros. Reinaldo había querido verlos, y estalló en una serie de imprecaciones indignas de un arzobispo:
—¿Con bragas? ¿Y con esa caperuza que parece la de un juglar?
—Señor Reinaldo, así vestían evidentemente en la época los sabios de Oriente; hace años estuve en Rávena y vi un mosaico donde los tres Magos estaban representados más o menos así en la túnica de la emperatriz Teodora.
—Precisamente, cosas que pueden convencer a los grecanos de Bizancio. Pero ¿tú te imaginas que presento en Colonia a los Reyes Magos vestidos de malabaristas? Revistámoslos.
—¿Y cómo? —preguntó el Poeta.
—¿Y cómo? Yo te he permitido comer y beber como un feudatario escribiendo dos o tres versos al año, ¿y tu no sabes cómo vestirme a los primeros en adorar al Niño Jesús, Señor Nuestro? Los vistes como la gente se imagina que iban vestidos, como obispos, como papas, como archimandritas, ¡qué sé yo!
—Han saqueado la iglesia mayor y el obispado. Quizá podamos recuperar paramentos sagrados. Voy a intentarlo, —dijo el Poeta.
Fue una noche terrible. Los paramentos se encontraron, y también algo que se parecía a tres tiaras, pero el problema fue desnudar a las tres momias. Si los rostros seguían aún como vivos, los cuerpos —excepto las manos, completamente secas— eran un armazón de mimbre y paja, que se deshacía cada vez que intentaban quitarle los indumentos.
—No importa —decía Reinaldo— total, una vez en Colonia nadie va a abrir la teca. Introducid unas varitas, algo que los mantenga derechos, como se hace con los espantapájaros. Con respeto, os lo ruego.
—Señor Jesús —se quejaba el Poeta— ni siquiera borracho perdido he llegado a imaginarme nunca que habría podido metérsela a los Reyes Magos por detrás.
—Calla y vístelos —decía Baudolino— estamos trabajando para la gloria del imperio.
El Poeta emitía horribles blasfemias, y los Magos parecían ya cardenales de la santa y romana iglesia.

El día siguiente, Baudolino se puso de viaje. En París, Abdul, que sobre los asuntos de Oriente sabía mucho, lo puso en contacto con un canónigo de San Víctor que sabía más que él.
—Los Magos, ¡ah! –decía—. La tradición los menciona continuamente, y muchos Padres nos han hablado de ellos, pero los Evangelios callan, y las citas de Isaías y de otros profetas dicen y no dicen: alguien las ha leído como si hablaran de los Magos, pero también podían hablar de otra cosa. ¿Quiénes eran? ¿cómo se llamaban de verdad? Algunos dicen Hormidz, de Seleucia, rey de Persia, Jazdegard rey de Saba y Peroz rey de Seba; otros Hor, Basander, Karundas. Pero según otros autores muy fidedignos, se llamaban Melkon, Gaspar y Balthasar, o Melco, Cáspare y Fadizarda. O aún, Magalath, Galgalath y Saracín. o quizá Appelius, Amerus y Damascus...
—Appelius y Damascus son bellísimos, evocan tierras lejanas, —decía Abdul mirando hacia quién sabe dónde.
—¿Y por qué Karundas no? —replicaba Baudolino—. No debemos encontrar tres nombres que te gusten a ti, sino tres nombres verdaderos.
El canónigo proseguía:
—Yo propondría a Bithisarea, Melichior y Gataspha, el primero rey de Godolia y Saba, el segundo rey de Nubia y Arabia, el tercero rey de Tharsis y de la ínsula Egriseuta. ¿Se conocían entre sí antes de emprender el viaje? No, se encontraron en Jerusalén y, milagrosamente, se reconocieron. Pero otros dicen que se trataba de unos sabios que vivían en el monte Vaus, el Victorialis, desde cuya cima escrutaban los signos del cielo, y al monte Vaus regresaron después de la visita a Jesús, y más tarde se unieron al apóstol Tomás para evangelizar las Indias, salvo que no eran tres sino doce.
—¿Doce Reyes Magos? ¿No es demasiado?
—Lo dice también Juan Crisóstomo. Según otros se habrían llamado Zhrwndd, Hwrmzd, Awstsp, Arsk, Zrwnd, Aryhw, Arthsyst, Astnbwzn, Mhrwq, Ahsrs, Nsrdyh y Mrwdk. Con todo, hay que ser prudentes, porque Orígenes dice que eran tres como los hijos de Noé, y tres como las Indias de las que procedían.
Los Reyes Magos también habrán sido doce, observó Baudolino, pero en Milán habían encontrado tres y en torno a tres debía construirse una historia aceptable.
—Digamos que se llamaban Baltasar, Melchor y Gaspar, que me parecen nombres más fáciles de pronunciar que esos admirables estornudos que hace poco nuestro venerable maestro ha emitido. El problema es cómo llegaron a Milán.
—No me parece un problema —dijo el canónigo— visto que llegaron. Yo estoy convencido de que su tumba fue hallada en el monte Vaus por la reina Elena, madre de Constantino. Una mujer que supo recobrar la Verdadera Cruz habrá sido capaz de encontrar a los verdaderos Magos. Y Elena llevó los cuerpos a Constantinopla, a Santa Sofía.
—No, no; o el emperador de Oriente nos preguntará cómo se los hemos cogido, —dijo Abdul.
—No temas, —dijo el canónigo—. Si estaban en la basílica de San Eustorgio, ciertamente los había llevado allá aquel santo varón, que salió de Bizancio para ocupar la cátedra obispal en Milán en tiempos del basileo Mauricio, y mucho tiempo antes de que viviera entre nosotros Carlomagno. Eustorgio no podía haber robado los Magos y, por lo tanto, los había recibido como regalo del basileo del imperio de Oriente.

Con una historia tan bien construida, Baudolino volvió a finales del año junto a Reinaldo, y le recordó que, según Otón, los Magos debían de ser los antepasados del Preste Juan, al cual habían investido de su dignidad y función. De ahí el poder del Preste Juan sobre las tres Indias o, por lo menos, sobre una de ellas.
Reinaldo se había olvidado completamente de aquellas palabras de Otón, pero al oír mencionar a un preste que gobernaba un imperio, una vez más mi rey con funciones sacerdotales, papa y monarca a la vez, se convenció de haber puesto en dificultades a Alejandro III: reyes y sacerdotes los Magos, rey y sacerdote Juan, ¡qué admirable figura, alegoría, vaticinio, profecía, anticipación de esa dignidad imperial que él le estaba confeccionando a la medida, paso a paso, a Federico!
—Baudolino —dijo inmediatamente— de los Magos ahora me ocupo yo, tú tienes que pensar en el Preste Juan. Por lo que me cuentas, por ahora tenemos sólo voces, y no bastan. Necesitamos un documento que atestigüe su existencia, que diga quién es, dónde está, cómo vive.
—¿Y dónde lo encuentro?
—Si no lo encuentras, lo haces. El emperador te ha hecho estudiar, y ha llegado el momento de sacarles fruto a tus talentos. Y de que te merezcas la investidura de caballero, en cuanto hayas acabado estos estudios tuyos, que me parece que han durado incluso demasiado.

—¿Has entendido, señor Nicetas? —dijo Baudolino—. A esas alturas el Preste Juan se había convertido para mí en un deber, no en un juego. Y ya no debía buscarlo en memoria de Otón, sino para cumplir una orden de Reinaldo. Como decía mi padre Gagliaudo, siempre he sido un contreras. Si me obligan a hacer algo, se me pasan enseguida las ganas. Obedecí a Reinaldo y volví inmediatamente a París, pero para no tener que encontrar a la emperatriz. Abdul había empezado a componer canciones de nuevo, y me di cuenta de que el tarro de miel verde estaba ya casi medio vacío. Le volvía a hablar de la empresa de los Magos, y él entonaba en su instrumento: Que nadie se maraville de mí / pues amo a la que nunca me verá, / mi corazón de otro amor no sabrá / si no es del que jamás gozoso vi: / ninguna alegría reír me hará / e ignoro qué ventura me vendrá, ah, ah. Ah, ah... renuncié a discutir con él de mis proyectos y, por lo que concernía al Preste, durante un año no hice nada más.
—¿Y los Reyes Magos?
—Reinaldo llevó la reliquia a Colonia, al cabo de dos años, pero fue generoso, porque tiempo atrás había sido preboste en la catedral de Hildesheim y, antes de encerrar los despojos de los Reyes en la teca de Colonia, le cortó un dedo a cada uno y se lo envió de regalo a su antigua iglesia. Ahora bien, en aquel mismo período, Reinaldo tuvo que resolver otros problemas, y no de poca monta. Precisamente dos meses antes de que pudiera celebrar su triunfo en Colonia, moría el antipapa Víctor. Casi todos habían suspirado de alivio, así las cosas se arreglaban solas y a lo mejor Federico hacía las paces con Alejandro. Pero Reinaldo vivía de ese cisma; lo entiendes, señor Nicetas, con dos papas él contaba más que con un solo papa. De modo que se inventó un nuevo antipapa, Pascual III, organizando una parodia de cónclave con cuatro eclesiásticos recogidos casi por la calle. Federico no estaba convencido. Me decía...
—¿Habías vuelto con él?
Baudolino había suspirado:
—Sí, durante pocos días. Ese mismo año la emperatriz le había dado un hijo a Federico.
—¿Qué sentiste?
—Entendí que tenía que olvidarla definitivamente. Ayuné durante siete días, bebiendo sólo agua, porque había leído en algún sitio que purifica el espíritu y, al final, provoca visiones.
—¿Es verdad?
—Verdad del todo, pero en las visiones estaba ella. Entonces decidí que tenía que ver a ese niño, para marcar la diferencia entre el sueño y la visión. Y volví a la corte. Habían pasado más de dos años desde aquel día magnífico y tremendo, y desde entonces no nos habíamos vuelto a ver. Beatriz sólo tenía ojos para el niño y parecía que mi vista no le producía ninguna turbación. Me dije entonces que, aunque no podía resignarme a amar a Beatriz como una madre, habría amado a aquel niño como a un hermano. Aun así, miraba a esa cosita en la cuna, y no podía evitar el pensamiento de que, si la vida hubiera sido apenas distinta, aquél habría podido ser un hijo. En cualquier caso, corría siempre el riesgo de sentirme incestuoso.

Federico, mientras tanto, estaba agitado por problemas de mucho más calado. Le decía a Reinaldo que un medio papa garantizaba poquísimo sus derechos, que los Reyes Magos estaban muy bien, pero no era suficiente, porque haber encontrado a los Magos no significaba necesariamente descender de ellos. El papa, dichoso él, podía hacer remontar sus orígenes a Pedro, y Pedro había sido designado por el mismísimo Jesús, pero el sacro y romano emperador, ¿qué hacía? ¿Hacía remontar sus orígenes a César, que no dejaba de ser un pagano?
Baudolino entonces se sacó de la manga la primera idea que se le ocurrió, es decir, que Federico podía hacer remontar su dignidad a Carlomagno.
—Pero Carlomagno ha sido ungido por el papa, estamos siempre en las mismas, le había replicado Federico.
—A no ser que tú hagas que se convierta en santo, —había dicho Baudolino.
Federico le intimó a que reflexionara antes de decir tonterías.
—No es una tontería, —había replicado Baudolino, que mientras tanto, más que reflexionar, casi había visto la escena que aquella idea podía alumbrar.
—Escucha: tú vas a Aquisgrán, donde yacen los restos de Carlomagno, los exhumas, los colocas en un hermoso relicario en medio de la Capilla Palatina y, ante tu presencia, con un cortejo de obispos fieles, incluido el señor Reinaldo que como arzobispo de Colonia es también el metropolitano de esa provincia, y una bula del papa Pascual que te legitima, haces proclamar santo a Carlomagno. ¿Entiendes? Tú proclamas santo al fundador del sacro romano imperio; una vez que él es santo, es superior al papa, y tú, en cuanto legítimo sucesor suyo, eres de la prosapia de un santo, desligado de toda autoridad, incluso de la de quien pretendía excomulgarte.
—Por las barbas de Carlomagno, —había dicho Federico, con los pelos de su barba erizados por la excitación—, ¿has oído, Reinaldo? ¡Como siempre el chico tiene razón!
Así había sucedido, aunque sólo al final del año siguiente, porque ciertas cosas lleva su tiempo prepararlas bien.

Nicetas observó que como idea era una locura, y Baudolino le respondió que, aun así, había funcionado. Y miraba a Nicetas con orgullo. Es natural, pensó Nicetas, tu vanidad es desmesurada, incluso has hecho santo a Carlomagno. De Baudolino podía uno esperarse cualquier cosa.
—¿Y después? preguntó.
Mientras Federico y Reinaldo se aprestaban a canonizar a Carlomagno, yo me iba dando cuenta poco a poco de que no bastaban ni él ni los Magos. Esos cuatro estaban todos en el Paraíso, los Magos desde luego que sí y esperemos que también Carlomagno; si no, en Aquisgrán se armaba una buena faena. Pero seguía haciendo falta algo que todavía estuviera aquí en esta tierra y donde el emperador pudiera decir yo aquí estoy y esto sanciona mi derecho. Lo único que podía encontrar en esta tierra el emperador era el reino del Preste Juan.

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sábado, octubre 16, 2004

Baudolino - Parte IV - Baudolino habla con el emperador y se enamora de la emperatriz

Por la tarde, Baudolino empezó a narrar más expeditamente, y Nicetas decidió no interrumpirle. Quería verle crecer deprisa, para llegar al punto. No había entendido que al punto Baudolino todavía no había llegado, en aquellos momentos, mientras iba narrando, y que narraba precisamente para llegar al punto.

Federico encomendó a Baudolino al obispo Otón y a su ayudante, el canónigo Rahewin. Otón, de la gran familia de los Babenberg, era tío materno del emperador, aunque tenía apenas unos diez años más que él. Hombre muy sabio, había estudiado en París con el gran Abelardo, luego se había hecho monje cisterciense. Era muy joven cuando fue ensalzado a la dignidad de obispo de Fresinga. No es que le hubiera dedicado muchas energías a esta nobilísima ciudad pero, le explicaba Baudolino a Nicetas, en la cristiandad de Occidente, a los vástagos de nobles familias se los nombraba obispos de este o de aquel lugar sin que tuvieran que ir de verdad, y bastaba con que disfrutaran de la renta.
Otón todavía no tenía cincuenta años, pero parecía tener cien, siempre un poco tosigoso, achacado un día sí un día no por dolores ahora en una cadera, ahora en un hombro, afligido por el mal de piedra, y un poco cegajoso por toda esa lectura y escritura a la que se dedicaba tanto a la luz del sol como a la de una vela. Muy irritable, como les pasa a los que padecen de podagra, la primera vez que habló con Baudolino le dijo, casi gruñendo:
—Has conquistado al emperador contándole un montón de embustes ¿no es verdad?
—Maestro, juro que no, había protestado Baudolino.
Y Otón:
—Precisamente, un mentiroso que niega, afirma. Ven conmigo. Te enseñaré lo que sé.
Lo que demuestra que, a fin de cuentas, Otón era un hombre de muy buena pasta y se encariñó enseguida con Baudolino, porque lo encontraba prensil, capaz de retener de memoria todo lo que oía. Pero se había dado cuenta de que Baudolino no sólo proclamaba a grandes voces lo que había aprendido sino también lo que se había inventado.
—Baudolino —le decía— tú eres un mentiroso de nacimiento.
—¿Por qué decís semejante cosa, maestro?
—Porque es verdad. Pero no creas que te estoy regañando. Si quieres convertirte en un hombre de letras, y, a lo mejor, un día se te ocurre escribir Estorias, también tendrás que mentir e inventar historias, si no, tu Estoria se volverá monótona. Pero tendrás que hacerlo con moderación. El mundo condena a los mentirosos que no hacen más que mentir, también sobre lo ínfimo, y premia a los Poetas, que mienten sólo sobre lo excelso.
Baudolino sacaba provecho de estas lecciones de su maestro, y había entendido, poco a poco, lo mentiroso que era el propio Otón, viendo cómo se contradecía pasando de la Historia de duabus civítalibus a las Gesta Friderici. Por lo cual había decidido que, si se quería convertir en un mentiroso perfecto, tenía que escuchar también los discursos ajenos, para ver cómo se persuadía mutuamente la gente sobre una u otra cuestión. Por ejemplo, sobre las ciudades de Lombardía había asistido a varios diálogos entre el emperador y Otón.
—¿Pero cómo se puede ser tan bárbaro? ¡No me sorprende que sus reyes llevaran una corona de hierro! —se indignaba Federico—. ¿Nadie les ha enseñado nunca que se debe respeto al emperador? Baudolino ¿te das cuenta? ¡Ejercen los regalia!
—¿Y qué son estos regaliolos, mi buen padre?
Todos se echaban a reír, y Otón aún más, porque conocía todavía el latín de los tiempos idos, el bueno, y sabía que el regaliolus es un pajarito.
—¡Regalia, regalia, iura regalia, Baudolino, cabeza de chorlito! —gritaba Federico—. Son los derechos que me corresponden, como nombrar a los magistrados, recaudar los tributos sobre los caminos públicos, sobre los mercados y sobre los ríos navegables, y el derecho de acuñar moneda, y además, y además... y además ¿qué más, Reinaldo?
— ...Y los útiles que se derivan de multas y condenas, de la apropiación de los patrimonios sin heredero legítimo y de la confiscación a resultas de actividades criminales, o por haber contraído matrimonios incestuosos, o las cuotas de los beneficios de las minas, salinas y viveros de peces, los porcentajes sobre los tesoros excavados en lugar público, seguía Reinaldo de Dassel, que de allí a poco habría sido nombrado canciller y, por lo tanto, la segunda persona del imperio.
—Eso es. Y estas ciudades se han apropiado de todos mis derechos. ¿Pero es que no tienen el sentido de lo justo y de lo bueno? ¿qué demonio les ha ofuscado la mente a tal punto?
—Sobrino y emperador mío —intervenía Otón— tú estás pensando en Milán, Pavía y Génova como si fueran Ulm o Augustburgo. Las ciudades de Alemania han nacido por deseo de un príncipe, y en el príncipe se reconocen desde el principio. Pero para estas ciudades es distinto. Han nacido mientras los emperadores germánicos estaban ocupados en otros asuntos, y han crecido aprovechándose de la ausencia de sus príncipes. Cuando tú hablas con los habitantes de los podestás que quisieras imponerles, advierten esta potestatis insolentiam como un yugo insoportable, y hacen que les gobiernen cónsules que ellos mismos eligen.
—¿Y no les gusta sentir la protección del príncipe y participar de la dignidad y de la gloria de un imperio?
—Les gusta muchísimo, y por nada en este mundo querrían privarse de este beneficio, si no, caerían en manos de otro monarca, del emperador de Bizancio e incluso del Soldán de Egipto. Pero con tal de que el príncipe esté bien lejos. Tú vives rodeado de tus nobles, quizá no te das cuenta de que en esas ciudades las relaciones son distintas. No reconocen a los grandes vasallos señores de los campos y de los bosques, porque también los campos y los bosques pertenecen a las ciudades; salvo quizá las tierras del marqués del Montferrato y de otros pocos. Mira que, en las ciudades, jóvenes que practican las artes mecánicas, y que en tu corte no podrían entrar jamás, allí administran, mandan y a veces son elevados a la dignidad de caballero...
—¡Así pues el mundo va del revés! —exclamaba el emperador.
—Mi buen padre —levantaba entonces el dedo Baudolino— tú me estás tratando como si yo fuera uno de tu familia, y aun así, hasta ayer vivía en un establo. ¿Y entonces?
—Y entonces, si quiero, yo a ti te hago incluso duque, porque yo soy el emperador y puedo ennoblecer a quien quiera por decreto mío. ¡Pero esto no quiere decir que quienquiera pueda ennoblecerse él solo! ¿Es que no comprenden que si el mundo va del revés, también ellos corren hacia su ruina?
—Parece precisamente que no, Federico, —intervenía Otón—. Esas ciudades, con su manera de gobernarse, son ya el lugar por donde pasan todas las riquezas, los mercaderes llegan a ellas desde todos los lugares, y sus murallas son más bellas y más sólidas que las de muchos castillos.
—¿Con quién estás, tío mío? —gritaba el emperador.
—Contigo, mi imperial sobrino, pero precisamente por eso es deber mío ayudarte a comprender cuál es la fuerza de tu enemigo. Si te obstinas en querer obtener de esas ciudades lo que no te quieren dar, perderás el resto de tu vida asediándolas, venciéndolas y viéndolas resurgir más soberbias que antes en el espacio de pocos meses, y tendrás que pasar una y otra vez los Alpes para someterlas nuevamente, mientras tu imperial destino está en otro lugar.
—¿Dónde estaría mi imperial destino?
—Federico, he escrito en mi Chronica (que por un accidente inexplicable ha desaparecido, y me tocará encontrar la disposición de volverla a escribir; Dios quiera castigar al canónigo Rahewin que sin duda es el responsable de tamaña pérdida), en fin, escribí que hace tiempo, cuando era sumo pontífice Eugenio III, el obispo sirio de Gabala, que visitaba al papa con una embajada armenia, le contó que en el extremo oriente, en países muy cercanos al Paraíso Terrenal, prospera el reino de un Rex Sacerdos, el Presbyter Johannes, un rey sin duda cristiano, aunque partidario de la herejía de Nestorio, y cuyos antepasados son aquellos Magos, reyes y sacerdotes también ellos, depositarios de antiquísima sabiduría, que visitaron al Niño Jesús.
—¿Y qué tengo que ver yo, emperador del sacro y romano imperio, con este Preste Juan, que el Señor lo guarde rey y sacerdote mucho tiempo allá donde diablos esté, entre sus moros?
—Ves, ilustre sobrino mío, que tú dices moros y piensas como piensan los demás reyes cristianos, que están extenuándose en la defensa de Jerusalén. Empresa más que pía, no lo niego, pero déjasela al rey de Francia, que, al fin y al cabo, en Jerusalén mandan ya los francos. El destino de la cristiandad, y de cualquier imperio que se precie sacro y romano, está más allá de los moros. Hay un reino cristiano, allende Jerusalén y las tierras de los infieles. ¡Un emperador que supiera reunir los dos reinos reduciría el imperio de los infieles y el mismo imperio de Bizancio a dos ínsulas abandonadas y perdidas en el mar magno de su gloria!
—Fantasías, querido tío. Seamos realistas, si te complace. Y volvamos a estas ciudades italianas. Explícame, tío queridísimo, por qué, si su condición es tan deseable, algunas de ellas se alían conmigo contra las otras, y no todas ellas juntas contra mí.
—O por lo menos, de momento no lo hacen, comentaba, prudente, Reinaldo.
—Lo repito —explicaba Otón— las ciudades no quieren negar su relación de súbditos del imperio. Y por eso te piden ayuda a ti cuando otra ciudad las oprime, como hace Milán con Lodi.
—Pero si la condición de ser ciudad es la ideal ¿por qué cada una de ellas intenta oprimir a la ciudad vecina, como si quisiera devorar su territorio y transformarse en reino?
Entonces intervenía Baudolino, con su sabiduría de informador nativo.
—Padre mío, la cuestión es que no sólo las ciudades sino también los burgos allende los Alpes experimentan el mayor placer en metérsela... ¡ay! (Otón educaba también a pellizcos). Es decir, que la una humilla a la otra. En mis tierras es así. Se puede odiar al extranjero, pero más que a nadie se odia al vecino. Y el extranjero que nos ayuda a hacerle daño al vecino es bienvenido.
—Pero ¿por qué?
—Porque la gente es mala, me decía mi padre, pero los de Asti son más malos que el Barbarroja.
—¿Y quién es el Barbarroja? —se enfurecía Federico emperador.
—Eres tú, padre mío, allá te llaman así, y por otro lado no veo qué hay de malo, porque la barba la tienes roja de verdad, y te queda muy bien. Que si luego quisieran decir que la tienes color cobre ¿te iría bien Barbadecobre? Yo te amaría y honraría igualmente, aunque tuvieras la barba negra, pero puesto que la tienes pelirroja, no veo por qué tienes que quejarte si te llaman Barbarroja. Lo que quería decirte, si no te llegas a enfadar por lo de la barba, es que tienes que estarte tranquilo, porque, según mi opinión, nunca se juntarán todos contra ti. Tienen miedo de que, si ganan, uno de ellos se vuelva más fuerte que los demás. Y entonces, mejor tú. Si no les haces pagar demasiado.
—No creas en todo lo que, te dice Baudolino, sonreía Otón. El chico es mendaz por naturaleza.
—No señor —respondía Federico— sobre los asuntos de Italia suele decir cosas justísimas. Por ejemplo, ahora nos enseña que nuestra única posibilidad, con las ciudades italianas, es dividirlas todo lo posible. ¡Lo único es que nunca sabes quién está contigo y quién está en el lado contrario!
—Si nuestro Baudolino tiene razón —se reía sardónico Reinaldo de Dassel— que estén a tu favor o en tu contra no depende de ti, sino de la ciudad a la que quieren perjudicar en ese momento.
A Baudolino le daba un poco de pena ese Federico que, aun siendo grande, fuerte y poderoso, no conseguía aceptar la forma de pensar de aquellos súbditos. Y decir que pasaba más tiempo en la península italiana que en sus tierras. Federico, se decía Baudolino, quiere a nuestra gente y no entiende por qué nuestra gente lo traiciona. Quizá por eso la mata, como un marido celoso.
En los meses que siguieron al regreso, Baudolino tuvo pocas ocasiones de ver a Federico, que estaba preparando una dieta en Ratisbona, luego otra en Worms. Había tenido que mantener tranquilos a dos parientes muy temibles, Enrique el León, a quien había dado por fin el ducado de Baviera, y Enrique Jasormigott, para quien se había inventado incluso un ducado de Austria. A principios de la primavera del año siguiente, Otón le anunció a Baudolino que en junio se irían todos a Herbípolis, donde Federico contraería felices nupcias. El emperador había tenido ya una mujer de la que se había separado algunos años antes, y ahora iba casarse con Beatriz de Borgoña, que aportaba como dote aquel condado, que llegaba hasta Provenza. Con una dote como ésa, Otón y Rahewin pensaban que se trataba de un matrimonio de interés, y con este espíritu también Baudolino, dotado de ropa nueva como requería la fausta ocasión, se disponía a ver a su padre adoptivo del brazo de una solterona borgoñona más apetecible por los bienes de sus antepasados que por la propia belleza personal.

—Estaba celoso, lo confieso, le decía Baudolino a Nicetas. En el fondo, acababa de encontrar a un padre hacía poco tiempo, y he aquí que me lo sustraía, por lo menos en parte, una madrastra.
Aquí Baudolino hizo una pausa, mostró un cierto apuro, se pasó un dedo por la cicatriz, luego reveló la tremenda verdad. había llegado al lugar de las bodas y había descubierto que Beatriz de Borgoña era una doncella de extraordinaria belleza con sus veinte años; o por lo menos, así le había parecido a él, que después de verla no conseguía mover un solo músculo y la miraba con ojos desmesuradamente abiertos. Tenía cabellos refulgentes como el oro, un rostro bellísimo, boca pequeña y roja como una fruta madura, dientes cándidos y bien ordenados, estatura erguida, mirada modesta, ojos claros. Recatada en su hablar persuasivo, esbelta de cuerpo, parecía dominar en el fulgor de su gracia a todos los que la rodeaban. Sabía aparecer (virtud suprema para una futura reina) sometida al marido que mostraba temer como señor, pero era su señora al manifestarle la propia voluntad de esposa, con tal donaire que todos sus ruegos se entendían como órdenes. Y, si se quería añadir algo para alabarla, que se dijera que estaba versada en las letras, tenía disposición para tañer música y era suavísima cantándola. De suerte que, terminaba Baudolino, llamándose Beatriz era verdaderamente beatísima.
Poco necesitaba, Nicetas, para entender que el jovenzuelo se había enamorado de la madrastra a primera vista, sólo que —al enamorarse por vez primera— no sabía qué le estaba pasando. Si ya es un acontecimiento fulgurante e insostenible enamorarse por vez primera de una campesinota con granos, siendo un campesino, imaginémonos qué puede significar para un campesino enamorarse por vez primera de una emperatriz de veinte años con la piel blanca como la leche.
Baudolino se dio cuenta enseguida de que lo que experimentaba representaba una especie de robo con respecto a su padre, e intentó convencerse inmediatamente de que, a causa de la joven edad de su madrastra, la estaba viendo como a una hermana. Pero luego, aunque no había estudiado mucha teología moral, se dio cuenta de que ni siquiera le estaba permitido amar a una hermana; por lo menos no con los escalofríos y la intensidad de la pasión que la vista de Beatriz le inspiraba. Por lo cual inclinó la cabeza, poniéndose rojo justo en el momento en que Beatriz, a quien Federico presentaba a su pequeño Baudolino (extraño y amadísimo duendecillo de la llanura del Po, así se estaba expresando), tiernamente le tendía la mano y le acariciaba primero la mejilla y luego la cabeza.
Baudolino estuvo a punto de perder los sentidos, sintió que le faltaba la luz a su alrededor y las orejas repicaban como campanas de Pascua. Lo despertó la mano pesada de Otón, que le golpeaba la nuca y le susurraba entre dientes:
—De rodillas, ¡bestia!
Se acordó de que estaba ante la sacra y romana emperatriz, además de reina de Italia, dobló las rodillas, y a partir de aquel momento se portó como un perfecto hombre de corte, excepto que por la noche no consiguió dormir y, en lugar de gozar por aquel inexplicable camino de Damasco, lloró por el insostenible ardor de aquella desconocida pasión.
Nicetas miraba a su leonino interlocutor, apreciaba la delicadeza de sus expresiones, su contenida retórica en un griego casi literario, y se preguntaba ante qué clase de criatura estaba, capaz de usar la lengua de los palurdos cuando hablaba de paisanos y la de los reyes cuando hablaba de monarcas. ¿Tendrá un alma, se preguntaba, este personaje que sabe doblegar su propio relato para expresar almas distintas? Y si tiene almas distintas, al hablar ¿por qué boca me dirá alguna vez la verdad?

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jueves, octubre 14, 2004

Baudolino - Parte III - Baudolino le explica a Nicetas qué escribía de pequeño

A la mañana siguiente, Baudolino convocó a los más prestos entre los genoveses, Pévere, Boiamondo, Grillo y Taraburlo. Nicetas les había dicho dónde podían encontrar a su familia, y se fueron, tranquilizándolo una vez más. Nicetas entonces pidió vino, y le sirvió una copa a Baudolino:
—Mira si te gusta, aromatizado con resina. Muchos latinos lo encuentran asqueroso y dicen que sabe a moho.
Cuando Baudolino le garantizó que aquel néctar griego era su bebida preferida, Nicetas se dispuso a escuchar su historia.
Baudolino parecía ansioso de hablar con alguien, como para liberarse de cosas que llevaba dentro desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
—Aquí está, señor Nicetas, —dijo—, abriendo una bolsita de piel que llevaba colgada del cuello y tendiéndole un pergamino. Éste es el principio de mi historia.
Nicetas, aun sabiendo leer los caracteres latinos, había intentado descifrarlo pero no había entendido nada.
—¿Qué es esto? –preguntó—. Quiero decir ¿en qué lengua está escrito?
—¿La lengua? No lo sé. Empecemos así, señor Nicetas. Tú tienes una idea de dónde están Ianua, es decir, Génova y Mediolano, o Mayland como dicen los teutónicos o germanos, o Alamanoi como decís vosotros. Pues bien, a medio camino entre estas dos ciudades hay dos ríos, el Tanaro y el Bórmida, y entre los dos hay una llanura donde, cuando no hace un calor como para freír unos huevos encima de una piedra, hay niebla, cuando no hay niebla, nieva, y cuando no nieva, hiela y cuando no hiela, hace frío igualmente. Allí nací yo, en una landa que se llama la Frascheta Marincana, que hay también una hermosa ciénaga entre los dos ríos. No es precisamente como las orillas de la Propóntide...
—Me lo imagino.
—Pero a mí me gustaba. Son unos aires que te hacen compañía. Yo he viajado mucho, señor Nicetas, quizá hasta la India Mayor.. .
—¿No estás seguro?
—No, no sé muy bien dónde he llegado; desde luego adonde están los hombres cornudos y los que tienen la boca en el vientre. He pasado semanas por desiertos interminables, por praderas que se extendían hasta donde no alcanzaba la vista, y siempre me he sentido como prisionero de algo que superaba los poderes de mi imaginación. En cambio, en mis tierras, cuando andas por los bosques en la niebla, te parece como si todavía estuvieras en la tripa de tu madre, no tienes miedo de nada y te sientes libre. E incluso cuando no hay niebla, cuando vas y, si tienes sed, arrancas un carámbano de los árboles, luego te soplas los dedos porque están llenos de sabañones...
—¿Y qué tienen que ver los... manteles con todo ese frío?
—¡No, no he dicho sabanoi! Vosotros no tenéis ni siquiera la palabra y he tenido que usar la mía. Son como unas llagas que se te forman en los dedos, y en los nudillos, por el gran frío, y pican y, si te las rascas, te duelen...
—Hablas de ellos como si guardaras un buen recuerdo...
—El frío es hermoso.
—Cada uno ama su tierra natal. Sigue.
—Bien, allí, una vez, estaban los romanos, los de Roma, los que hablaban latín, no los romanos que ahora decís ser vosotros que habláis griego, y que nosotros llamamos romeos, o grecanos, si me perdonas la palabra. Luego el imperio de los romanos de allá desapareció, y en Roma se quedó sólo el papa, y en toda Italia se vieron gentes distintas, que hablaban lenguas distintas. La gente de la Frascheta habla una lengua, pero ya en Terdona hablan otra. Viajando con Federico por Italia he oído lenguas muy dulces, que, en comparación, la nuestra de la Frascheta no llega ni a lengua, a ladrido de perro como mucho, y nadie escribe en esa lengua, porque todavía lo hacen en latín. Así pues, cuando yo emborronaba este pergamino quizá era el primero que intentaba escribir como hablábamos. Después me convertí en hombre de letras y escribía en latín.
—Y aquí ¿qué dices?
—Como ves, viviendo entre gente docta sabía incluso en qué año estábamos. Escribía en diciembre del anno domini 1155. No sabía qué edad tenía, mi padre decía doce años, mi madre quería que fueran trece, porque quizá los esfuerzos para hacerme crecer timorato de Dios habían hecho que le parecieran más largos. Cuando escribía, seguramente andaba por los catorce. De abril a diciembre había aprendido a escribir. Me había aplicado con fervor, después de que el emperador me llevara consigo, ingeniándomelas en todas las situaciones, en un campo, bajo una tienda, apoyado en la pared de una casa destruida. Con tablillas la mayoría de las veces, raramente en pergaminos. Me estaba acostumbrando ya a vivir como Federico, que nunca se quedó más de unos meses en el mismo lugar, siempre y sólo en invierno, y el resto del año, en camino, durmiendo cada noche en un sitio distinto.
—Sí, pero aquí ¿qué cuentas?
—A principios de aquel año, yo aún vivía con mi padre y mi madre, algunas vacas y un huerto. Un ermitaño de aquellos predios me había enseñado a leer. Yo vagabundeaba por el bosque y por la ciénaga, era un niño con mucha imaginación, veía unicornios, y, decía, se me aparecía en la niebla San Baudolino...
—Nunca he oído mencionar a ese santo varón. ¿Se te aparecía de verdad?
—Es un santo de nuestras tierras, era obispo de Villa del Foro. Que luego lo viera, eso es otro asunto. Señor Nicetas, el problema de mi vida es que siempre he confundido lo que veía y lo que deseaba ver...
—Les pasa a muchos...
—Sí, pero a mí siempre me ha pasado que en cuanto decía he visto esto, o he encontrado esta carta que dice tal o cual (que a lo mejor la había escrito yo), parecía que los demás no estuvieran esperando otra cosa. Sabes, señor Nicetas, cuando tú dices una cosa que has imaginado, y los demás te dicen que es precisamente así, acabas por creértelo tú también. Así pues, yo andaba por la Frascheta y veía santos y unicornios en el bosque, y cuando me encontré con el emperador, sin saber quién era, y le hablé en su lengua, le dije que a mí me había dicho San Baudolino que él habría conquistado Terdona. Yo lo decía, así, para darle gusto, pero a él le convenía que se lo dijera a todo el mundo y, sobre todo, a los emisarios de Terdona, de modo que ellos se convencieran de que también los santos estaban en su contra, y por eso me compró a mi padre, que me vendió no tanto por las pocas monedas que le dio sino por la boca que le quitó. Así cambió mi vida.
—Te convertiste en su familio?
—No, en parte de su familia: en su hijo. Por aquel entonces, Federico todavía no había sido padre, creo que me había tomado afecto, a mí, que le decía lo que los demás le callaban por respeto. Me trató como si fuera una criatura suya, me alababa por mis garabatos, por las primeras cuentas que sabía hacer con los dedos, por las nociones que estaba aprendiendo sobre su padre y sobre el padre de su padre... Pensando, quizá, que no entendía, a veces se confiaba conmigo.
—Pero a este padre ¿lo amabas más que al carnal, o estabas fascinado por su majestad?
—Señor Nicetas, hasta entonces nunca me había preguntado si amaba a un padre Gagliaudo. Prestaba sólo atención a no estar al alcance de sus patadas o de sus bastonazos, y me parecía una cosa normal para un hijo. Que luego lo amara... me di cuenta de ello sólo cuando murió. Antes de entonces no creo haber abrazado nunca a mi padre. Más bien iba a llorar en el regazo de mi madre, pobre mujer, pero tenía tantos animales que cuidar que tenía poco tiempo para consolarme. Federico era de buena estatura, con la cara blanca y roja, y no color de cuero como la de mis paisanos, los cabellos y la barba llameantes, las manos largas, los dedos finos, las uñas bien cuidadas, estaba seguro de sí e infundía seguridad, era alegre y decidido e infundía alegría y decisión, era valiente e infundía valor... Cachorro de león yo, león él. Sabía ser cruel, pero con las personas que amaba era dulcísimo. Yo lo he amado. Era la primera persona que escuchaba lo que yo decía.
—Te usaba como voz del pueblo... Buen señor el que no presta oídos sólo a los cortesanos sino que intenta entender cómo piensan sus súbditos.
—Sí, pero yo ya no sabía quién era y dónde estaba. Desde que había encontrado al emperador, de abril a septiembre, el ejército imperial había recorrido dos veces Italia, una de Lombardía a Roma y la otra en dirección contraria, procediendo como una culebra desde Espoleto hasta Ancona, de allí a las Apulias, y luego otra vez a la Romania, y otra vez hacia Verona, y Tridentum, y Bauzano, atravesando las montañas y volviendo a Alemania. Después de doce años pasados apenas entre dos ríos, si llega, yo había sido arrojado al centro del universo.
—Eso es lo que te parecía a ti.
—Ya lo sé, señor Nicetas, que el centro del universo sois vosotros, pero el mundo es más vasto que vuestro imperio, están la última Thule y el país de los Hibernios. Está claro que, ante Constantinopla, Roma es un amasijo de ruinas y París una aldea fangosa, pero también allá sucede algo de vez en cuando, por vastas y vastas tierras del mundo no se habla griego, y hay incluso gente que para decir que están de acuerdo dicen: oc.
—¿Oc?
—Oc.
—Extraño. Pero sigue.
—Sigo. Veía Italia entera, lugares y rostros nuevos, ropas que nunca había visto, damascos, bordados, capas doradas, espadas, armaduras, oía voces que me costaba imitar día tras día. Recuerdo sólo confusamente cuando Federico recibió la corona de hierro de rey de Italia en Pavía, luego la bajada hacia la Italia denominada Citerior, el recorrido a lo largo de la vía francígena, el emperador que se encuentra con el papa Adriano en Sutri, la coronación en Roma...
—Pero este basileo tuyo, o emperador como decís vosotros, fue coronado ¿en Pavía o en Roma? ¿Y por qué en Italia, si es basileo de los alamanoi?
—Vayamos por orden, señor Nicetas, entre nosotros los latinos no es fácil como entre vosotros los romeos. Aquí, uno le saca los ojos al basileo del momento, se convierte él en basileo, todos están de acuerdo e incluso el patriarca de Constantinopla hace lo que dice el basileo, si no, el basileo le saca los ojos también a él...
—Ahora no exageres.
—¿Exagero? Cuando llegué me explicaron enseguida que el basileo Alejo III había subido al trono porque había cegado al legítimo basileo, su hermano Isaac.
—En vuestras tierras ¿ningún rey elimina al precedente para arrebatarle el trono?
—Sí, pero lo mata en batalla, o con un veneno, o con un puñal.
—Lo veis, sois unos bárbaros, no conseguís concebir una manera menos cruenta de acomodar los asuntos de gobierno. Y además, Isaac era hermano de Alejo, y no se mata a un hermano.
—Ya entiendo, fue un acto de benevolencia. Entre nosotros no pasa lo mismo. El emperador de los latinos, que no es latino, desde los tiempos de Carlomagno, es el sucesor de los emperadores romanos, los de Roma, quiero decir, no los de Constantinopla. Pero, para estar seguro de serlo, tiene que hacer que lo corone el papa, porque la ley de Cristo ha barrido la ley de los dioses falsos y mentirosos. Pero, para ser coronado por el papa, el emperador debe ser reconocido por las ciudades de Italia, que van cada una un poco a su aire, y entonces debe ser coronado rey de Italia. Naturalmente con tal de que lo hayan elegido los príncipes teutónicos. ¿Está claro?
Nicetas había aprendido desde hacía tiempo que los latinos, aun siendo bárbaros, eran complicadísimos, nulos en asuntos de sutilezas y de distingos si estaba en juego una cuestión teológica, pero capaces de encontrarle tres pies al gato en una cuestión de derecho. De suerte que, durante todos los siglos que los romeos de Bizancio habían empleado en fructuosos concilios para definir la naturaleza de Nuestro Señor, pero sin poner en discusión ese poder que todavía venía directamente de Constantino, los occidentales les habían dejado la teología a los señores curas de Roma y habían empleado su tiempo en envenenarse y darse marrazos unos a otros para establecer si todavía había un emperador, y quién era, con el gran resultado de que un emperador de verdad no lo habían vuelto a tener.
—Así pues, Federico necesitaba una coronación en Roma. Debe de haber sido una cosa solemne...
—Hasta cierto punto. Primero, porque San Pedro en Roma con respecto a Santa Sofía es una choza, y bastante deslucida. Segundo, porque la situación en Roma era muy confusa; en aquellos días el papa estaba parapetado cerca de San Pedro y de su castillo mientras que, al otro lado del río, los romanos parecían haberse convertido en los dueños de la ciudad. Tercero, porque no se entendía bien si el papa le hacía un feo al emperador o el emperador al papa.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que, si prestaba oídos a los príncipes y obispos de la corte, estaban furibundos por la manera en la que el papa estaba tratando al emperador. La coronación debe celebrarse el domingo, y la hicieron un sábado, el emperador debe ser ungido en el altar mayor, y Federico fue ungido en un altar lateral, y no en la cabeza como sucedía antaño, sino entre los brazos y los omóplatos, no con el crisma sino con el óleo de los catecúmenos. Es posible que no entiendas la diferencia, ni la entendía yo entonces, pero en la corte todos tenían el rostro sombrío. Yo me esperaba que también Federico estuviera rabioso como una onza parda, y, en cambio, se deshacía en cortesías con el papa, y el que tenía la cara sombría, más bien, era el papa, como si hubiera hecho un mal negocio. Le pregunté claramente a Federico por qué refunfuñaban los barones y él no, y me contestó que debía entender el valor de los símbolos litúrgicos, donde basta una nadería para cambiarlo todo. Él necesitaba que se celebrara la coronación, y que la hiciera el papa, pero no debía ser demasiado solemne, porque, si no, quería decir que él era emperador sólo por gracia del papa y, en cambio, lo era ya por voluntad de los príncipes germánicos. Le dije que era más listo que un zorro, porque era como si hubiera dicho: mira, papa, que tú aquí eres sólo el notario, los pactos ya los he firmado yo con el Padre Eterno. Federico se echó a reír dándome un coscorrón en la cabeza, y dijo, muy bien, muy bien, tú encuentras enseguida la manera adecuada de decir las cosas. Luego me preguntó qué había hecho en Roma aquellos días, porque él estaba tan ocupado con las ceremonias que me había perdido de vista. He visto qué grandes ceremonias habéis hecho, le dije. Es que a los romanos, me refiero a los de Roma, no les gustaba aquel asunto de la coronación en San Pedro, porque el senado romano, que quería ser más importante que el pontífice, quería coronar a Federico en el Capitolio. Federico, en cambio, se negó, porque, si luego iba a decir que había sido coronado por el pueblo, no sólo los príncipes germánicos, sino también los reyes de Francia y de Inglaterra le dirían pero qué gran unción, la que le ha hecho la sagrada plebe, mientras que si decía que lo había ungido el papa, todos se tomarían en serio el asunto. Pero la cosa era aún más complicada, y yo lo entendí sólo después. Los príncipes germánicos habían empezado a hablar desde hacía poco de la translatio imperii, esto es, como si dijéramos que la herencia de los emperadores de Roma había pasado a ellos. Ahora bien, si Federico dejaba que el papa lo coronara, era como decir que su derecho era reconocido también por el vicario de Cristo en la tierra, que tal sería aunque viviera, por poner una, en Edesa o en Ratisbona. Pero, si hacía que le coronara el senado y el populusque romano, era como decir que el imperio todavía estaba allí y no había existido la translatio. Pues bravo bonete, como decía mi padre Gagliaudo. Ni que decir tiene que eso el emperador no podía tolerarlo. Por eso, mientras se celebraba el gran banquete de la coronación, los romanos enfurecidos cruzaron el Tíber y mataron no sólo a algunos curas, que era cosa de todos los días, sino también a dos o tres imperiales. A Federico se le inflaron las narices, interrumpió el banquete y los quiso a todos bien muertos, después de lo cual en el Tíber había más cadáveres que peces, y al final de la jornada los romanos habían entendido quién era el amo, pero desde luego, como fiesta, no fue una gran fiesta. De ahí el mal humor de Federico con esos comunes de la Italia Citerior, y por eso cuando, a finales de julio, llega ante Espoleto, pide que le paguen la hospitalidad, y los espoletinos se arman un lío, se sulfura peor aún que en Roma y hace una matanza que ésta de Constantinopla es sólo un juego... Debes entender, señor Nicetas, que un emperador debe portarse como emperador, sin hacer caso de los sentimientos... Aprendí muchas cosas en aquellos meses; después de Espoleto se produjo el encuentro con los emisarios de Bizancio en Ancona, luego el regreso hacia la Italia Ulterior, hasta las laderas de los Alpes que Otón no sé por qué denominaba Pirineos, y era la primera vez que veía las cimas de las montañas cubiertas de nieve. Y mientras tanto, día tras día, el canónigo Rahewin me iniciaba en el arte de la escritura.
—Dura iniciación para un muchacho...
—No, no dura. Es verdad que, si no entendía algo, el canónigo Rahewin me daba un buen capón, pero a mí no me producía ni frío ni calor después de los sopapos de mi padre, pero para todo lo demás, todos estaban pendientes de mis labios. Si se me ocurría decir que había visto una sirena en el mar —después de que el emperador me había llevado allí como el que veía a los santos— todos se lo creían y me decían, muy bien, muy bien...
—Eso te habrá enseñado a medir las palabras.
—Al contrario, eso me enseñó a no medirlas en absoluto. Total, pensaba yo, diga lo que diga, es verdad porque lo he dicho... Cuando íbamos camino de Roma, un cura que se llamaba Conrado me contaba las mirabilia de aquella urbe, de los siete autómatas del Capitolio que representaban los días de la semana y anunciaban, cada uno con una campanilla, una sublevación en una provincia del imperio, o de las estatuas de bronce que se movían solas, o de un palacio lleno de espejos encantados... Luego llegamos a Roma y, el día que se dedicaron a matarse a lo largo del Tíber, yo me escapé y vagabundeé por la ciudad. Y, anda por aquí, anda por allá, vi sólo rebaños de ovejas entre ruinas antiguas, y debajo de los soportales a lugareños que hablaban la lengua de los judíos y vendían pescado, pero mirabilia ni una, excepto una estatua a caballo en Letrán, y ni siquiera me pareció gran cosa. Y aun así, cuando en el camino de vuelta todos me preguntaban qué había visto ¿qué podía decir? ¿que en Roma había sólo ovejas entre ruinas y ruinas entre ovejas? No me habrían creído. Y entonces les contaba de las mirabilia de las que me habían contado, y añadía alguna más, por ejemplo, que en el palacio de Letrán había visto un relicario de oro adornado de diamantes, y dentro el ombligo y el prepucio de Nuestro Señor. Todos estaban pendientes de mis labios y decían qué pena que aquel día tuviéramos que dedicarnos a matar a los romanos y no viéramos todas esas mirabilia. Así, en todos estos años, he seguido oyendo fábulas sobre las maravillas de la ciudad de Roma, en Alemania, y en Borgoña, e incluso aquí, sólo porque yo las había contado.

Mientras tanto habían regresado los genoveses, vestidos de monjes, que precedían campanilleando a una brigada de seres envueltos en mugrientos ropajes blancuzcos que cubrían también sus rostros. Eran la mujer embarazada de Nicetas, con el último retoño todavía en brazos, y otros hijos e hijas, jovenzuelas graciosísimas, algún pariente y pocos siervos. Los genoveses les habían hecho cruzar la ciudad como si fueran una cuadrilla de leprosos, e incluso los peregrinos les habían abierto el paso.
—¿Cómo han podido tomaros en serio? —preguntaba riéndose Baudolino—. ¡Pase por los leprosos, pero vosotros, incluso con esa ropa no tenéis pinta de monjes!
—Con perdón de vuestras barbas, los peregrinos son una banda de abelinados, —había dicho Taraburlo—. Y además, con la de tiempo que llevamos aquí, el poco de griego que sirve lo sabemos incluso nosotros. Repetíamos kyrieleison pigué pigué, todos juntos en voz baja, como si fuera una letanía, y todos se apartaban, algunos santiguándose, otros enseñando cuernos y otros palpándose los cojones por si acaso.
Un siervo había llevado a Nicetas un cofrecillo, y Nicetas se retiró hacia el fondo del cuarto para abrirlo. Volvió con unas monedas de oro para los dueños de casa, los cuales se prodigaron en bendiciones y afirmaron que, hasta que se fuera, el amo allá dentro era él. Se distribuyó a la amplia familia en las casas cercanas, en callejones un poco guarros, donde a ningún latino se le habría ocurrido entrar a buscar botín.
Satisfecho ya, Nicetas llamó a Pévere, que parecía el más calificado entre sus anfitriones, y le dijo que, si debía permanecer escondido, no por ello quería renunciar a sus placeres habituales. La ciudad ardía, pero en el puerto seguían arribando las naves de los mercaderes, y las barcas de los pescadores, que, es más, tenían que detenerse en el Cuerno de Oro sin poder descargar sus mercancías en las alhóndigas. Si uno tenía dinero, podía comprar barato todo lo necesario para una vida regalada. En cuanto a una cocina como Dios manda, entre los parientes recién salvados estaba su cuñado Teófilo que era un cocinero excelente, bastaba con que les dijera los ingredientes que necesitaba. Y de esta forma, hacia la tarde, Nicetas pudo ofrecer a su anfitrión una comida de logotetas. Se trataba de un cabrito lechal, relleno de ajo, cebolla y puerros, rociado con una salsa de pescados en salmuera.
—Hace más de doscientos años —dijo Nicetas— vino a Constantinopla, como embajador de vuestro rey Otón, un obispo, Luitprando, que fue huésped del basileo Nicéforo. No fue un gran encuentro, y supimos después que Luitprando había redactado una relación de su viaje en la que a nosotros los romanos se nos describía como sórdidos, toscos, inciviles, ataviados con ropajes raídos. Ni siquiera podía soportar el vino resmado, y le parecía que todas nuestras comidas se ahogaban en aceite. De una sola cosa habló con entusiasmo, y fue de este plato.
A Baudolino el cabrito le gustaba, y siguió contestando a las preguntas de Nicetas.
—Así pues, viviendo con un ejército aprendiste a escribir. Pero ya sabías leer.
—Sí, pero escribir es más arduo. Y en latín. Porque si el emperador quería mandar a tomar por saco a unos soldados se lo decía en alemánico, pero si le escribía al papa o a su primo Jasormigott, tenía que hacerlo en latín, y así todos los documentos de la cancillería. Me costaba garabatear las primeras letras, copiaba palabras y frases cuyo sentido no comprendía, pero bueno, al final de aquel año sabía escribir. Lo que pasa es que Rahewin todavía no había tenido tiempo de enseñarme la gramática. Sabía copiar pero no expresarme con mi cabeza. Por eso escribía en la lengua de la Frascheta. ¿Pero era de verdad la lengua de la Frascheta? Estaba mezclando recuerdos de otras maneras de hablar que oía a mi alrededor, las de los astesanos, los pavianos, los milaneses, los genoveses, gentes que de vez en cuando no se entendían entre sí. Más tarde, por aquellas partes, construimos una ciudad, con gente que venía de aquí y de allá, reunidos para construir una torre, y todos se pusieron a hablar de la misma e idéntica manera. Creo que era un poco la manera que había inventado yo.
—Has sido un nomoteta, dijo Nicetas.
—No sé lo que quiere decir, pero quizá sea así. En cualquier caso, las hojas sucesivas estaban ya en un latín discreto. Yo estaba ya en Ratisbona, en un claustro tranquilo, encomendado a los cuidados del obispo Otón, y en aquella paz tenía hojas y hojas que hojear... Aprendía. Verás entre otras cosas que el pergamino está raspado malamente, y todavía se divisan partes del texto que estaba debajo. Yo era un buen bribón, se lo escamoteé a mis maestros, me pasé dos noches raspando lo que creía antiguas escrituras para tener espacio a mi disposición. Los días siguientes el obispo Otón se desesperaba porque no encontraba la primera versión de su Chronica sive Historia de duabus civitatibus, que llevaba escribiendo más de diez años, y acusaba al pobre Rahewin de haberla perdido en algún viaje. Al cabo de dos años se convenció de volverla a escribir; yo le hacía de escribano, y nunca osé confesarle que la primera versión de su Chronica la había raspado yo. Como ves, hay una justicia, porque al final también he perdido la mía, mi crónica, sólo que yo no encuentro el valor para volverla a escribir. Pero yo sé que, al volverla a escribir, Otón estaba cambiando algunas cosas...
—¿En qué sentido?
—Si te lees su Chronica, que es una historia del mundo, verás que Otón, como diría yo, no tenía una buena opinión del mundo y de nosotros los hombres. El mundo quizá había empezado bien, pero iba de mal en peor, en fin, mundus senescit, el mundo envejece, estamos acercándonos al final... Pero precisamente el año en que Otón empezaba a escribir de nuevo la Chronica, el emperador le pidió que celebrara también sus empresas, y Otón se puso a escribir las Gesta Friderici, que luego no acabó porque murió al cabo de poco más de un año, y las continuó Rahewin. Y tú no puedes contar las hazañas de tu soberano si no estás convencido de que con él en el trono empieza un nuevo siglo, en fin, si no estás convencido de que se trata de una historia iucunda...
—Se puede escribir la historia de los propios emperadores sin renunciar a la severidad, explicando cómo y por qué van hacia su ruina...
—Quizá tú lo hagas, señor Nicetas, pero el buen Otón no, y yo te digo sólo cómo fueron las cosas. Así pues, aquel santo varón por una parte escribía la Chronica, donde el mundo iba mal, y por la otra, las Gesta, donde el mundo no podía sino ir cada vez mejor. Tú dirás: se contradecía. Ojalá fuera sólo eso. Es que yo sospecho que, en la primera versión de la Chronica, el mundo iba aún peor, y para no contradecirse demasiado, a medida que iba reescribiendo la Chronica, Otón se iba volviendo más indulgente con nosotros pobres hombres. Y eso lo provoqué yo, raspando su primera versión. Quizá, si aún la hubiera tenido, Otón no habría tenido el valor de escribir las Gesta, y puesto que un mañana se dirá mediante esas Gesta lo que Federico hizo o dejó de hacer, si yo no llego a raspar la primera Chronica la cosa acababa en que Federico no había hecho todo lo que decimos que ha hecho.
Tú, —se decía Nicetas—, eres como el cretense mentiroso; me dices que eres un embustero de pura cepa y pretendes que te crea. Quieres hacerme creer que les has contado mentiras a todos menos a mí. En mis muchos años en la corte de estos emperadores he aprendido a desenvolverme entre las trampas de maestros de lo mendaz más maliciosos que tú... Por confesión propia, tú no sabes ya quién eres, y quizá precisamente porque has contado demasiadas mentiras, incluso a ti mismo. Y me estás pidiendo a mí que te construya la historia que a ti se te escapa. Pero yo no soy un mentiroso de tu calaña. Llevo toda la vida interrogando los relatos ajenos para obtener la verdad. Quizá me pides una historia que te absuelva de haber matado a alguien para vengar, la muerte de tu Federico. Estás construyendo paso a paso esta historia de amor con tu emperador, de modo que luego resulte natural explicar por qué tenías el deber de vengarlo. Aun admitiendo que lo hayan matado, y que lo haya matado el que tú mataste.
Luego Nicetas miró hacia fuera:
—El fuego está alcanzando la Acrópolis.
—Yo traigo la desventura a las ciudades.
—Te crees omnipotente. Es un pecado de soberbia.
—No, si acaso es un acto de mortificación. Toda mi vida, en cuanto me acercaba a una ciudad, la ciudad era destruida. Yo he nacido en una tierra diseminada de burgos y algún modesto castillo, donde oía decantar a mercaderes de paso las bellezas de la urbis Mediolani, pero no sabía qué era una ciudad, ni siquiera me había llegado a Terdona, cuyas torres veía de lejos, y Asti o Pavía estaban, para mí, en los límites del Paraíso Terrenal. Pero después, todas las ciudades que he conocido o iban a ser destruidas o habían ardido ya: Terdona, Espoleto, Crema, Milán, Lodi, Iconio, y por último Pndapetzim. Y lo mismo será de ésta. ¿No seré yo, como diríais vosotros los griegos, polioclasta en virtud del mal de ojo?
—No seas el que se castiga a sí mismo.
—Tienes razón. Por lo menos una vez, una ciudad, y era la mía, la salvé, con una mentira. ¿Tú dices que una vez basta para excluir el mal de ojo?
—Quiere decir que no hay un destino.
Baudolino se quedó un rato en silencio. El griego se dio la vuelta y miró la que había sido Constantinopla.
—Me siento culpable igualmente. Los que están haciendo esto son venecianos, y gentes de Flandes, y, sobre todo, caballeros de Champaña y de Blois, de Troyes, de Orléans, de Soissons, por no hablar de mis monferrines. Habría preferido que esta ciudad la hubieran destruido los turcos.
—Los turcos no lo harían jamás, dijo Nicetas. Estamos en excelentes relaciones con ellos. Era de los cristianos de quien debíamos guardarnos. Pero quizá vosotros seáis la mano de Dios, que os ha mandado como castigo por nuestros pecados.
—Gesta Dei per Francos —dijo Baudolino.

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martes, octubre 12, 2004

Baudolino - Parte II - Baudolino se encuentra con Nicetas Coniates

—¿Qué es esto? —preguntó Nicetas, después de darle unas vueltas entre las manos al pergamino e intentar leer algunas líneas.
—Es mi primer ejercicio de escritura —contestó Baudolino— y desde que lo escribí (tenía, creo yo, catorce años, y todavía era una criatura del bosque), desde entonces lo he llevado encima como un amuleto. Después he rellenado muchos pergaminos más, algunas veces día a día. Tenía la impresión de existir sólo porque por la noche podía relatar lo que me había pasado por la mañana. Más tarde, me conformaba con epítomes mensuales, pocas líneas, para acordarme de los acontecimientos principales. Y, me decía, cuando esté entrado en años (que a saber, sería ahora), extenderé las Gesta Baudolini sobre la base de estas notas. De esa manera, en el transcurso de mis viajes, llevaba conmigo la historia de mi vida. Pero en la huida del reino del Preste Juan...
—¿Preste Juan? Nunca he oído hablar de él.
—Ya te hablaré yo de él, quizá incluso demasiado. Te estaba diciendo: al huir perdí aquellos papeles. Fue como perder la vida misma.
—Pues entonces ya me contarás a mí lo que recuerdes. A mí me llegan fragmentos de hechos, retazos de acontecimientos, y yo saco de ellos una historia, entretejida de designio providencial. Tú, al salvarme, me has regalado el poco futuro que me queda, y yo te corresponderé devolviéndote el pasado que has perdido.
—Pero quizá mi historia es un sinsentido...
—No hay historias sin sentido. Y yo soy uno de esos hombres que saben encontrarlo allá donde los demás no lo ven. Después de lo cual la historia se convierte en el libro de los vivos, como una trompeta brillante que hace resurgir de su sepulcro a los que son polvo desde hace siglos... Sólo que se necesita tiempo, hay que considerar los acontecimientos, vincularlos, descubrir los nexos, incluso los menos visibles. Claro que tampoco tenemos nada más que hacer, tus genoveses dicen que tendremos que esperar hasta que la rabia de esos perros se haya calmado.
Nicetas Coniates, ya orador de corte, juez supremo del imperio, juez del Velo, logoteta de los secretos, es decir —como habrían dicho los latinos— canciller del basileo de Bizancio, además de historiador de muchos Comnenos y de los Ángelos, miraba con curiosidad al hombre que tenía delante. Baudolino le había dicho que se habían visto en Gallípoli, en los tiempos del emperador Federico, pero si Baudolino estaba, estaba confundido entre muchos ministeriales, mientras que Nicetas, que negociaba en nombre del basileo, era mucho más visible. ¿Mentía? En cualquier caso, era él quien lo había sustraído a la furia de los invasores, lo había conducido a un lugar seguro, lo había reunido con su familia y le prometía sacarle de Constantinopla...
Nicetas observaba a su salvador. Más que un cristiano, parecía un sarraceno. Un rostro quemado por el sol, una cicatriz pálida que atravesaba toda la mejilla, una corona de cabellos todavía rojizos, que le otorgaba un cariz leonino. Nicetas se habría sorprendido, más tarde, al saber que ese hombre tenía más de sesenta años. Las manos eran gruesas; cuando las tenía recogidas en el regazo, se notaban en el acto sus nudosos nudillos. Manos de campesino, hechas más para la azada que para la espada.
Y, aun así, hablaba un griego fluido, sin escupir saliva en cada palabra como solían hacer los extranjeros, y Nicetas acababa de oírle dirigirse a algunos invasores en uno de sus erizados idiomas, que hablaba rápido y seco, como quien sabe usar esa lengua también para el insulto. Por otra parte, la noche antes le había dicho que poseía un don: le bastaba oír a dos hablando una lengua cualquiera, y al cabo de poco era capaz de hablar como ellos. Don singular, que Nicetas creía había sido concedido sólo a los apóstoles.
Vivir en la corte, y qué corte, le había enseñado a Nicetas a valorar a las personas con reposada desconfianza. Lo que llamaba la atención en Baudolino era que, dijera lo que dijese, miraba de soslayo a su interlocutor, como para advertirle de que no lo tomara en serio. Costumbre que se le podía consentir a todo el mundo, menos a alguien de quien te esperas un testimonio veraz, que habrá de traducirse en Estoria. Por otra parte, Nicetas era curioso por naturaleza. Amaba oír relatar a los demás, y no sólo de cosas que no conocía. Incluso lo que ya había visto con sus propios ojos, cuando alguien se lo repetía le parecía estar mirándolo desde otro punto de vista, como si se encontrara en la cima de una de esas montañas de los íconos, y viera las piedras tal como las veían los apóstoles desde el monte, y no como las veía el fiel desde abajo. Además, le gustaba interrogar a los latinos, tan distintos de los griegos, empezando por esas lenguas suyas novísimas, cada una distinta de la otra.

Nicetas y Baudolino estaban sentados uno enfrente del otro, en la habitación de una torrecilla, con ajimeces que se abrían sobre tres lados. Uno mostraba el Cuerno de Oro y la orilla opuesta de Pera, con la torre de Galata que sobresalía de su séquito de rabales y casuchas; por el otro, se veía desembocar el canal del puerto en el Brazo de San Jorge; y, por fin, el tercero miraba hacia occidente, y desde ahí habría debido verse toda Constantinopla. Pero aquella mañana el color tierno del cielo estaba ofuscado por el humo denso de los palacios y de las basílicas consumidas por el fuego.
Era el tercer incendio que estallaba en la ciudad en los últimos nueve meses; el primero había destruido almacenes y reservas de la corte, desde las Blaquernas hasta los muros de Constantino; el segundo había devorado las alhóndigas de venecianos, amalfuanos, pisanos y judíos, desde Perama hasta casi la costa, salvando sólo ese barrio de genoveses casi a los pies de la Acrópolis, y el tercero estaba propagándose ahora por doquier.
Abajo, un verdadero río de llamas: caían por tierra los soportales, se derrumbaban los palacios, se quebraban las columnas, los globos de fuego que salían despedidos del centro de esa deflagración consumían las casas lejanas y las llamas, empujadas por los vientos que alimentaban caprichosamente ese infierno, regresaban para devorar lo que antes habían perdonado. Arriba, se levantaban nubes densas, todavía rojeantes en su base por los reflejos del fuego, pero de colores distintos, no se entiende si por un engaño de los rayos del sol naciente o por la naturaleza de las especias, o de las maderas, o de cualquier otra materia combusta de las que nacían. Según cómo soplara el viento, desde puntos distintos de la ciudad, llegaban aromas de nuez moscada, de canela, de pimienta y de azafrán, de mostaza o de jengibre, de suerte que la ciudad más bella del mundo ardía, sí, pero como un pebetero de perfumados aromas.
Baudolino daba la espalda al tercer ajimez, y parecía una sombra oscura aureolada por la doble claridad tanto del día como del incendio. Nicetas en parte lo escuchaba y en parte volvía a las vicisitudes de los días precedentes.

Desgraciadamente, aquella mañana del miércoles 14 de abril del año del Señor 1204, es decir, seismilsetecientosdoce desde el principio del mundo, como se usaba calcular en Bizancio, hacía dos días que los bárbaros se habían apoderado definitivamente de Constantinopla. El ejército bizantino, tan rutilante de armaduras y de escudos y de yelmos cuando desfilaba, y la guardia imperial de los mercenarios ingleses y daneses, armados con sus terribles segures, que todavía el viernes habían resistido batiéndose con arrojo, cedieron el lunes, cuando los enemigos, por fin, habían violado las murallas. Fue una victoria tan repentina que los vencedores mismos se detuvieron, atemorizados, al caer la tarde, esperándose una respuesta; y, para mantener alejados a los defensores, provocaron el nuevo incendio. La mañana del martes toda la ciudad se dio cuenta de que, con nocturnidad, el usurpador Alejo Ducas Murzuflo había huido tierras adentro. Los ciudadanos, huérfanos ya y derrotados, maldijeron a ese ladrón de tronos a quien habían alabado hasta la noche anterior, a quien habían cubierto de parabienes cuando había estrangulado a su predecesor, y no sabiendo qué hacer (pávidos, pávidos, pávidos, qué vergüenza, se quejaba Nicetas ante la afrenta de aquella rendición), se reunieron en un gran cortejo. Con el patriarca y curas de todas las razas en sus vestiduras rituales, con los monjes voceando piedad, listos para venderse a los nuevos poderosos como siempre se habían vendido a los viejos, con las cruces y las imágenes de Nuestro Señor levantadas por las alturas tanto como sus gritos y lamentos, salieron al encuentro de los conquistadores confiando en amansarlos.
Qué locura, esperar piedad de esos bárbaros, que no tenían necesidad alguna de que el enemigo se rindiera para hacer lo que llevaban meses soñando: destruir la ciudad más extensa, más poblada, más rica, más noble del mundo y repartirse sus despojos. La inmensa comitiva de los plañideros se encontraba ante descreídos con el ceño airado, con la espada todavía roja de sangre, y sus caballos piafando. Como si el cortejo nunca hubiera existido, se había dado inicio al saqueo.
Oh Cristo Señor y Dios, ¡cuáles fueron entonces nuestras angustias y nuestras tribulaciones! ¿Cómo y por qué el fragor del mar, la ofuscación y la total oscuridad del sol, la roja aureola de la luna, los movimientos de las estrellas no nos habían presagiado aquella última desventura? Así lloraba Nicetas, la tarde del martes, extraviados sus pasos en la que había sido la capital de los últimos romanos, intentando evitar, por un lado, las hordas de los infieles; por el otro, encontrándose con el camino cerrado por renovados focos de incendio, desesperado por no poder tomar el camino de casa y temeroso de que, mientras tanto, algunos de aquellos canallas amenazaran a su familia.
Por fin, al oscurecer, no osando atravesar los jardines y los espacios abiertos entre Santa Sofía y el Hipódromo, corrió hacia el templo al ver abiertas sus grandes puertas, y sin sospechar que la furia de los bárbaros habría llegado a profanar también aquel lugar.
Pero nada más entrar, palidecía ya de horror. Aquel gran espacio estaba sembrado de cadáveres, entre los cuales caracoleaban caballeros enemigos obscenamente borrachos. Allá la patulea se dedicaba a abatir a mazazos la verja de plata de la tribuna, rebordeada de oro. El magnífico púlpito había sido atado con cuerdas para que una hilera de mulos arrastrándolo lo arrancara. Una mesnada beoda zahería imprecando a los animales, pero los cascos resbalaban en el suelo pulido, los soldados incitaban primero con la punta luego con el filo de sus espadas a las desgraciadas bestias que prorrumpían por el temor en ráfagas de heces; algunas se caían y se rompían una pata, de suerte que todo el espacio en torno al púlpito era un cieno de sangre y mierda.
Grupos de esa vanguardia del Anticristo, se ensañaban contra los altares, Nicetas vio a unos que abrían de par en par el tabernáculo, agarraban los cálices, arrojaban al suelo las sagradas formas, hacían saltar con el puñal las piedras que adornaban la copa, se las escondían entre la ropa y tiraban el cáliz a un montón común, destinado a la fusión. Otros, antes y a carcajadas, tomaban de la silla de su caballo una bota llena, vertían el vino en el vaso sagrado y bebían de él, parodiando los gestos de un celebrante. Peor aún, en el altar mayor, ya expoliado, una prostituta medio desvestida, alterada por algún licor, bailaba descalza sobre la mesa eucarística, haciendo parodias de ritos sagrados, mientras los hombres se reían y la incitaban a que se quitara las últimas prendas; la prostituta, desnudándose poco a poco, se había puesto a bailar ante el altar la antigua y pecaminosa danza del córdax, y por último se había tirado, eructando cansada, en el sitial del Patriarca.
Llorando por lo que veía, Nicetas se apresuró hacia el fondo del templo, donde se erguía la que la piedad popular llamaba Columna Sudante; y que, en efecto, al tocarla exhibía un místico y continuo sudor propio, pero no era por razones místicas por lo que Nicetas quería alcanzarla. A medio camino se había encontrado con el paso cortado por dos invasores de gran estatura –a él le parecieron gigantes— que le gritaban algo con tono imperioso. No era necesario conocer su lengua para entender que por sus indumentos de hombre de corte presumían que iba cargado de oro, o podía decir dónde lo había escondido. Y Nicetas, en aquel momento, se sintió perdido porque, como ya había visto en su afanosa carrera por las calles de la ciudad invadida, no bastaba con mostrar que se tenían pocas monedas, o con negar tener escondido un tesoro en alguna parte; nobles deshonrados, ancianos llorosos, propietarios expropiados: o los torturaban hasta la muerte para que revelaran dónde habían escondido sus bienes, o los mataban pues, no teniéndolos ya, no conseguían revelarlo. Y cuando lo revelaban, los abandonaban por los suelos, tras haber soportado tales y tantas torturas que no podían sino morir, mientras sus verdugos levantaban una losa, tiraban una pared falsa, hacían que se derrumbara un contratecho e hincaban sus manos rapaces entre vajillas preciosas, con un crujir de sedas y terciopelos, acariciando pieles, desgranando entre los dedos piedras y joyas, oliendo tarros y saquitos de drogas raras.
Así, en aquel instante, Nicetas se vio muerto, lloró a su familia que lo había perdido y pidió perdón a Dios todopoderoso por sus pecados. Y fue entonces cuando entró en Santa Sofía Baudolino.

Apareció galano como un Saladino, con su caballo engualdrapado, una gran cruz roja sobre el pecho, la espada desenvainada, gritando:
—Vientredediós, virgenloba, muertedediós, asquerosos blasfemadores, cerdos simoníacos, ¿es ésta la manera de tratar las cosas de nuestroseñor?
Y venga a darles cimbronazos a todos aquellos blasfemos crucíferos como él, con la diferencia de que él. no estaba borracho sino furibundo. Y llegado a la ramera despatarrada en la silla patriarcal, se inclinó, la agarró por los cabellos y ya la estaba arrastrando entre la bosta de los mulos, gritándole cosas horribles sobre la madre que la había generado. Pero, a su alrededor, todos los que él creía castigar estaban tan borrachos, o tan ocupados en quitar piedras de cualquier materia que las engastara, que no se daban cuenta de lo que hacía.
Haciéndolo, llegó ante los dos gigantes que iban a torturar a Nicetas, miró al miserable que imploraba piedad, soltó la cabellera de la cortesana, que rodó por los suelos baldada, y dijo en excelente griego:
—¡Por los doce Reyes Magos, pero si tú eres el señor Nicetas, ministro del basileo! ¿Qué puedo hacer por ti?
—¡Hermano en Cristo, seas quien seas, —gritó Nicetas—, líbrame de estos bárbaros latinos que me quieren muerto, salva mi cuerpo y salvarás tu alma!
De este intercambio de vocalizaciones orientales los dos peregrinos no habían entendido mucho y le pedían razón a Baudolino, que parecía de los suyos, expresándose en provenzal. Y en excelente provenzal, Baudolino les gritó que aquel hombre era prisionero del conde Balduino de Flandes, por cuya orden lo estaba buscando, precisamente, y por arcana imperii que dos miserables sargentos como ellos nunca habrían entendido. Los dos se quedaron pasmados un instante, luego decidieron que discutiendo perdían tiempo, mientras podían buscar otros tesoros sin esfuerzo, y se alejaron en dirección del altar mayor.
Nicetas no se inclinó a besar los pies de su salvador, entre otras cosas porque estaba ya por los suelos, pero estaba demasiado trastornado para comportarse con la dignidad que su rango habría requerido:
—Mi buen señor, gracias por tu ayuda; así pues, no todos los latinos son fieras desmandadas con el rostro desencajado por el odio. ¡No se portaron así ni siquiera los sarracenos al reconquistar Jerusalén, cuando el Saladino se conformó con pocas monedas para dejar que los habitantes se fueran sanos y salvos! ¡Qué vergüenza para toda la cristiandad, hermanos contra hermanos armados, peregrinos que debían ir a reconquistar el Santo Sepulcro y que se han dejado apartar de su camino por la codicia y por la envidia, y destruyen el imperio romano! ¡Oh Constantinopla, Constantinopla, madre de las iglesias, princesa de la religión, guía de las perfectas opiniones, nodriza de todas las ciencias, reposo de toda belleza, así pues has bebido de la mano de Dios el cáliz del terror, y has ardido de un fuego mucho mayor que el que quemó la Pentápolis! ¿Qué envidiosos e implacables demonios derramaron sobre ti la intemperancia de su ebriedad? ¿qué locos y odiosos pretendientes te encendieron la antorcha nupcial? ¡Oh madre ya vestida del oro y de la púrpura imperiales, ahora sucia y macilenta, y privada de tus hijos, que no encontramos la vía, cual pájaros enjaulados, para abandonar esta ciudad que era nuestra, ni la entereza para quedarnos, y arrollados por muchos errores como estrellas vagantes erramos!
—Señor Nicetas —dijo Baudolino— me habían dicho que vosotros los griegos habláis demasiado y de todo, pero no creía que hasta este punto. Por de pronto, la cuestión está en cómo sacar el culo de aquí. Yo puedo ponerte a salvo en el barrio de los genoveses, pero tú tienes que sugerirme el camino más rápido y seguro para el Neorio, porque esta cruz que llevo en el pecho me protege a mí pero no a ti: esta gente que nos rodea ha perdido las entendederas, si me ven con un griego prisionero piensan que vale algo y se me lo llevan.
—Un camino bueno lo conozco, pero no sigue las calles —dijo Nicetas— y deberías abandonar el caballo...
—Pues abandonémoslo, —dijo Baudolino—, con una indiferencia que asombró a Nicetas, que todavía no sabía lo barato que le había salido a Baudolino su corcel.
Entonces Nicetas le pidió que lo ayudara a levantarse, lo tomó de la mano y se acercó furtivo a la Columna Sudante. Miró a su alrededor: en toda la amplitud del templo, los peregrinos, que vistos de lejos se movían como hormigas, estaban ocupados en alguna dilapidación, y no les prestaban atención. Se arrodilló detrás de la columna e introdujo los dedos en la hendidura un poco desunida de una losa del suelo.
—Ayúdame —le dijo a Baudolino— que quizá entre los dos lo consigamos.
Y, en efecto, después de algunos esfuerzos la losa se levantó, mostrando una abertura oscura.
—Hay unos escalones, —dijo Nicetas—, yo entro primero porque sé dónde poner los pies. Tú luego cierras la losa sobre ti.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Baudolino.
—Bajamos —dijo Nicetas— y luego ya encontraremos a tientas un nicho, dentro hay unas antorchas y un pedernal.
—Lo que se dice una gran ciudad, esta Constantinopla, hermosa y llena de sorpresas, comentó Baudolino mientras bajaba por aquella escalera de caracol. Qué pena que estos cerdos no vayan a dejar piedra sobre piedra.
—¿Estos cerdos? —preguntó Nicetas—. ¿Pero no eres uno de ellos?
—¿Yo? —se asombró Baudolino—. Yo no. Si te refieres a la ropa, la he tomado prestada. Cuando ésos entraron en la ciudad, yo ya estaba dentro de las murallas. Pero ¿dónde están esas antorchas?
—Calma, unos escalones más. ¿Quién eres, cómo te llamas?
—Baudolino de Alejandría, no la de Egipto, sino la que ahora se llama Cesarea, o mejor, quizá ya no se llame nada y alguien la haya quemado como Constantinopla. Allá arriba, entre las montañas del norte y el mar, cerca de Mediolano ¿sabes?
—Algo sé de Mediolano. Una vez sus murallas fueron destruidas por el rey de los tudescos. Y más tarde nuestro basileo les dio dinero para ayudarles a que las reconstruyeran.
—Pues bien, yo estaba con el emperador de los tudescos, antes de que muriera. Tú lo encontraste cuando estaba atravesando la Propóntide, hace casi quince años.
—Federico el Enobarbo. Un grande y nobilísimo príncipe, clemente y misericordioso. Nunca se hubiera comportado como ésos.
—Cuando conquistaba una ciudad tampoco él era tierno.
Por fin llegaron a los pies de la escalera. Nicetas encontró las antorchas y los dos, manteniéndolas altas por encima de la cabeza, recorrieron un largo conducto, hasta que Baudolino vio el vientre mismo de Constantinopla, allá donde, casi debajo de la basílica, una selva de columnas que se perdían en la oscuridad como árboles de una floresta lacustre que surgían de las aguas. Basílica o iglesia colegial completamente invertida, porque incluso la luz, que acariciaba apenas los capiteles que se desvanecían en la sombra de las bóvedas altísimas, no procedía de rosetones o vidrieras, sino del acuátil suelo, que reflejaba la llama movida por los visitantes.
—La ciudad está horadada de cisternas, —dijo Nicetas—. Los jardines de Constantinopla no son un don de la naturaleza sino efecto del arte. Pero mira, ahora el agua nos llega sólo a media pierna porque la han usado casi toda para apagar los incendios. Si los conquistadores destruyen también los acueductos, todos morirán de sed. Normalmente no se puede ir a pie, se necesita una barca.
—¿Y sigue hasta el puerto?
—No, se detiene mucho antes, pero conozco pasadizos y escaleras que hacen que se conecte con otras cisternas, y otras galerías, de modo que, si no en el Neorio Neorio, podríamos andar bajo tierra hasta el Prosforio. Aunque —dijo angustiado, y como si se acordara sólo en ese momento de otro asunto— yo no puedo ir contigo. Te enseño el camino, pero luego debo volver atrás. Debo poner a salvo a mi familia, que está escondida en una casita detrás de Santa Irene. Sabes —pareció excusarse— mi palacio quedó destruido en el segundo incendio, el de agosto...
—Señor Nicetas, tú estás loco. Primero, me haces bajar hasta aquí y abandonar a mi caballo, mientras que yo sin ti podía llegar al Neorio incluso yendo a pie por las calles. Segundo ¿piensas alcanzar a tu familia antes de que te paren otros dos sargentos como ésos con los que te he encontrado? Y aún si lo consigues, luego ¿qué harás? Antes o después alguien os descubrirá, y si estás pensando en coger a los tuyos e irte ¿adónde irás?
—Tengo amigos en Selimbria, —dijo Nicetas perplejo.
—No sé dónde está, pero antes de llegar tendrás que salir de la ciudad. Escúchame, tú a tu familia no le sirves de nada. En cambio, donde yo te llevo encontraremos a unos amigos que en esta ciudad son los que cortan el abadejo, están acostumbrados a tratar con los sarracenos, con los judíos, con los monjes, con la guardia imperial, con los mercaderes persas y ahora con los peregrinos latinos. Es gente astuta, tú les dices dónde está tu familia y mañana te la traen a donde estemos; cómo lo harán, no lo sé, pero lo harán. Lo harían en cualquier caso por mí, que soy un antiguo amigo, y por amor de Dios, pero, aún así, siguen siendo genoveses y si les regalas algo, mejor que mejor. Luego nos quedamos allí hasta que las cosas se tranquilicen, un saqueo no suele durar más de unos días, créeme a mí que he visto muchos. Y después, a Selimbria o a donde quieras.
Nicetas dio las gracias convencido. Y mientras proseguían, le preguntó por qué estaba en la ciudad si no era un peregrino crucífero.
—Llegué cuando los latinos habían desembarcado ya en la otra orilla, con otras personas... que ahora ya no están. Veníamos de muy lejos.
—¿Por qué no habéis dejado la ciudad mientras estabais a tiempo?
Baudolino vaciló antes de contestar:
—Porque... porque tenía que quedarme aquí para entender una cosa.
—¿La has entendido?
—Desgraciadamente sí, pero sólo hoy.
—Otra pregunta. ¿Por qué te ocupas tanto de mí?
—¿Qué debería hacer, si no, un buen cristiano? Aunque en el fondo tienes razón. Habría podido liberarte de esos dos y dejarte huir por tu cuenta, y mírame, aquí estoy pegado a ti como una sanguijuela. Ves, señor Nicetas, yo sé que tú eres un escritor de historias, como lo era el obispo Otón de Fresinga. Pero cuando frecuentaba al obispo Otón, antes de que él muriera, yo era un muchacho, y no tenía una historia, sólo quería conocer las historias de los demás. Ahora podría tener una historia mía, pero no sólo he perdido todo lo que había escrito sobre mi pasado, sino que, si intento recordarlo, se me confunden las ideas. No es que no recuerde los hechos, soy incapaz de darles un sentido. Después de lo que me ha pasado hoy, tengo que hablar con alguien, si no, me vuelvo loco.
—¿Qué te ha pasado hoy? —preguntó Nicetas renqueando con esfuerzo en el agua.
Era más joven que Baudolino, pero su vida de estudioso y cortesano había hecho que engordara y se volviera flojo y perezoso.
—He matado a un hombre. Era la persona que hace casi quince años asesinó a mi padre adoptivo, al mejor de los reyes, al emperador Federico.
—¡Pero Federico se ahogó en Cilicia!
—Así lo creyeron todos. En cambio, fue asesinado. Señor Nicetas, esta tarde en Santa Sofía tú me has visto furibundo tirar de espada, pero debes saber que jamás en mi vida había derramado la sangre de nadie. Soy un hombre de paz. Esta vez he tenido que matar, era el único que podía hacer justicia.
—Ya me contarás. Pero dime cómo es que has llegado tan providencialmente a Santa Sofía para salvarme la vida.
—Mientras los peregrinos empezaban a saquear la ciudad, yo entraba en un lugar oscuro. He salido cuando ya había oscurecido, hace una hora, y me he encontrado cerca del Hipódromo. Casi me atropella una muchedumbre de griegos que huían gritando. Me he metido en el zaguán de una casa semiquemada, para dejarles pasar, y, una vez pasados, he visto a los peregrinos persiguiéndoles. He entendido qué estaba pasando, y en un instante he parado mientes en esta bella verdad: que yo era, sí, un latino y no un griego, pero antes de que esos latinos embrutecidos se dieran cuenta, entre un griego muerto y yo no habría ya diferencia alguna. Pero no es posible, me decía, éstos no querrán destruir la mayor ciudad de la cristiandad precisamente ahora que la han conquistado... Luego reflexionaba que cuando sus antepasados entraron en Jerusalén, en los tiempos de Godofredo de Bouillón, aunque luego la ciudad iba a convertirse en su ciudad, mataron a todos, mujeres, niños y animales domésticos, y Jesús mil y mil veces si no queman por error el Santo Sepulcro. Es verdad que aquéllos eran cristianos que estaban entrando en una ciudad de infieles, pero precisamente en mi viaje he visto las escabechinas que los cristianos pueden hacerse unos a otros por una palabrita, y bien se sabe que nuestros señores curas llevan años peleándose con los vuestros por el asunto del Filioque. Y vamos, no nos engañemos, cuando el guerrero entra en una ciudad no hay hermano para hermano, y mucho menos religión.
—¿Y entonces qué has hecho?
—He salido del zaguán, he andado pegado a las paredes, hasta llegar al Hipódromo. Y allí he visto la belleza desflorecer y trasformarse en algo pesado. Sabes, desde que he llegado a la ciudad, he ido de vez en cuando allá a contemplar la estatua de esa joven, la de los pies bien torneados, la de los brazos de nieve y los labios rojos, esa sonrisa, y esos senos, y la ropa y los cabellos danzando en el viento, que si la veías de lejos no podías creerte que fuera de bronce, porque parecía de carne viva...
—Es la estatua de Helena de Troya. Pero ¿qué ha pasado?
—En poquísimos segundos he visto doblarse la columna sobre la que se erguía como un árbol talado por su base; y por los suelos una gran polvareda. En trozos, allá el cuerpo, a pocos pasos de mí la cabeza, y entonces me he dado cuenta de lo grande que era esa estatua. La cabeza no habría podido abrazarse con los dos brazos extendidos; y me estaba mirando fija y torcida, como una persona acostada, con la nariz horizontal y los labios verticales que, perdóname, me parecían los que tienen las mujeres en medio de las piernas. De los ojos se le habían saltado las pupilas, y parecía haberse vuelto ciega de golpe, ¡Jesús santísimo! ¡igual que ésta!
Y dio un salto hacia atrás salpicando por doquier, porque en el agua la antorcha había iluminado de repente una cabeza de piedra, del tamaño de diez cabezas humanas, que se dedicaba a sujetar una columna, y también esta cabeza estaba acostada, la boca, aún más vulva, entreabierta, muchas serpientes en la cabeza como si de rizos se tratara y una palidez mortífera de viejo marfil.
Nicetas sonrió:
—Ésta lleva aquí siglos, son cabezas de Medusa que vienen no se sabe de dónde y las usaron los constructores como zócalos. Te asustas por poco...
—No me asusto. Es que este rostro lo he visto ya. En otro lugar. —Viendo a Baudolino turbado, Nicetas cambió de tema:
—Me estabas diciendo que han abatido la estatua de Helena...
—Ojalá fuera la única. Todas, todas las que estaban entre el Hipódromo y el Foro, todas las de metal, por lo menos. Montaban encima, les ataban unas sogas o unas cadenas al cuello, y desde el suelo tiraban de ellas con dos o tres yuntas de bueyes. He visto caer todas las estatuas de los aurigas, una esfinge, un hipopótamo y un cocodrilo egipcios, una gran loba con Rómulo y Remo enganchados en sus pechos, y la estatua de Hércules, también esa, he descubierto que era tan grande que el pulgar era como el busto de un hombre normal ... Y luego ese obelisco de bronce con todos esos relieves, el que tiene encima esa mujercita que se voltea según el viento...
—La Compañera del Viento. Qué desastre. Algunas eran obra de antiguos escultores paganos, las más antiguas de los romanos mismos. Pero ¿por qué, por qué?
—Para fundirlas. Lo primero que haces cuando saqueas una ciudad es fundir todo lo que no puedes transportar. Se forman crisoles por doquier, y figúrate aquí, con todas esas hermosas casas en llamas que son como hornos naturales. Y, además, ya los has visto, en la iglesia; desde luego no pueden ir por ahí dejando ver que han cogido las píxides y las patenas de los tabernáculos. Fundir, hay que fundir inmediatamente. Un saqueo —explicaba Baudolino como quien conoce bien el oficio— es como una vendimia, hay que repartirse las tareas, están los que pisan la uva, los que transportan el mosto en las cubas, los que preparan la comida para los que pisan, los que van a coger el vino bueno del año anterior... Un saqueo es un trabajo serio. Por lo menos si quieres que de la ciudad no quede piedra sobre piedra, como en mis tiempos con Mediolano. Pero para eso harían falta los pavianos, aquéllos sí que sabían cómo se hace desaparecer una ciudad. Éstos todavía tienen que aprenderlo todo; derribaban la estatua, luego se sentaban encima y se ponían a beber, luego llegaba uno arrastrando a una mujer del pelo y gritando que era virgen, y todos a meterle el dedo dentro para ver si valía la pena... En un saqueo bien hecho tienes que limpiarlo todo enseguida, casa por casa, y te diviertes después; si no, los más listos cogen lo mejor. Pero, en fin, mi problema era que con gente de esa calaña no me daba tiempo a contarles que había nacido yo también por los predios del marquión del Montferrato. Así es que sólo una cosa se podía hacer. Me he agazapado detrás de la esquina hasta que ha entrado en el callejón un caballero, que con todo lo que había bebido no sabía ni siquiera por dónde se andaba y se dejaba llevar por el caballo. ¡Ha sido tirarle de una pierna, y caerse! Le he quitado el yelmo, le he dejado caer una piedra encima de la cabeza...
—¿Lo has matado?
—No, era una piedra de lo más quebradiza, lo justo para dejarlo desmayado. Me he dado ánimos, porque el caballero empezaba a vomitar cosas violáceas, le he quitado la sobreveste y la cota de Inalla, el yelmo, las armas, he cogido el caballo, y arre a atravesar barrios, hasta que he llegado ante la puerta de Santa Sofía; he visto que entraban con mulos, y ha pasado por delante de mí un grupo de soldados llevándose unos candelabros de plata con sus cadenas gruesas como un brazo, y hablaban como lombardos. Cuando he visto esa trapatiesta, esa infamia, ese vil comercio, he perdido la cabeza, porque los que estaban haciendo esos estragos eran hombres de mis tierras, hijos devotos del papa de Roma...
Discurriendo de este modo, justo cuando iban a acabarse las antorchas, emergieron de la cisterna en la noche ya plena, y por callejas desiertas alcanzaron la torrecilla de los genoveses.
Llamaron a la puerta, alguien bajó, se les acogió y alimentó, con áspera cordialidad. Baudolino parecía ser de la casa entre aquella gente, e inmediatamente recomendó a Nicetas. Uno de ellos dijo:
—Fácil, ya nos ocupamos nosotros, ahora id a dormir. Y lo había dicho con tal seguridad que no sólo Baudolino, sino el mismo Nicetas, pasaron la noche tranquilos.

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sábado, octubre 09, 2004

Baudolino - Parte I - Baudolino empieza a escribir

Se recomienda comenzar con el post anterior "Notas al margen de la traducción"



Ratispone Anno Dommini Domini mense decembri mcv kronica Baudolini apelido de Aulario
Ego io Baudolino de Galiaudo de los Aulari con ena cabeza ke semblat uno lione alleluja sien dadas Gratias al sinior he me perdone
a yo face habeo facto la robadura más grant de la mía vida, o sea e cogido de uno escrinio del obispo Oto muchos folii ke a lo mellor sont cosas dela kancel cancillería imperial el elos raspado kasi todos menos ke donde non ýbase et agora teneo tanta Pergamina per eschrevir lo ke quiero, osea la mia chrónika aunque non la se escrevire en latino
si dende descubren ke los folii non estan más kien sabde ke cafarnaum se monta el pensant ke a lo mellor est una Espía de los obispos romanos ke quieren mal al emperator federico
Pero quiçab non le importa a nadie
en chancellería eschrivont tot incluso quando non sirve et kien los encuentra (isti folii) se los mete en el ollete del ku non se faz negotium

ncipit prologus de duabus civitatibus historiae AD mcxiii conscript
saepe multumque volvendo mecum de rerum temporalíum motu ancipitq

istas sont líneas que las eran antea et non e podido rascarlas bien ke devo saltarlas si luego los encuentran isti Folii despues ke los e escrito non los entiende nin siquiera un cancilliere por a ke ista esi una lengva ke la falan estotros de la Frasketa, mas ninguno la eschrito nunca
mas si est una lengva ke naide entiend adivinan en seguida ke so yo porque todos dizen ke en la frasketa falamos na Lengva ke non est de christianos por o debo asconderlos bien fistiorbus ke cansedad eskrevir, me facen ya tant mal todos los dedos
yo al myo padre Galiaudo a le dicho siempre ke deue ser un don de Sancta maria de Roboreto ke dende que era párvulo a pena odia uno ke dezía cincue quinkue V palauras enseguida le refazia su parlamento ke fuere de Terdona ho de Gavi et incluso ke venía de Mediolanum ke fablan un Ydioma ke nin los perros et fin incluso quando encontré los primeros alamanos dela mi vida ke erant elos ke tovieron en çerca Terdona, todos Tiusche et villanos et dezian rausz et min got dende mitat jornada dezia raus et Maingot yo tanbien et ellos dezianme Kint vade a nos hallar una buena Frouwe ke fazemos fikifuki, non importa si ella est dacuerdo basta ke nos dizes dont estat et postea nos tenémosla quieta
pero ke est una Frouwe dezia yo
et ellos dezian una dómina una duenna una mulier, du verstan et fazían el sinno de las Tettas gruessas porke en aquesta çerca nos de mulieres estamos en escarsitate, las de Terdona estan drentro et quando entramos dexa fazer a nos pero por hora aquellotras de fora non se fan veer, et venga balfemias de fazer entrar la caro de galina incluso a mí
bravos suabos de Mierda, dicho isto figuravos si uos digo dont estan las Frouwe, soy non et non na spia fazevos las punietas
mama mia momento me amastaban
amastaban o mataban o necabant agora quasi schrivo Latino non est que non entiendo el latino porke aprendié a legere en un librum latino et quando me ffablan latino entiendo, mas est e skrevir ke non sabdo como se escriven las verba
deoenporretas non se nunqua si est equus o equum et yerro sempre, mientra intra nos un cavallo est siempre un chival et non yerro nunqua porke nemo escriue Kavallo o meyor non escriue nada de nada porque non sabe legere
mas aquessa veç est andada bien et los tudescos non me han rretorçido nin sequier un pelo porke proprio en esse puncto plegaron unos milites ke grytauan vamos vamos ke se ataca de novo et despues ha se armado un chadello de los mil demonios et yo non entendeua ya un ficus con los escudieri ke andauan de qua et fantes con las labardas ke andauan de alla et sones de trompeta et torres de lenna altas commo los arbores de la Burmia ke se mouían como carretiellas con balistari et fundibulari supra et otros ke lleuavan las escalas el a essos plovean desuso tantas saítas como si era el graniso et aquellotros ke lançauan petruskos con un especie de Cucharo gros et sifoláuanme desuso la kabeça todas las sagittas ke los derthonesi buitauan de los muros, que batalla
et yo heme puesto por dos oras so un matarral diziendo virgine sancta ayudam tu, despues tuto ase calmado et correuan yunto me estotros con el fablar de Papía ke grytauan que auién amastado tantos derthoneses ke semblaua un rrio tanaro de Sangre et eran khontentos como na kalenda maia porke assi Terdona aprend a estar cum mediolanenses
commo dende tornauan redro tanbien los todescos de la Frouwe, quiçab un poco menos ke enantes porke tan bien los derthonesos non se auien quedados mancos yo heme dicho miior ke me las guillo avante
et camina camina soy rregressado a casa ke era quasi los matinos a racontar todo al myo padre Galiaudo ke hame dicho brabvo brabo veste a meter emmedio de los Asedii ke un dia te llevas una pica en tel kulo, pero lo sabes ke aquessas son cosas para los sennyores, déxalos coçer en el su caldo ke nos deuemos pensar en las vakkas wakas et semos gent seria et non iste Fredericus ke enantes viene dende va dende torna et non fuelga una hostia
mas despues Terdona non est cahida porke an tomado solo el burgum pero non el Arce et a continuado todavia, ke despues viene la fin de la mia krónica quando hanles tollido el agua et aquellotros con tal de non bever el suo pisio han dicho a Fridericus que eran fidelissimi, elle halos deixado salir mas la cibtat enantes hala kemada et dendefecha a tockos, o meyor han fecho todo estotros de Papía ke los derthonesos los tienen en aborrezimienlo como un diente invenenado
aquí intra nos non est commo los alamanos ke quierense bien todos el uno con el otro el son sempre como istos duo dedos en veç intra nos estotros de Garnondio si vemus a uno de Bergolio nos toka ya los coxones
pero agora reannudo a departir la chronica ke quando vo por los boskes dela frasketa sobre todo si estat la Nebula de aquessa buena ke non te ves la punta de las nnefas, osea la nariç et las cosas saltan fora de un rrepente ke non las auíes visto venir; yo tengo las vyssiones como esotra veç ke vi el lioncorno et la oltra veç ke vi el Santo Baudolino ke me fablaua et me dezia hideputa andar has al infierno
porke la estoria del lioncorno est aeaesçida assi ke bien se sabe ke para caçar el Lioncorno es menester poner una rapaza non desvirginata al piede del álvol et la bestia sient la olor de virgo el viene a meterle la cabeça en la su pansa et entoz yo e tomado a la Nena de Bergolio que auía venido dallá con el so padre a comprar la wakka vaka del myo padre et ele dicho ven al bosque ke caçamos el lioncorno, despues hela puesto so el Arvor porke estaua securo ke ella era virgine et ele decho estate bellida assi et alonga las piernas ke fazes lugar por dont la bestia mete la cabeça, et ella dezía alongo que et yo dezía ilic en esse puncto si si alonga bien, et la tocaua et ella ase puesto a fazer unas bozes ke paresçia una cavra ke paría et non he visto mas et en suma hame venido como una apocalypsin, e dende non era ya pura como un lilio el estonz ella a dicho Jesumariaetjoseph agora como fazemos por a fazer venir el lioncorno et en esse puncto yo he oydo una boz del Cielo ke me ha dicho ke el lioncornus qui tollit peccata mundis erat ego yo, et saltaua por los matarrales et gritaua hip hiii frr frr porke estaua mas con tento ke un lioncorno verus ca a la virgine auíe puesto el corno en la pansa, por esso el Sancto Baudolino ame dicho hidepu et coetera pero dende ame perdonado et elo visto todavia oltras veçes intra el lubricán et la freska, mas solo si estat tanta niebra o a menos si escarniebra non quando el sol açicharrat oves et Boves mas quando ge lo he contado al myo padre Galiaudo ke auia visto a Sanct Baudolino ame dado trenta lennaços en los espaldares dizendo Osinyur a mí, a mí auia de caeçer un fijo ke vee las vyssiones et non sabet nin sequier esmuir una vaka Vakka, ora le parto la cabeça a palos ora gelo do a uno de aquellotros que van por las feiras et los mercados faziendo dançar la mona dáfrica et la mía sancta mamma ame gritado faragan trasoguero ke eres pior ke los piores, ke le he fecho yo al sennor por a auer un fijo ke vee los sancti et el myo padre Galiaudo a dicho non est verdad ke vee los santi, aquest rapaç est mas mentirero ke judas et sinventa todo por a non fazer nada

conto aquesta Chronica, si nno non se entend commo est andada aquessa noch ke auia una nieblaça ke se tajaua con el cochillo et dezir ke era ya abril, mas intra nos faz niebla tanbien de agosto et si uno non est de estotras partes, bien se entiend ke se pierde entre la Burmia et la Frasketa sobre tot si non tiene un sancto que lo lleva por el freno ed hete ke yo ýbame a casa ke me veo de lant un barón en un kavallo tuto defierro
el barón non el kavallo era tuto defierro con el espada que semejaua el rrey de Aragon
et hame venido un rrebato, mamma mia vas a veer ke est davvero San Baudolino ke me lleua al infierno pero elle a dicho Sline kint Bitte et yo he entendido de un rrepente ke era un sennyor todesco ke por la niebra érase perdido en el bosque et non trovaua más los sos amigos et era hya qvasi noch et ame fecho veer una Moneda ke yo nunqua non auia visto Monetas, dende estaba contento ke yo rispondia en el suofablar et deziale en Diutsch si vas adelant assi acabas en el tremedal vellido como el sol
ke non debia dezilde vellido como el sol con una niebra ke se tajaua con el Cochillo pero elle a entendito igual
et despues hele dicho lo sé que los toescos vienen de una encontrada do est siempre primavera el quiçab floresçen los citri del Libanus, mas intra nos en la Palea está la niebra et en ista niebra giran muchos de bastardos ke son todavia los nietos de los nietos de los arabitz ke los auie combatido carlomanio et son gente bruta ke como veen un Peregrino le dan na basarrotada en los dientes ke apartanles lexos hasta los cavellos ke tienent en la so cabeça, ergo si venite ala cabanna del myo padre Galiaudo, una escudiella de caldibaldo calento la hallades et un jergón por a dormir la noch en el estábulo dende mannana con la lucencia uos ensenno el Camino sobre tot si tenedes aquellotra moneta, gratias benedicite seemos pobre gente pero honesta
assi helo lleuado dont el myo padre Gaiaudo Galiaudo ke se ha puesto a gritar cabeça de pixa ke non hedes nada en la mollera porke has dicho el myo nonbre a uno ke passa e con estotra gente non se sabet nunqua, maguer est un vasallo del markión de Montferato ke despues me pide todavia una dézima de frúctibus et de feno et legumínibus o unfodro o el recuático o la bovateria y hete ke estamos arruinados et yba a assir el Basto
yo hele dicho que el sennyor era un alamano et non del Mon Ferato
elle a dicho peyor ke andar de noch, mas despues qvando le he dicho de la Moneda hase calmado porke esotros de Marengo tienen la cabeça dura como el buoy pero fina como un kavallo et a entendido ke podia sacar alguna cosa buena et a me dicho tu ke fablas todo diz ista cosa
item, ke semos pobre gente pero honesta aquesto ya gelo e dicho yo non importa, miyor ke repites item gratias por el soldo, mas está tanbien el Heno por a el kavallo item la escudiella calenta enadio un fórmage et el pan et un baucal de el bueno item ke lo ponno a dormir do duermes tu justa el fuog foko foco et tu por a ista noch vas a la establia item, ke me faga veer la Moneta ke yo quisiere una genoviska, et fiat como uno de la familia porke para nos otros de Marengo el ospedado est sagrado
el sennyor a dicho haha soys ladinos fos de Marincum pero un negotio est un negotio, yo fos do dos de istas monetas e tu non quaeres si est una genopiska porke con una genopisca yo fos kaufo la casa e totas las fostras bestias, pero tu toma e kalla ke sales ganando
siempre el myo padre est estado sin dezir oxte ni moxte et a tomado las dos monedas que el sennor hale esnacado sobre la tabla porke esotros de Marengo tienen la cabeça dura pero fina et a yantado como un lupus (el sennor) o miior como duo (lupi), dende mientras el myo patre et la mya matre andauan a dormir ke se auíen sakannado los Lomos todo el dia mientra yo andaua per la frasketa, el herre a dicho bueno isto vino, bever he todavia un poco aqui íunto alfuekko, conta me kint conta me commo es que fablas tant bien la mya lengva

ad petitionem tuam frater Ysingrine carissime primos libros chronicae meae missur
ne humane pravitate

tan bien aqvi non he logrado a rascunnar
ora reprincipio la chrónica de aqeussa noch con aqueste sennyor alamano ke qvería saver commo era ke fablauo la so lengua et yo he le contado ke tengo el don de las lingue como los sanctos apóstolos et ke tengo el don de la vyssio como las madalenas porke vo por la silva et veo el santo Baudolino a cauallo de un lioncorno color de la leche con el so Cuorno en hespiral allá dont los chivallos tienen isto ke por a nos est la Nariz
pero un chauallo non tenet la nariç, si non debaxo tenrauía los biGotts como los de esse sennyor ke auíe una barba vellida de la color de una olla de cobre demientras los otros alamanos ke auia visto auíen los pelos guados guados hasta en las orejas
et elle ame dicho, va bien tu ves lo le klamas el lioncorno et quiçab quieres dezir el Monokeros, mas dont has sabido ke sunt unicorni en aquesto mundo et yo hele dicho ke lo auia leydo en un libro ke auíe el heremita de la Frasketa et elle con dos oios abiertos que semejaba una lechuça dezía Pero cómmo tu sabes tanbien leer
crispulina h ele dicho agora cuento la Estoria conque la estoria est andada ke y era un sancto heremita cerca del Bosque ke cada veç la gente traíale una galina o una liebre et elle estaua a orar de suso un libro escrito et quando pasa la gente bátese los pechos con una Pietra, mas yo digo ke est un batarón id est tota tierra así fazse menos danno
conque aquesse dia nos auíen traydo dos uebos et yo demientras elle leia he me dicho uno por a mi uno por a ti como los buenos christianos basta ke elle non vee pero elle non se como ha fecho porke leía pero ame assido por la Collada, yo he le dicho diviserunt vestimenta mea et elle ase puesto a reyr et dezía sabes ke eres un puerulo intelligente ven aqvi cada dia ke tensenno a leer
assi a mensennado las Léteras eschrittas al son de buenas Méspulas en la cabeça solo he dende ke erauamos en confiança ase puesto a dezir ke iovine fermoso et robusto ke eres, ke cabeça bellida de Lione pero haz me veer si los braços son fuertes et como sunt los pechos, haz me tocar aqui do empieçan las Gambas por a veer si eres sano
al ora e entendido do andaua a parar, et e le dado un golpe con los hinojos en las volas osea los testícula et elle ase plegado en dos dicendo válameundeofalsso yo vo da esotros de Marengo et digo que eres endemoniato assi te keman, et va bien fago yo pero enantes digo yo ke hete visto la noch ke ge lo metias en Bucca a una striga vel masca vel bruxa dende vemos kien piensan ke est el endemoniato et entoz elle a dicho pero aguarda ke yo dezia por a reyr et quería veer si eras timorato del sennor non fablemos más, ven mannana ke empieço ansennarte a skrevir porke legere est una cosa ke non cuesta nada, basta mirar et mover los labios pero si escriues en el libro dentro son menester los folii et la Tinta et el cálamus ke alba pratalia arabat et nigrum semen seminabat, que elle fablaua semper los latines
et yo hele dicho basta saber leer ke aprendes esso ke non sauias todavia demientras si eschrives escrives solo aquello ke sabes hya entonç patientia miyor ke me quede sin saber eskrevir pero el kulo est el kulo
cuando ke ge lo contaua, el sennyor alamano reía como un Loco et dezia bravo pekenno kauallero los heremiti son allesammt Zodomiten pero dizme dizme ke has visto todavia en el bosque et yo pensando ke era uno de esotros ke querían prender Terdona detrás de Federicus Imperator he me dicho miyor ke lo complazgo et maguer me da un otre Moneta et hele dicho ke dos notches enantes érame aperecido el Sancto Baudolino et auíeme dicto ke el imperator faz una grand victoria en Terdona porke Fridericus era el sennyor único et verdadero de toda la Longobardia inchluida la Frasketa
et estoz el sennyor a dicho tu kint eres enbiado del Caelo, quieres venir al campo imperial a dezir lo ke te a dicho San Baudolino et yo e dicho ke si qvería dezia tan bien ke San Baudolino auieme dicho que a la çerca veniban los Sanctos Pedripablo a guiar los imperiales et elle a dicho Uch wie wunderwar abastarme auiesse Petro solo
kint ven con migo et la tua fortuna est facta
illico et es dezir quasi illico, et es dezir la mannana despues aquesse sennor dice al myo padre ke me toma con sigo et me lleua a un lugar dont aprendo a legere et a schrivere et quiçab un dia soy Ministerialis
el myo padre Galiaudo non savia bien ke cosa qveria dezir, mas a entendido ke se quitaua de casa un comepan a trahizion et non auía más de cuitar porke ýbame por las ciuendas pero pensaua ke aquest sennyor podía esser maguer uno de aquellotros ke va por ferias et mercata con la Mona et dende maguer oviésseme puesto las manos en cima et isto non era de so grado pero aqueste señor a dicto ke elle era un gran comos palatinus et ke entre los alamanos non auien Zodomiten
ke son aquestas sodomitas a dicho el myo padre et ele esplicado ke son los kypiones o meyor los buxarrones
figuremonos a dicho Galiaudo los kypiones estan por do quiera, mas visto ke el senyor sacaua otras cinko Monedas más las dos de la noch enantes estonz non y a visto más et hame dicho fijo myo anda que por a ti est unafortuna et quiçab tan bien por a nos
pero visto ke estotros alamanos dalle ke dalle estan siempre por aquende, isto quiere dezir ke de veç en quando vienes a nos ver et
yo he dicho juro et media buelta pero un poco dábame la Congoxa porke veía ala mi madre plorando como si andaua a muerte
et así fuímonos et el sennor deziame ke lo lleuasse dont está el Castro de los imperiales, facilissimo digo yo basta seguir el sol osea andar hazia ke elle viene
et mientra vamos ke hya veíanse los campamentos llega una compannia de caualleros todos bardados ke en el momento ke nos veen ponense de hinojos et abaxan las astas et las ensennas et cinxen los espadas, pero ke ha de ser heme dicho et esotros a grytar Chaiser kaisar de acá et Keiser de allá et Sanctissimus Rex et bésanle la mano aqvel sennor et yo qasi váseme la mandíbula fuera del so lugar por esso de la boca abierta como un forno porke solo al ora enteindo ke aquest sennor barbirrojo era el imperator Fridericus en karne et huesso et yo auiale contado bolas tuta la noch como si fuere un Chulandario qual quiera
agora mefaz tajar la cabeça digome et bien que le he costado VII monetas ke si qvería la cabeça me la tajaua ahier por la noch gratis et amoredei
et elle diz non sobrecoxevos, va todo bien traygo grandes noticias de una Vysion, pekenno puer di nos a todos la vysion ke has auido en el bosque et yo tírome por elos suelos como si ouiere el mal caduco et estrabículo los oios et fágome eixir la baua de la boca et grito yo vidi yo vidi et cuento toda la estoria de San Baudolino ke me faz el vaticinio et todos laudan Domineddio Domine Dios et dizen Milagro milagro gottschmirvei
et estauan allí tanbien los enbiados de Terdona ke non se eran decididos todavia si se rendeuan o non, mas quando hanme oydo echáuanse largos et tendidos por tierra et dezian ke si tan bien los santi se ponían contra de ellos miior rendirse ke tanto non podebat durar
et dende veia los derthonesi ke eixian todos da la Cibtat, homini donne ninnos et vetuli de los sos oios tan fuertemientre lorando et los alamanos ge los lleuauan como si fueren beeejas o sea berbices et universa ovícula et aquellotros de Papía ke arre arre entrauan en Turtona como enaxenados con faxinas et martillos et mazas et picos ca a ellos derriuar una cibtat desde los fundamenta los fazía eiaculare
et cayda la tarde he visto en la colina tuto un gran fumo et Terdona o Derthona non erat quasi más, la guerra est fecha assi, como dice el myo padre Galiaudo est una gran mala Bestia
mas miior ellos ke nos
et por la noche el emperador regressa todo contento a las Tabernácula et me faz una carrilladita como nunqua me fazia el myo padre et despues klama un sennyor ke va a seer el buen calónigo Rahewinus et dizele que qvería ke yo aprendiesse a schrivere et el abacus et tan bien la gramatica ke estonz non sabía qve era pero agora poco a poco lo se et el myo padre Galiaudo nin siquera ge lo auie imaginado
ke fermoso ser un sabidor, kien dezillo auerie nunqua
gratias agamus domini dominus en summa demos gratias al Sennor
agora ke a escrevir una crónica faz venir las kaluras in cluso de hinverno et tengo tanbien temor porke se apaga la luzerna et como dezía esetal el pulgar me duele

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Baudolino - Notas al margen de la traducción

Leo Baudolino y pienso inmediatamente en el paso del Tratado de semiótica general donde se dice que la función de la semiótica es explicar la mentira. Pero también hay mucho de Arte y belleza en la estética medieval, de Las poéticas de Joyce, del Segundo diario mínimo. En cambio, del Nombre de la rosa no; por lo menos no me lo parece, allí el estilo era alto, mientras que aquí es bajo, no hay latín...
Sí, es verdad, el primer capítulo tiene un lenguaje inventado, pero es un ejercicio lúdico, no es un ejercicio filológico. Y de ahí se derivan las dos almas del libro, por una parte, el diálogo elevado, directamente con Nicetas Coniates, e indirectamente con las crónicas de Villehardouin, con las disputas medievales, con Rabelais, con el Pseudo Dionisio Areopagita, con Rudel. Por la otra, el diálogo “llano” con el lector, donde incluso la cita culta es invención de Baudolino, que es un campesino, un pícaro que habla con su buen piamontés alejandrino, y se rodea de mercaderes genoveses.

Otra vez una traducción complicada, pienso. El trabajo de la traducción suele realizarse en los límites de la lengua (y de la cultura) para adaptarla, para hacer que refleje algo que le es ajena, para enriquecerla. Eco ha necesitado inventar una lengua, así que me tocará inventarla también a mí, pero la invención del lenguaje debe extenderse, no puede limitarse al primer capítulo, porque, al fin y al cabo, los elementos de piamontés o de genovés los entienden pocos en Italia.
Hay un movimiento que va desde una lengua inventada a una lengua real contaminada con patrimonio “dialectal”, de uso y consumo personal, lengua de la infancia, lengua de lo que constitutivamente uno es. El uso del piamontés no implica reivindicaciones ideológicas o culturales. Su valor lingüístico es subjetivo.

Dante, en el De vulgari eloquentia, se refería a la lengua de Alejandría, y la maltrataba:

Las ciudades de Trento y Turín, además de Alejandría, están situadas tan cerca de los confines de Italia que no pueden tener hablas puras; tanto que, aunque tuvieran una bellísima lengua rústica —y la tienen feísima— su lengua está mezclada con las de otros pueblos que deberíamos negar que se trate de una lengua verdaderamente italiana.

A lo cual había respondido ya Eco en El segundo diario mínimo: “Está bien, somos bárbaros. Pero también ésta es una vocación”.
Efectivamente, para contar la alejandrinidad hay que seguir caminos humildes, el punto de vista monumental está equivocado, es preciso “contar epifanías” que son, si le hacemos caso a Joyce “una subitánea manifestación espiritual, en un discurso o en un gesto, o en un vuelo de pensamientos dignos de recordarse”.

Lo interesante de la epifanía es que el lector participa directamente en la producción del significado, está obligado a zambullirse en el escalofrío literario. Un poco como lo que hizo Cortázar, en el capítulo 68 de Rayuela:

Apenas a él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. (...) Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


En esta traducción, pues, más que intentar trasponer funcionalmente un sentido hay que proponérselo al lector. El objetivo es conseguir crear epifanías humildes mediante un lenguaje llano, modesto, bárbaro y veraz. El piamontés en Baudolino como el lenguaje de Pozzo de San Patrizio en la Isla del día de antes, el lenguaje imprescindible del Padre: “En mi tierra no se miente”.

Descarto totalmente la idea de traducir variedades regionales italianas con variedades peninsulares de origen romance (gallego o catalán), o con desviaciones de la norma, que podrían indicar una categoría social. Decido mantenerme en el ámbito del castellano castizo y arcaico. Pero no arrincono la contaminación con el italiano y con el “dialecto”.
Decido que el lector bien puede enfrentarse a un proceso de apropiación de un lenguaje y de un texto, en un doble movimiento de distanciamiento y acercamiento. Me acuerdo de lo que decía Renan en 1882, aun no siendo verdad:

en la infancia de la filosofía domina el sistema de las versiones literales. El Oriente y la Edad Media apenas si han concebido la traducción como otra cosa que un mecanismo superficial en que el traductor, abrigándose, por decirlo así, tras de la obscuridad del texto, descargaba en el lector el cuidado de encontrar allí un sentido.


Me siento un poco como el traductor medieval: lo que intento es preservar la materialidad, la otredad del texto original.
Mi traducción se me presenta como una mezcla de sustitución y recreación. Una suerte de reconquista de la multiculturalidad inherente a toda traducción. Me apoyo en la idea de Benjamin de que la traducción “sirve para poner de relieve la íntima relación que guardan los idiomas entre sí”; relación que puede representarse si la traducción se realiza “en una forma embrionaria e intensiva”.
Así pues, para todo lo que concierne a los dialectos me decido por la asonancia, la transliteración, la creación de híbridos (adaptando la grafía al español), el calco de formas nuevas. Creo neologismos y dejo la responsabilidad de su interpretación al lector.

En cambio, el primer capítulo lo escribiré en un español inventado que recuerde sobre todo al Cantar de mio Cid y a la Fazienda de Ultramar. Debe ser un modelo reconocible, porque el texto paródico no puede sostenerse si no se apoya en un patrimonio lingüístico y literario compartido, que permita la activación instantánea de la memoria.
Elijo la Fazienda de Almerich porque está en prosa, mientras que el Cantar está en verso, como en verso está Berceo, y porque está relacionada con el arzobispo don Raimundo, inspirador de una escuela de traducción, anterior incluso a la de Toledo. El original perdido se remonta a antes de 1152 (la cronología funciona, pues) y estaba en latín, lemosín o gascón. Y además la versión castellana parece ser de 1220: “de todos modos es muy arcaica (...) y con forasterismos atribuibles a una traducción chapucera de un orginal gascón, o a intervención de un traductor gascón o catalán”, según Lapesa. También yo juego un poco.

Hay un problema más, que atañe al patrimonio reconocible sobre el que se construye la parodia, y es que normalmente las ediciones destinadas a los que no son especialistas de literatura medieval usan o bien una modernización total de la ortografía, o bien una versión intermedia, con la introducción de acentos y una normalización parcial. Por ejemplo, se suele arreglar la confusión entre l y ll; n, nn y ñ; c y ch; s y ss; se suele cambiar la th con t; r, R y rr siguen la ortografía corriente; se suprime la h pleonástica y se la inserta antes de ue; se cambia la g palatal ante a, o, u por i (juego y no guego); la y se conserva para la consonante pero se pone i cuando su sonido es de vocal; la u y la v se normalizan en la u para vocal, v para consonante. Y además se introduce puntuación con normas modernas...
Yo hago exactamente lo contrario: me imagino lo que podía pasarle por la cabeza a un aldeano que a sus catorce años se ve arrojado al centro del mundo, que aprende a escribir en Alemania, pero intenta escribir en la lengua que sabe. Y aparece tambien la k, que es típica de las glosas silenses, pero también puede ser un rasgo de la cultura alemana...
Para inventarme la lengua, me armo del Manual de gramática histórica del español, de los Orígenes del español de Ramón Menéndez Pidal, consulto la Historia de la lengua de española de Rafael Lapesa; pero construyo un texto filológico hasta un cierto punto: tampoco Eco se inspira en los Sermones Subalpinos, que son el primer documento del piamontés (de los siglos XII-XIII), sino más bien en la Sentencia Capuana, primer documento del italiano que se remonta a 960: “sao ko kelle terre, per kelle fini que ki contene, trenta anni le possette parte s(an)c(t)i Benedicti”; y no menosprecia la cita culta, como la Adivinanza de Verona (“calamus ke alba pratalia ... “) porque es menester no dejar de jugar.
El juego está entonces en recrear la sonoridad del original; no consiste en escribir en un español medieval, sino en una lengua vehicular que podía escribir alguien como Baudolino, nacido en la niebla de la llanura padana.

En el relato de un mentiroso, las epifanías no mienten (o por lo menos, no deberían). Y aún menos la traducción. Así pues, si el lector descubre extrañezas, que no se inquiete, que disfrute de ellas porque el único que miente en la novela es Baudolino.

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Introducción a Sala de Lectura

Hace algunos meses (julio) creé este espacio pensando más que nada en todos aquellas personas que tienen dificultad en acercarse a la lectura, como un incentivo o una forma de seducción que nacería de que la lectura sería pública y compartida, estaría en internet, y estaría fragmentada con el propósito de facilitarla para aquellos que ponen como excusa el tiempo; cada fragmento ocuparía sólo quince minutos cada dos días como máximo.

Luego, con el tiempo (aún no me decidía a largarlo, quería ver si encontraba alguna otra veta que estuviera huyendo de mis propósitos como para que el espacio no pierda efectividad) descubrí que también serviría para todos aquellos lectores que verían en este espacio la posibilidad de leer alguna obra (aparte de su lectura de turno) extra y enriquecerla con el debate.

En un mundo donde la cultura está subyugada por la energía mediática que se empeña día a día en idiotizar y esclavizar al ser humano, en donde se precisan más librepensadores con iniciativa para una lucha intelectual que el siglo pasado fue derrotada y aplastada y al comienzo del actual continúa en una caída libre incierta y desesperanzada, este es otro humilde -pero firme- grano de arena que este servidor aporta para intentar una reversión de valores que ayude a alejar el pensamiento actual del abandono y la inacción.

¿Es poco? Sin dudas, cuento con otros muchos "pocos" de otros librepensadores para hacer de esos "pocos" un mucho.

Si funcionará, no lo sé, pero por lo menos que nunca nadie se atreva a decir que no lo intentamos.

Bienvenidos.

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